Columnas Escritas
Lo que dicen los columnistas
Cuarenta años del neo-zapatismo: Una derrota luminosa
Lo irónico es que hoy el Estado se enoja de las resistencias indígenas como la neo-zapatista porque han logrado su autonomía, ya no le besan la mano a papá gobierno.
Luis Alberto González Arenas | Proceso
En estos 40 años que cumple el neo-zapatismo —contando el periodo de clandestinidad— y 30 de haberse hecho público, el movimiento no busca explicarse, sino ejercerse con el tiempo, el silencio y la espera. A diferencia del sistema político tradicional que se sostiene de discursos inmediatos que subrayan una posibilidad de plástico que termina por encadenarse y reducirse a simples expectativas pasivas y aspiracionales; las y los neo-zapatistas se mueven, accionan, vivencian y construyen alternativas que liberan a la posibilidad de esa artificialeza para hacer mundos muy otros, y claro, posibles.
No es que el neo-zapatismo vaya a cambiar el mundo, eso sería caer de nuevo en mesianismos. Simplemente, su propuesta acentúa la forma en que ellas y ellos han podido defender sus territorios y su forma de organización durante un modelo de Estado-Nación ultra-partidista que se sigue aprovechando de los pueblos originarios sin tomarlos en serio en la Constitución; lo irónico es que hoy el Estado se enoja de las resistencias indígenas como la neo-zapatista porque han logrado su autonomía, ya no le besan la mano a papá gobierno, y más aún, porque la ética es su valor fundacional. Las y los neo-zapatistas han expuesto el disfraz de la triste democracia en que vivimos: un sistema de monopolio radical que institucionaliza —a conveniencia— el tiempo, la salud, la economía y los afectos.
Aunque es una ideología política que ha tocado la ortodoxia, el neo-zapatismo ha liberado a la posibilidad de pretensiones absurdas que venden esperanzas institucionalizadas. En estos territorios autónomos se trata de esperanzas en praxis (en acción), ejercidas en toda su pulsión creadora y creativa. Adolfo Gilly me dijo alguna vez que la esperanza no es tal si no se mueve, en ello, las y los neo-zapatistas no han dejado en estos más de 30 años de soñar-caminando, de esperar-construyendo. Al final, como decía Gustavo Esteva, la esperanza se ejerce.
El movimiento ha tenido como virtud la rareza que permanece en peligro de extinción: la autocrítica, y eso tiene mucho que ver con escuchar al otro, al diferente, independientemente de su identidad cultural para luego integrarlo en lo que hoy denominan más concretamente como “lo común”. No es el partido en turno integrando a viejos dinosaurios a sus filas para buscar el poder, sino una integración para estructurarse desde abajo en búsqueda del derecho de vivir en paz y con tierra. En ello se han ido jugando la existencia y es así que el movimiento llega a su mediana adultez, a esos 40 años que permiten una madurez entre juventud y experiencia. Una edad que se llena de perspectiva y que afianza aún más su motivo e intención. Por así decirlo, el neo-zapatismo ha llegado a “la crisis de los 40”, que como cualquiera que llega a esa edad, no es más que un corte en el tiempo para saber en dónde estamos parados y cómo queremos entrar en la segunda etapa de nuestras vidas. Sentipensarse en los tres tiempos verbales. En ello las y los neo-zapatistas han aprendido mucho de integración, algo que Ortega y Gasset llamaba como una generosa colaboración espiritual, independientemente de qué religión, partido, ideología, color, geografía y tiempo vengas o seas. Lo más importante es lo común, es decir, la forma de convivir que practicamos en la niñez: el juego (que siempre necesita del otro) siempre se organiza y concreta sin importar las diferencias (me caes mal, pero juego contigo). Es así que hoy el neo-zapatismo ha hecho una reorganización desde sus entrañas para defender sus territorios. Al final, en esa tierra descansan sus ancestros, de esa tierra comen, sobre ella duermen, juegan y crece su niñez.
Hablo sobre todo de los pueblos de raíz maya que sostienen al movimiento, más allá de la Comandancia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), que desde hace tiempo relegó sus operaciones de diligencia a ser vocería de las comunidades y a proteger a los pueblos de los muchos acosos que sufren por parte de paramilitares, narcotráfico y mafias empresariales. En los festejos por su aniversario, el EZLN se presentó marchando al ritmo de cumbia, y eso, por más ridículo que le pueda parecer a muchos, es un paso congruente a lo que las y los neo-zapatistas dijeron en algún momento: “somos un ejército que lucha para que un día no haya ejércitos”, sólo que el incremento de violencia ha sido tan exponencial, que se deben seguir acuerpando debido a lo que se conoce como “tierra arrasada”, una estrategia que según me explicó fray Gonzalo Bernabé Ituarte Verduzco, cofundador del Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas y secretario de la Comisión Nacional de Intermediación para el Diálogo y la Negociación por la Paz en Chiapas de 1994 a 1998, se trata de una estrategia militar que tuvo su origen en Guatemala para ahuyentar a la gente, quemar sus casas, matarla y así controlar el territorio y evitar que movimientos que tienen su origen en la guerrilla encuentren respaldo social. Lo grave es que hoy no sólo se utiliza en contra de las guerrillas sino para la cínica expropiación de tierras en vianda de distintos megaproyectos, sumado a la presencia que tiene el narcotráfico en la región y, por ende, del derecho de piso.
Fray Gonzalo me explicó que “la tierra arrasada” comenzó a utilizarse en medidas brutales en México al estallar el movimiento zapatista, porque “había una conciencia de derechos y una búsqueda de transformación en México que quiso frenarse”.
Es entonces, el neo-zapatismo, que nos ha enseñado a mirar distinto, a poner su experiencia al servicio de quienes aspiran a la autonomía. “No somos un ejemplo, somos una experiencia”, dicen, y en ello nos han hecho saber que un solo modo no es el único modo, que tampoco hay un solo tiempo, ni geografía, sino muchos, muchas. Que la justicia está en la diferencia y es en ese reconocimiento al otro donde habita la esperanza.
Si bien —y por su propio bien— no podemos romantizar al neo-zapatismo (pues otros pueblos originarios tienen otras miradas hacia su formación de autonomía), sí nos ha mostrado un principio de cómo iniciar, mantener y defender la libertad, la justicia y la democracia en común. Saber, pues, cómo responsabilizarse de todas ellas. El neo-zapatismo desempolvó la ética dentro de un mundo de políticos profesionales que apuestan por una sociedad del rendimiento que no tiene ni pies ni cabeza y que se está quedando sin corazón. Cada uno decide si encapucha o no su sentí-pensar, o si le va a poner pasamontañas a sus principios, pero lo que es un hecho es que siempre habrá que seguir lo que las y los neo-zapatistas tienen que decir ante nuestras enfermedades como humanidad. Porque son un contrapeso real a los relatos hegemónicos. El neo-zapatismo nos ha demostrado cómo trascender las buenas intenciones con la práctica concreta de la belleza y la poesía, nunca debemos olvidar que fue el primer movimiento que ganó una guerra a través de las artes. De la palabra. Nacidas de una comprensión absoluta de la realidad, y es con ese eros con el que se puede asimilar que para trascender el dolor es necesario nunca perder la alegría.
Ante un mundo que nos venden los medios masivos como un territorio homogéneo y apocalíptico, sin esperanza más que el individualismo maquiavélico, es necesario mirar las grietas por donde siempre logra colarse la esperanza: una posibilidad que entiendo como derrota luminosa. Derrota porque en el capitalismo salvaje y hasta en el revolucionario institucional, el éxito se mide si conquistas el poder. Eso fue a lo que el neo-zapatismo ha renunciado siempre, por eso no se proclama como un movimiento revolucionario, sino de rebeldía social.
Sin todas esas derrotas de los muchos y legítimos movimientos sociales, desde las huelgas ferrocarrileras hasta el feminismo territorial y decolonial, sería imposible gozar de las libertades que hoy tenemos. Existimos por las exigencias, demandas, luchas y resistencias sociales que han sabido mantener sus principios humanistas. Por la defensa de ese eros y de esos territorios diversos y alterados (alterados de alteridad) como lugares sagrados de la diferencia, tejidos por una generosa colaboración espiritual.
Sin estas muy iluminadas derrotas, seríamos Tiranos-Arios Rex, fieras con los bracitos muy cortos del antropocentrismo y el eurocentrismo salvajes. Así que al final de todo la pregunta sería: ¿Derrotas para quiénes? Pensando en esta conclusión, me encontré con una entrevista al anarquista palestino Jonathan Pollack, en la que argumenta profundamente que en toda su experiencia de acción directa contra el colonialismo israelí y siendo estudioso del apartheid en Sudáfrica, dice que “preferiría no comerciar con la esperanza, porque como todo comercio, es un espectáculo de engaño”. Pollack remata con algo que vuelve a comprobar esta vertiente que trato de hilar sobre la derrota:
“[…] hay que organizarse y construir movimientos de resistencia incluso cuando todo parece perdido. Mi visión del anarquismo no es utópica. A mis ojos, cada victoria, cada éxito, debe percibirse inmediatamente como un fracaso, como una estructura de poder contra la que luchar y derribar. Dicen que lo perfecto es enemigo de lo bueno, pero eso es sólo porque carecen de imaginación y lo bueno nunca es suficientemente bueno. La imperfección es una constante, pero seguimos luchando, convirtiendo la victoria en derrota, en lucha a cada paso”.
Exacto. Si bien la esperanza no es lo mismo que la utopía, ni tampoco el invento de la insuficiencia que se esconde dentro de la perspectiva del éxito; lo que rescato de Pollack es que él habla de cómo la esperanza significa organizarse, tal como una y otra vez nos han dicho —cual mantra— las y los neo-zapatistas, quienes además lo han podido hacer con imaginación, narrando su lucha imperfecta, derrotada.
Pollack, como miembro fundador del mítico grupo activista Anarchists Against the Wall, dice que lo más importante y duradero que dejó la experiencia de esta organización fue “desprenderse de falsas lealtades e incluso identidades nacionales”. Ya lo decía Borges, el nacionalismo es un alcohol barato, primero te emborracha, después te ciega y luego te mata. En esta lucha por el humanismo es necesario percibir cualquier victoria como derrota para seguir respirando y no hiperventilando entre laureles.
El neo-zapatismo me recuerda a la metáfora de la caja de Pandora, de donde se escaparon los males del mundo pero que se queda uno solo: la esperanza. Me es interesante que los griegos de alguna manera hayan visto a la esperanza como un mal-que-espera. ¿A qué espera entonces cuando sabemos que ‘esperar’ es la raíz de la esperanza? Quizá espera a algo, o a alguien, o simplemente a que le demos otra reverberación. La esperanza tiene su lado muy luminoso, pero también muy oscuro. Es entonces un mal-en-espera que nos puede deslizar un mensaje: el hecho de que el último mal espere dentro de la caja y no salga a deshacer el mundo, ya es esperanzador, pero eso dependerá de cómo queremos que espere, de cómo queremos que se construya o se interprete. Salir de las dicotomías claroscuras del bien y del mal y encontrar lo análogo que podría descansar en el concepto tzotzil del buen vivir, del bien hacer (Lekil Kuxlejal). De, mínimamente, tratar con una ética levinasiana, el acto y el afecto de la espera para que no se convierta en “un motivo de lobos”. Darle una conciencia a la esperanza con la que pueda pensar y sentir el cómo desea caminar por el mundo.
Habrá algunos que simplemente les guste agarrar ese mal de Pandora y aventarlo sin más miramientos para construir barbarie, pero habrá otros, otras, que querrán que camine a través de formas mucho más solidarias, empáticas y en común, y que estén llenas de imaginación, arte y poesía. Esperanzas diversas, nosótricas, fracasadas, en las que podamos saber que en esas derrotas está naciendo el futuro. El neo-zapatismo, por lo menos, a 40 años o 30, 20, 10, 3, 2, 1…hoy, lo intenta.
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Retrovisor
La Corte es de todos, las ministras también
Ivonne Melgar | Excelsior
Acaso por intuición, olfato jurídico o porque la división de Poderes es la piedra que más molesta al gobierno, en su primer informe como titular de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), Norma Piña defendió el principio de la deliberación democrática.
En ese mensaje del 14 de diciembre, la ministra presidenta recordó que durante 2023 el pleno de la SCJN resolvió diversas acciones de inconstitucionalidad presentadas por partidos políticos, personas integrantes del Congreso de la Unión, y el INE en contra de dos decretos que reformaron leyes en materia político-electoral.
Se refería Norma Piña al llamado plan B, la iniciativa presidencial que, por la vía de una reforma a leyes secundarias, afectaba artículos de la Constitución, según los legisladores de oposición y los 11 consejeros electorales que entonces avalaron esa controversia constitucional.
“Al respecto –dijo en su informe la ministra presidenta– el pleno invalidó ambos decretos porque la mayoría del Congreso de la Unión incurrió en violaciones al procedimiento legislativo. A través de esta resolución, la Corte contribuye a la protección de la Constitución, la legalidad, el respeto a los derechos fundamentales y, principalmente y de forma relevante, al principio de deliberación democrática”.
Y en seguida, Norma Piña agregó: “Este criterio no es nuevo, desde hace más de 15 años, y en más de 30 ocasiones, la Corte ha sostenido que el respeto a las formalidades del proceso legislativo es esencial para que nuestro régimen sea verdaderamente democrático. Las fuerzas políticas van cambiando, así es, van cambiando con el paso del tiempo, las minorías pasan a ser mayorías y viceversa, pero este criterio de la Corte ha permanecido constante por más de una década”.
Esa deliberación democrática significa respetar la pluralidad del Poder Legislativo, escuchar las voces de las minorías, sin albazos ni madruguetes ni la recurrente “dispensa de trámites” a la que Morena recurre permanentemente para aplicar su mayoría simple en temas que, para transitar con legalidad, requerirían de una mayoría calificada, es decir, del voto de las dos terceras partes de los diputados y de los senadores.
Y de eso se trató el mensaje de toma de protesta este jueves 4 de enero de la ministra Lenia Batres Guadarrama cuando señaló que la Corte se ha extralimitado.
Entre los reclamos que la abogada morenista hizo a sus compañeros de la Sala Superior incluyó el de la deliberación democrática.
Aunque ella minimizó el asunto señalando que los “errores de procedimiento” y los “formalismos procedimentales” no pueden estar por encima de la obligación de la SCJN de resolver los casos que le llegan.
La ministra Lenia Batres cuestionó que la Corte cumpla con su naturaleza, la de interpretar cómo se está aplicando la suprema ley, es decir, la Constitución. E impugnó a sus colegas por anular leyes que la mayoría de los ministros ha considerado inconstitucionales y les pidió “autolimitarse y someterse a la auténtica jerarquía normativa de nuestro país”.
En pocas palabras, la flamante integrante de la Sala Superior estaba pidiéndoles a sus compañeros que renuncien a su calidad de jueces constitucionales y que procedan, tal cual lo hacen los legisladores del partido en el poder, como una oficialía de partes para lo que el Ejecutivo quiere.
Pese a que la deliberación democrática es un principio que la Corte estableció desde 2005, también el ministro Arturo Zaldívar lo cuestionó, en entrevista con El País.
“La Corte, durante más de 20 años, había sido muy deferente en el proceso legislativo; para que un procedimiento legislativo se anulara, tenía que haber realmente razones muy fuertes, muy severas, que impidieran el debate y la deliberación democrática. A partir de que llega López Obrador, se empiezan a hacer cada vez más rígidos los criterios y hoy prácticamente se invalida cualquier proceso legislativo”, cuestionó el ahora colaborador del equipo de campaña de la precandidata oficialista Claudia Sheinbaum.
Es evidente que los afines al presidente López Obrador y a su proyecto han decidido cerrar filas para imponer la idea de que el Poder Ejecutivo está por encima de los otros poderes y que interpretar la Constitución al margen de sus deseos es ser contrario “al pueblo”.
Como si la nación mexicana pudiera ser representada por un solo hombre, Lenia Batres dice enorgullecerse de ser “la ministra del pueblo”, entendido éste como aquel que es invocado por el presidente López Obrador.
Pero la Corte es el Tribunal Constitucional de todas y de todos los mexicanos, y aunque el proyecto gubernamental nunca pronuncie el término pluralidad, ésta sigue vigente en una sociedad que lo es y debe ser garantizada por los tres Poderes del Estado mexicano, cuya división es indispensable para nuestra democracia.
Más allá de este debate que ha metido a los jueces constitucionales en la disputa electoral, queda la imagen de la presidenta Norma Piña colocándole a la ministra Lenia Batres la toga ministerial. Ambas son parte del máximo tribunal, responsable de que, como lo dijo la recién llegada, contemos con una democracia real, lo cual obliga a que las personas servidoras públicas no abusen del poder.
Y esa premisa también aplica para el Presidente de la República, al que la ministra Batres considera por encima de la Constitución, los legisladores y sus compañeros de la Corte.
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El país que AMLO diseñó
Julio Faesler | Excelsior
Día de luto para México. Ayer tomó posesión Lenia Batres Guadarrama como ministra de la Suprema Corte. Ayer fue asesinado un aspirante a diputado federal, el regidor de Cuautla, Giovanni Lezama Barrera. Ambos hechos presentan lúgubres presagios para la vida nacional. Especialmente, para el proceso de sucesión presidencial a punto de formalizarse.
Lo ominoso del homicidio del aspirante panista a legislador de Morelos está en la fragilidad de la vida de cualquier individuo indistintamente de su condición de nacional o migrante extranjero. La inseguridad que subyuga al país rebasa toda dimensión y trasciende de lo local a lo internacional. Más en concreto, la muerte de un posible legislador, precisamente ahora, toca lo más importante y sensible de nuestro orden democrático y del que depende la seguridad, que necesitamos urgentemente que funcione durante la primera mitad de 2024, durante las campañas y las elecciones.
Podremos estar dispuestos a ofrecer la vida en aras de la democracia como lo hicieron nuestros héroes del pasado, pero arriesgarla sin razón o sin garantía alguna no debe ser la condición para participar en política.
La altura de los conceptos del regidor Giovanni Lezama se aprecia en los siguientes extractos de su discurso de aceptación a la candidatura: “Lucharé por una patria justa para todos y contra la corrupción y los abusos del poder… Propongo que se trabaje por la conciliación y de la coincidencia política, por la suma de voluntades y que se gobierne mediante el diálogo y la búsqueda de acuerdos… se debe construir una verdadera alternativa democrática con rumbo claro con un proyecto que contribuya verdaderamente a un desarrollo de bienestar, seguridad, así como económico y social… necesitamos gobiernos más fuertes, más unidos y cercanos a la gente… hago un llamado para que trabajemos juntos sociedad y gobierno a favor de los jóvenes…”.
El cobarde asesinato, uno de los cientos cometidos en Morelos durante la gubernatura de Cuauhtémoc Blanco, fue perpetrado por un desconocido, lo cual confirma los más terribles augurios de un periodo cruento durante las elecciones de este año.
Los asesinatos de políticos por lo general han tenido por autor intelectual al que pretende beneficiarse. Es un ingrediente que atrasa el arraigo del proceso democrático que esperábamos no volviera. AMLO, empero, estima que las cosas están en plena mejoría, que la inseguridad se ha reducido y que las garantías individuales están protegidas. Sin embargo, el ambiente de completa impunidad hace que el aumento de homicidios sea cosa cotidiana.
El otro asunto que nos preocupa es la tesis manejada por la flamante ministra Batres, hermana de Martí, actual jefe de Gobierno de la Ciudad de México, es un descarado y sorprendente preámbulo de su posición en cuanto a la función de la SCJN.
Lenia Batres somete a la SCJN al arbitrio de Morena al postular como principio de gobierno nulificar el equilibrio de contrapesos del sistema tripartito de Poderes que dispone su completa independencia y autoridad. “Los que dicen que la SC es el órgano supremo del país –señala Lenia–, porque puede anular leyes por mayoría calificada… se equivocan si actuara de verdadero tribunal constitucional, no prevalecería la SCJN, sino la Constitución y la SC tendría que concluir que debe autolimitarse y someterse a la auténtica jeraquia normativa de nuestro país”.
El despropósito es claro al negar que el fundamento del sistema que nos rige está en la función del Poder Judicial de velar y hacer cumplir la legalidad constitucional de los actos de los otros dos Poderes, a saber el Ejecutivo y Legislativo. Determinar lo anterior con entera independencia de las motivaciones que expliquen los actos cuya validez esté llamado a evaluar, es la esencia del sistema y lo que le da validez constitucional a los actos del gobierno. Aceptar la autolimitación o el sometimiento de la SCJN a lo que Lenia Batres llama “la auténtica jerarquía normativa de nuestro país”, significaría la desaparición del esquema de equilibrio e independencia de Poderes y dejar al país totalmente en manos de lo que el Poder Legislativo apruebe y lo que es aún más inaceptable, lo que ordene el Ejecutivo.
El telón ha caído. AMLO ha logrado su objetivo de inseguridad en todo. Este 2024 los Reyes llegaron vestidos de luto.
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La esperanza de la dignidad
Mariana Bermúdez | La Jornada
Cada inicio de año ha representado una nueva oportunidad de comenzar y transformar para las sociedades en todo el mundo. En el sur de México y cerca del centro de Latinoamérica, el 1º de enero de 1994 significó ser la raíz de la esperanza de la lucha social que no sólo venía desde abajo, sino que vino a compartirnos que la construcción de otros mundos era posible: el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).
El EZLN ha sido uno de los movimientos político-sociales que ha marcado una ruta de aprendizajes, logros y desafíos para la vida del país, visibilizando las realidades de los pueblos y comunidades indígenas y colocando sus necesidades como pilar fundamental para la justicia, la democracia y la libertad. Sus orígenes se remontan aproximadamente a la década de los 80 en la Selva Lacandona en Chiapas, donde la organización social, la politización crítica de las condiciones de vida y la resistencia ante los intereses del capitalismo y los poderes hegemónicos, fueron algunas claves que permitieron a las comunidades indígenas y campesinas andar en común por mundos más dignos.
Después de 30 años de caminar colectivo y combativo, el EZLN nos vuelve a convocar a la reflexión sobre recuperar los comunes para hacer comunidad; en mantener la memoria viva de la lucha y de quienes han sido parte de ella y ya no están; en reconocer la diferencia como oportunidad para fortalecernos y construir un mundo mejor para todas, todes y todos; en construir la paz desde el diálogo y la escucha para nuestra libertad como pueblos, como sociedad. Nos recuerda que la Revolución no debería ser sólo una rebelión armada, pues es, ante todo, una propuesta política, organizativa y crítica del actuar gubernamental y de sus instituciones.
Algunas de las propuestas transformativas para mundos más dignos desde el pensar y sentir de las comunidades del EZLN podemos observarlas en la declaración de la Selva Lacandona (1994); la primera Declaración de La Realidad. Contra el neoliberalismo y por la humanidad (1996); los principios del mandar obedeciendo para las juntas del Buen Gobierno y el proceso de diálogo para la firma de los Acuerdos de San Andrés Larráinzar sobre los derechos y cultura indígenas (1996), entre otros. A pesar de ello, el Estado mexicano aún tiene una deuda social e histórica pendiente con las comunidades y pueblos indígenas que se ve cada vez más lejos de cumplir. Como lo han mencionado en repetidas ocasiones, es fundamental propiciar la autocrítica para observar mejor nuestra realidad, comprender los errores y hacer de éstos una posibilidad de avanzar a ese mundo común que deseamos y en donde todas, todes y todos quepan, ante la incertidumbre del futuro. Pues no hay ninguna receta ni camino definitivo que nos dicte cómo caminar, sino que es la comunidad misma que decide para sí sobre sus tierras, su vida y su alegría.
Ante el panorama electoral venidero, es importante tener presente lo que el EZLN nos viene a recordar sobre mantener la esperanza, la lucha de la vida y del común, pero esencialmente, de los principios del buen gobierno. Si bien las candidatas actuales a la Presidencia del país han compartido interés en la búsqueda de justicia, se vuelve necesario insistir en su compromiso para que sus palabras se conviertan en acciones y verdades tangibles para las víctimas, las comunidades indígenas y de grupos sociales que históricamente han sido invisibilizados por el gobierno. Creer, pensar y construir un común que nos permita transformar nuestras realidades y derrocar a los sistemas opresores.
Un común que nos haga regresar a vernos y reconocernos como comunidad ante un panorama que nos ha individualizado cada vez más por las dinámicas capitalistas y meritocráticas que se han intentado llevar nuestra alegría, resistencia colectiva y militancia combativa. Ahora es momento de no olvidar que los cambios vienen desde abajo, caminando hombro a hombro con quienes han vivido las violencias y las injusticias del capitalismo, el patriarcado y el colonialismo.
Es tiempo de restaurar la esperanza en los orígenes del EZLN, en las víctimas, en los movimientos sociales y en la sociedad civil para reconquistar el gobierno que queremos. Por ende, reorganizarnos para buscar la justicia que necesitamos, resignificar los espacios cívicos y de participación política para visibilizar y exigir el cumplimiento de nuestras demandas, pero, sobre todo, recuperar la fe en la dignidad de los pueblos y en la posibilidad de que otros mundos son posibles.
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Defender la vida al ritmo de una cumbia
Mariana Mora* | La Jornada
A lo largo de tres décadas el zapatismo ha logrado irrumpir una y otra vez en lo que aparenta ser el destino inevitable de un desenlace histórico. Justo cuando todo parece estar firmemente pactado entre los que se aferran al poder y ejercen la violencia, el ejército rebelde y sus bases de apoyo accionan de tal manera que la inercia política toma un giro inesperado. Provocan fugas de escape que sobrepasan los callejones sin salida. Al mismo tiempo, en lugar de predeterminar el rumbo de esas contrahistorias, cultivan condiciones de apertura. A eso en parte se debe la trascendencia del zapatismo y su continua relevancia. El acto conmemorativo que se celebró entre el 30 de diciembre de 2023 y el 2 de enero de 2024 activó esa capacidad tan característica suya.
El estado de Chiapas, al igual que el resto del país, por no decir el mundo, atraviesa por terrenos extremadamente complejos. Sobre la base de violencias coloniales de largo aliento, se suman capas recientes de paramilitarismo, del crimen organizado, de políticas extractivistas y megaproyectos de desarrollo. Generan paisajes atravesados por despojos territoriales, desplazamientos forzados y destrucciones socioambientales. Ante un escenario altamente constreñido, los actos conmemorativos en el caracol Dolores Hidalgo, en lugar de responder a la coyuntura, trascendieron sus límites.
El discurso pronunciado por el subcomandante Moisés hizo caso omiso del contexto electoral, de las propuestas de los precandidatos a la Presidencia federal y gobierno estatal, evitó nombrar a los actores que activan la violencia en el país. El acto conmemorativo tomó otro sentido, se extendió hacia un horizonte marcado por la vida digna de Dení, esa niña que nacerá dentro de 120 años, protagonista de la tercera parte de la serie de comunicados publicados por el EZLN entre octubre y diciembre de 2023.
Actuar desde las posibilidades de vida a siete generaciones requiere reinventar cómo se manifiestan las acciones de un ejército rebelde en el presente. Si su función consiste en defender la vida-existencia en común, esto se logra, no presumiendo un músculo político, ni provocando un pleito entre gallos, sino al ritmo de una cumbia. Lxs milicianxs marcharon, con la disciplina que exige todo entrenamiento militar, a las canciones de los Los Ángeles Azules y Celso Piña. Desde este mismo impulso las milicianas bailaron el ska de Panteón Rococó. Así se cuida la vitalidad colectiva en escenarios saturados por la presencia de las fuerzas de seguridad del Estado mexicano, los ejércitos privados del crimen organizado y los paramilitares. Es un antídoto al genocidio.
Al concluir la música, el subcomandante Moisés ordenó desde el escenario ¡Formación de escudo!. Lxs cientos de milicianxs formaron un encuadre al que nos pidieron entrar, primero las bases de apoyo, seguidxs por lxs visitantes. En ese espacio de protección ampliado nos arroparon con aire suficiente para respirar su invitación de buscar y construir entre todxs el sentido de lo común.
Lo común fue el concepto central en que la conmemoración se enraizó el futuro. Lo común agrega dimensiones y densifica el ejercicio de la autonomía de estos últimos 25 años. Lo común no se establece por medio de la propiedad, ni siquiera la propiedad colectiva, sino es un territorio de nadie porque es de todxs, tal como son las tierras recuperadas tras el levantamiento de 1994. La pertenencia colectiva y las relaciones socionaturales se tejen por medio de las relaciones que cuidan y sostiene la vida-existencia. Requieren una participación activa y constante al margen del Estado y de sus instituciones. Lo común es a su vez el espacio de encuentro. Se manifiesta en los puntos de cruz de un bordado en que confluyen los hilos sin que ninguno se subsume o oculte entre los demás. Lo común es la telaraña de hilos capaces de sostener mucho más que su propio peso. El subcomandante Moisés se refirió en tseltal a la vida existencia digna, al lekil kuxlejal, y a la tierra que a su vez es pueblo y es el todo, expresado por medio de lum k’inal. Son los elementos que sus abuelxs y tatarabuelxs han defendido, elementos que constituyen esa base de lo común en territorio maya. Son a su vez un referente a crear lo común a partir de lo propio y vincular diversas geografías.
El conjunto de pasos marcados por la cumbia, el abrazo del encuadre miliciano y la interpelación de los común produjeron un punto de inflexión imprescindible frente a las violencias extremas actuales. Aleja aún más al ejército rebelde de las genealogías revolucionarias que le dieron origen, transforma cómo se gesta esa revolución. Quizás es uno de los resultados de la reflexión crítica interna en la que el EZLN y sus bases de apoyo han estado inmersxs en los últimos años.
No resuelven los desafíos que enfrentamos en el ahora. Ofrecen más preguntas que respuestas. Las tareas son inmensas, el camino extenso. La guía es el libro de la memoria viva de lxs ausentes, incluyendo los caídos hace 500, 40 y 30 años. En su discurso, el subcomandante Moisés insistió que si bien la poesía, la pintura y el arte son importantes, no son suficientes. Lo importante es la acción. Pero en este caso, es justo lo poético encarnado en los actos conmemorativos que permitió vislumbrar lo posible para así trascender los límites impuestos por el presente.
* Profesora e investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (Ciesas) y autora del libro Política kuxlejal.
