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Otra vez la investidura

López Obrador ha logrado reinar sobre un país que todavía no sabe vivir sin tlatoanis. Nada hay en el horizonte, fuera de sus enfermedades, que anuncie su caída; nada que, en medio de la destrucción de su poder omnímodo, pueda detenerlo.

Javier Sicilia | Proceso

López Obrador tiene una obsesión con la investidura. Nadie como él ha hablado tanto de ella y la ha defendido hasta lo absurdo. La primera vez que lo hizo fue en enero de 2020, cuando las victimas llegamos a Palacio Nacional a pedirle una explicación pública de por qué había traicionado la agenda de Justicia Transicional pactada con él y trabajada con su gobierno para crear lo que aún nos debe: una política de Estado en materia de Justicia y Paz.

“No voy a manchar la investidura –dijo después de acusarnos de ser un show–. Imagínense que voy a estar esperando aquí, y la prensa conservadora, fifí y nuestros adversarios dándose vuelo… yo haciéndole el caldo gordo a los conservadores (…) ¡Qué barbaridad! Vilipendiado el presidente, hasta que alguien le dijo sus verdades.”

Lo ha hecho tres veces más negándose a asistir, por las mismas razones, a las entregas de las preseas Belisario Domínguez: “Yo no voy a esos actos –dijo al referirse a la que recientemente se le otorgó a Elena Poniatowska–­­ porque hay muchas agresiones. Están muy enojados nuestros adversarios. Entonces montan un espectáculo (…) y tengo que cuidar la investidura presidencial”.

La idea que AMLO se ha hecho de ella nada tiene que ver con lo que ahora significa: la entrega de un cargo de responsabilidad pública que lo obliga a realizar ciertas actividades específicas, en su caso relacionadas con la Presidencia de una República, como sancionar leyes, nombrar y remover secretarios de Estado, celebrar tratados internacionales… La suya es religiosa, semejante a las de las antiguas monarquías por las que el rey era investido de un poder divino y arbitrario que sólo concluía con su muerte. Luis XIV y su famoso “El Estado soy yo” es su más extrema expresión. El rey no era Dios, pero investido de su poder, reinaba en su lugar, de manera vicaria.

Después de la revolución francesa, que cambió la idea de Dios por otra menos pretensiosa, pero igual de aberrante, el Estado, muchos gobernantes han querido volver a encarnar esa figura. Napoleón la llevó hasta la desmesura, coronándose a sí mismo emperador delante del Papa en una ceremonia que recuerda las más antiguas entronizaciones imperiales.

En su biografía, La corte del zar rojo, Simon Sebag Montefiore cuenta que cuando Stalin ya consolidado en el poder fue a visitar a su madre, ésta le preguntó: “¿En qué te convertiste?”. Stalin respondió: “En una especie de zar”. Ese sueño está en menor o mayor grado en todo hombre o mujer de poder. En México lo encarnaron Santa Anna y Porfirio Díaz, lo soñó Juárez, que murió antes de hacerlo posible, y lo vivió Calles, reinando, durante varios años, como un dios detrás del trono de quienes lo sucedieron.

Desde entonces no hubo otro presidente, hasta López Obrador, que lograra hacerlo. Alguno lo intentaron en el transcurso de su mandato y fracasaron. López Obrador, sin embargo, lo asumió desde que el 1 de diciembre de 2018 fue investido con la banda presidencial. A partir de ese momento se mimetizó con ese rey de rostro adusto, cuyo cuerpo está formado de millones de seres humanos que lo contemplan arrobado y en cuyas manos lleva el báculo del poder espiritual y la espada del poder mundano, que aparece como una síntesis del Estado en el frontispicio del Leviatán de Hobbes. Desde entonces, en su imaginario y el de sus fieles, él y la investidura se volvieron un mismo ser. Semejante al de los reyes absolutistas, su cuerpo, lleno de las evidentes limitaciones físicas y espirituales que le conocemos, se transformó en el cuerpo impoluto de un Dios llamado Pueblo: un ser, diría Jesús Silva Márquez, que, como los soberanos absolutos, ocupa el espacio de la nación entera porque en su boca reside la ley, en sus brazos la bondad y la justicia, en su mirada la moral y en su puño el destino de todos. Por ello, nadie que no sean aquellos que se le acercan para expresar su sumisión y recibir sus dádivas, puede tocarlo, interpelarlo, pedirle cuentas a riesgo de mancharlo y en enlodarlo. Para ellos la difamación, el insulto que, salido de sus labios, es la condena eterna y el desprecio. Investido, en su imaginario y el de sus fieles, no de un mandato jurídico y político, sino de lo divino, él decide qué está bien y qué está mal. Por ello no recibió a las víctimas el 26 de enero de 2020. Por ello, dos meses después de insultarlas y depreciarlas, fue a saludar a la madre del Chapo. Por ello se negó a asistir a las últimas entregas de la medalla Belisario Domínguez, la más reciente de las cuales, para justificación de su investidura y desgracia de Belisario y Poniatowska, terminó en un ridículo sainete. Como todo resentido, la investidura le sirve al mismo tiempo para ocultar la miseria de su inteligencia y reinar con la sordera de los dioses.

¿Podrá consolidarla? En todo caso y pese a escasos actos de republicanismo que han limitado algo de su desaforada megalomanía, López Obrador ha logrado reinar sobre un país que todavía no sabe vivir sin tlatoanis. Nada hay en el horizonte, fuera de sus enfermedades, que anuncie su caída; nada que, en medio de la destrucción de su poder omnímodo, pueda detenerlo. Hijos de Pedro Páramo, estamos, como en Comala, condenados a padecer su monstruosa, trasnochada e insoportable investidura.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los Le Barón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a México.

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Juegos de poder

Dedazo presidencial en tres meses

Leo Zuckermann | Excelsior

De acuerdo con el periódico El País, el Presidente “ha pedido que en tres meses Morena defina quién abanderará su proyecto en las elecciones de 2024”. López Obrador habría dado “la instrucción la noche del viernes, en una reunión en Palacio Nacional con senadores de Morena a la que fueron invitados también los cuatro aspirantes, que compartieron lugar junto a él en una mesa frente a los legisladores, según han confirmado a El País dos fuentes presentes en el encuentro”.

No tengo evidencia que lo sustente, pero supongo que el cambio de fechas para elegir al candidato de Morena, que en principio se había dicho que sería en diciembre, está relacionado con lo sucedido la semana pasada. Me refiero al desmayo que tuvo el Presidente y el contagio de covid-19 que lo dejó fuera de la escena pública por más de tres días.

López Obrador está obsesionado con su sucesión. Es su prioridad indiscutible y está cuidando hasta el menor de los detalles. Su desaparición temporal de la palestra, debido a una enfermedad, generó todo tipo de rumores asociados con la sucesión presidencial. Las divisiones dentro de Morena ya están a todo lo que dan y quién sabe cuáles serían las consecuencias de otra desaparición temporal del jefe máximo de ese partido.

Por eso, tiene todo el sentido que el Presidente se adelante y quiera dejar amarrado a su candidato porque, no nos hagamos bolas, él será el que indicará con su dedo al afortunado.

Ya se van aclarando los tiempos dentro de Morena. Primero, el domingo cuatro de junio vendrán las elecciones de gobernador en el Estado de México (donde la candidata oficialista, Delfina Gómez, tiene altas probabilidades de ganar) y Coahuila (todo indica que el triunfo ahí se lo llevará el candidato aliancista, Manolo Jiménez). De hacerse realidad lo que hoy apuntan las encuestas, Morena quedará muy empoderado al haberse quedado con la gubernatura del estado más poblado del país. Llegará al 2024 con una situación territorial inmejorable, controlando 25 de los 32 gobiernos estatales.

Después de las elecciones de 2023, la mesa estará lista para elegir a su candidato presidencial. Si lo que reveló ayer El País es cierto, para julio o agosto se llevará a cabo el dedazo.

Hoy, más que un posible desafío de la oposición en 2024, creo que el gran reto de AMLO y Morena es procurar la unidad del partido rumbo a las elecciones de 2024. Esto no sólo pasa por la “operación cicatriz” para apaciguar a los perdedores de la elección presidencial. Yo soy de los que piensa que ninguno de los derrotados romperá con el lopezobradorismo, abandonará a Morena y/o se irá a la oposición. Todos acabarán negociando con el Presidente y su candidato algún puesto que desempeñar en el próximo sexenio.

La unidad morenista también pasa por miles de candidaturas que tendrán que definirse rumbo al 2024. Están 128 senadurías, 32 de ellas plurinominales. 300 candidatos a diputados federales por distrito y 200 en listas de representación proporcional. Ni se diga de la importancia que tendrá la candidatura a jefe de Gobierno de la Ciudad de México y de ocho gubernaturas: Chiapas, Guanajuato, Jalisco, Morelos, Puebla, Tabasco, Veracruz y Yucatán. Finalmente, habrá más de mil 500 candidatos a presidentes municipales y cientos a diputaciones locales.

Los distintos grupos dentro de Morena se van a dar hasta con la cubeta por quedarse con estas candidaturas. Tomando en cuenta que es el partido dominante, con mayor probabilidad de ganar, conseguir aparecer en la boleta bajo el logo morenista es lo más preciado para muchos políticos que aspiran a cierto puesto de elección popular.

Así que, una vez definida la candidatura presidencial, se tendrán que ir decidiendo las demás con el fin de mantener la unidad del partido porque aquí sí, a diferencia de las cuatro famosas corcholatas (Sheinbaum, Ebrard, López y Monreal), puede haber divisiones que mermen la fuerza del partido en algún estado.

Detrás de toda esta operación de definición de candidaturas y cicatrización de los perdedores, estará el mismísimo presidente López Obrador. La decisión de adelantar los tiempos del dedazo le otorga una mayor holgura para ir apagando posibles fuegos.

Mientras AMLO está dejando todo atado para su sucesión, la oposición sigue perdida en sus múltiples laberintos. Están esperando a ver qué ocurre en el Estado de México y en Coahuila en junio para comenzar a pensar qué les convendrá rumbo al 2024. Bueno, pues el Presidente ya se los volvió a madrugar. Van a comenzar tremendamente rezagados frente al oficialismo.

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Astillero

Guerra política acelerada // Marcelo y la favorita // Coahuila, pa’llorar // Charrismo y 4T

Julio Hernández López | La Jornada

Ha sido un relampagueante reposicionamiento de las partes, que ya libraban una guerra política muy cantada, pero que ha sido acelerada, multiplicada, a partir de la mortuoria acometida opositora desde un domingo en Mérida hasta llegar a la seca respuesta de viernes en Palacio Nacional con la mañanera de la reaparición, pasando por la reunión con senadores 4T y la impía aplicación de la aplanadora numérica en sesión del Senado en sede alterna de excluyente tonalidad política.

López Obrador trazó las líneas de la nueva fase de la variante bélica llamada política: arengó a los propios desde la mañanera, ahí afiló y hundió aún más las flechas dirigidas a opositores, luego se despojó de apariencias al llevar a Palacio a los senadores y a las corcholatas oficiales (incluyendo al provisionalmente readmitido Monreal, que con rapidez asumió el guiño como amnistía, y excluyendo sin atenuantes a Fernández Noroña), propició rapidez y contundencia en el despacho ya radicalizado de los pendientes en el Senado y estos legisladores cumplieron el instructivo incluso dejando en el camino procesal pifias que la Corte podría declarar como causales de invalidación del apresurado reformismo 4T, en lo que sería, de darse, una oportunidad casi sembrada para que Palacio Nacional incremente la beligerancia contra la cúpula de un Poder Judicial Federal expresamente indeseado por AMLO en sus términos actuales.

De visita para fines proselitistas en Veracruz, Marcelo Ebrard subió el volumen de las críticas a la opción morenista que aparece como favorita. No pronunció nombre ni apellido de la destinataria de sus críticas, pero tan no hacía falta ello que, este lunes, Claudia Sheinbaum salió al paso para enfrentar la exigencia del canciller, en el sentido de que no puede haber encuesta y también favorita. Sí se puede, respondió la jefa del Gobierno capitalino con aire de torería política, pues la favorita es… la Cuarta Transformación. ¿Seguirá Ebrard subiendo el volumen de las críticas a la favorita y al responsable de ese favoritismo?

Los debates entre candidatos a gobernar Coahuila parecieran destinados a inhibir el voto ciudadano. Poco lustre, o ninguno, añadieron ayer a sus prendas previas. El priísta Manolo Jiménez mantuvo la natural displicencia, la evidente complicidad, respecto a la acumulación de agravios que el priísmo ha asestado a esa entidad. Armando Guadiana, el candidato de Morena, tropezante y nada convincente. Y los dos divisores circunstanciales de la votación venidera, Ricardo Mejía Berdeja y Lenin Pérez, bregando en un mar de izquierda intencionalmente fraccionado, para beneplácito del PRI coahuilense que ya se apunta para celebrar un siglo en el poder, con distintas denominaciones, pero el mismo estilo de depredación.

Resulta muy difícil conciliar el discurso del presidente López Obrador con la nómina de dirigentes sindicales que se reunieron con él en Palacio Nacional para dar discursos y comer. Salvo (si acaso) las muy discutibles figuras de Napoleón Gómez Urrutia y Pedro Haces, quienes han encabezado neocharristas proyectos al amparo de la bandera sexenal, el resto de los asistentes a la sesión política y gastronómica, ¡que se sirvió a título del Día del Trabajo!, representan la continuidad ostentosa de los mismos liderazgos sindicales (así hayan cambiado, en algunos casos, los nombres y apellidos) que compartieron encuentros similares con los presidentes priístas y panistas.

Estuvieron ayer, aplaudiendo el enjundioso discurso andresino, lleno de referencias históricas de lucha proletaria y de empuje a la democracia sindical y similares, los dirigentes de la CTM, la CROC, la CROM, la UNT; personajes convidados de nuevo a la mesa del poder como Ricardo Aldana (la secuencia corrupta de Carlos Romero Deschamps), Víctor Flores (gansteril explotador del sindicato ferrocarrilero), Alfonso Cepeda (SNTE) y Joel Ayala (FSTSE), entre otros. Vino de retórica ¿nueva? en odres tan sabidamente viejos.

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México SA

Día Internacional del Trabajo // Ancestrales reivindicaciones // Neoliberalismo, veneno social

Carlos Fernández-Vega | La Jornada

Día Internacional del Trabajo con las consabidas marchas conmemorativas y el tradicional cúmulo de exigencias económicas –que no por ancestrales son inválidas– que conllevan la reivindicación del más importante movimiento social –en México y el mundo–, que fue el más golpeado por los gobiernos neoliberales (ajustes, reformas, programas de choque, etcétera) y, recientemente, por una pandemia que de inmediato le pasó la factura (millones de empleos perdidos, desplome salarial, informalidad creciente, entre otros cobros), con la cereza de que algunas organizaciones siguen encabezadas por ciertos líderes impresentables, corruptos y siempre al servicio de la patronal.

¿Cómo no exigir mejoras, cuando se conoce que, por ejemplo, en América Latina 10 por ciento de la población más pobre –compuesta por mayoría obrera y campesina– apenas obtienen, en promedio, 1.7 por ciento del ingreso nacional, mientras que 10 por ciento más ricos se embolsa 35.4 por ciento; es una diferencia de 21 tantos entre uno y otro decil? De acuerdo con información de la Cepal, el 20 por ciento más rico de la región concentra 51.4 por ciento de ese ingreso y el 20 por ciento más pobre a duras penas 4.8 por ciento.

Por si faltara algo, la pandemia arrasó con los escasos avances –por llamarlos de alguna forma– logrados a lo largo de muchas décadas. Para el caso mexicano La Jornada (Clara Zepeda) lo reseñó así: casi 13 millones de personas salieron de la población ocupada en abril de 2020, el mes del inicio del confinamiento para contener el covid-19. Los efectos de los contagios, que prácticamente paralizaron la actividad durante varios meses, en el mercado laboral en México siguen presentes a pesar de las señales de recuperación entre 2021 y el arranque de 2023, ya que los problemas estructurales prexistentes, como las brechas laborales, la informalidad, la baja productividad y los salarios están lejos de ser superados.

Además, la recuperación del mercado laboral en el país se ve mermada por una persistente alta inflación y por mayores riesgos de una recesión económica en su principal socio comercial. El mercado laboral mexicano regresó a niveles prepandemia, incluido el de la informalidad laboral. Seis de cada 10 empleos (32.4 millones de personas) en México son informales, no cuentan con seguridad social ni prestaciones, según estimó la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del Inegi, correspondiente a febrero de 2023. Más de la mitad (55.5 por ciento) de los trabajadores no agropecuarios en México se ocuparon en un empleo informal al cierre de febrero de 2023, mismo nivel de marzo de 2020. Esta tasa de informalidad fue más alta para las mujeres, en alrededor de 54.7 por ciento, que para los hombres, de 49.5 por ciento ( ídem).

Por su parte, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) lo resume así: en la región, la pandemia provocó en las economías y los mercados laborales una crisis sin precedente. En 2020, experimentó la peor contracción del PIB (real) en las recientes siete décadas y, pese a la recuperación observada en 2021, se prevé una desaceleración del crecimiento del PIB. Dada esta dinámica, entre 2014 y 2023 la región crecería 0.8 por ciento, es decir, menos de la mitad del avance registrado en la denominada década perdida (1980-1989).

En la región la pandemia también provocó una histórica disminución del número de ocupados (8.2 por ciento), la primera que se documenta desde 1950, y mayor a la registrada por las economías desarrolladas y otras emergentes. La recuperación de los mercados laborales en América Latina y el Caribe ha sido lenta, incompleta y asimétrica. Sin embargo, comienzan a observarse cambios favorables en los principales indicadores de esos mercados. Se observan mejorías en la tasa de participación, aunque por debajo del nivel anterior a la crisis sanitaria. Esa tendencia positiva se acentúa particularmente entre las mujeres, grupo especialmente afectado durante la pandemia y cuya recuperación ha sido más lenta que la de los hombres.

Las rebanadas del pastel

Primer punto a su favor: la consejera presidente del INE, Guadalupe Taddei Zavala, anunció que se reducirá el sueldo, para obtener menos que el Presidente de la República, como lo marca la ley. Además, el presupuesto 2024 incluirá estrictamente lo que el Instituto necesita para operar, sin olvidar que para ella no hay ningún compromiso de carácter político, salvo con mi país, conmigo misma y mis principios de servidora pública.

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