Columnas Escritas
Yucatán, invadido de droga
Manuel Triay Peniche
Amanecía julio de 1951, el premio mayor de la Lotería Nacional fue el 14,525, del que papá había adquirido media seríe y su amigo, don Pedro Sahui Polanco, la otra mitad. Sobra decir lo que aquel premio significaba para la familia, y lo celebramos con mayor entusiasmo que el paso perfecto de México en el mundial.
Lo primero fue adquirir casa propia. $7,000 de contado, a una cuadra del centro, en Espita: 50 metros de fondo, con doble patio, unos 15 de frente, y con derecho hasta a los restos áridos que se hallaran al excavar, pues la casa formaba parte de lo que fuera el cementerio de la Iglesia de San José.
Atrás quedó el vivir encomendados en casa de la tía Esperanza, nuestro nuevo hogar no solo era cómodo sino propio. Papá le hizo varias remodelaciones, entre otras, cambió el viejo zaguán de acceso por una puerta y suplió con mosaicos el empedrado donde se guardaba el antiguo carruaje de caballos.
Obvio que la Lotería nos cambió la vida, pero creo que papá devolvió todo lo recibido porque su vicio fue siempre el 14,525, al que añadió otros números en sus últimos años cuando ya hasta apuntaba bolita.
Yo salí de mi hogar muy pequeño, y poco disfruté la casa y a mi comunidad, pero ahora que por trabajo regreso con frecuencia revivo las cosas buenas de la familia, pero sufro en carne propia los múltiples y graves problemas que agobian a Espita que, desde luego se merece mejor suerte.
La zona turística de Quintana Roo es una respuesta a la falta de empleos pero, su población cosmopolita, la invasión del crimen organizado y la violencia que se ha apoderado de ella no son la mejor compañía.
Todo Yucatán, y creo que con mayor presencia el Oriente del Estado, se ha convertido en zona de distribución de drogas, drogas baratas y al alcance de cualquiera, que han convertido la salud mental en un pendiente urgente.
Desconozco ya a la población espiteña con tanto adolescente y niños consumidores y adictos, desconozco aquel pueblo unido que reaccionaba hasta con el volar de una mosca y hoy permanece impávido cuando párvulos de primaria venden drogas, y además las consumen.
No imaginé nunca ese gran número de madres e hijos abandonados por sus papás, niños y madres que sufren hambre y violencia, abandono e indiferencia. Oro porque nuestra comunidad reaccione ante esta necesidad.
Quizá el cambio más significativo en esa villa es la igualdad de género, que para desgracia se da en lo malo: jovencitas, niñas y adolescentes que consumen por igual con los varones, interpretan la libertad como libertinaje, y caminan con un rumbo sin final feliz.
Mis recuerdos de ayer parecen no tener cabida en aquel escenario, mi fe en la responsabilidad oficial está más muerta que los muertos enterrados en el patio de mi casa.
Hago votos porque se extienda la generosidad de unos cuantos, quienes sin ser de Espita han hecho suyo el problema. Somos nosotros, la sociedad civil, la que ha de dar la cara porque las llamas de la drogadicción y el abandono se avivan con la indiferencia de nuestras autoridades.
