Columnas Escritas
Baluarte Político
La mezquindad de algunos medios en Campeche
Raúl García Araujo
Hay un límite que jamás debería cruzarse en el ejercicio periodístico: convertir el rumor en noticia.
La difusión de una versión sobre un supuesto ingreso hospitalario de la gobernadora de Campeche, Layda Sansores San Román, volvió a exhibir la velocidad con la que una mentira puede recorrer las redes sociales y, peor aún, encontrar eco en espacios que presumen hacer periodismo.
El propio Gobierno del Estado desmintió la información y la calificó como un rumor sin sustento, recordando algo elemental: la salud de un servidor público no puede ser materia de especulación ni de propaganda disfrazada de información.
La pregunta es inevitable: ¿hasta dónde están dispuestos a llegar los adversarios políticos? Porque cuando se intenta instalar la versión de que una gobernadora está enferma sin una sola prueba, el propósito deja de ser informativo para convertirse en una operación de desgaste político.
La mentira busca ocupar el lugar de los hechos y la confusión pretende imponerse sobre la verdad.
Lo más delicado es que algunos medios y páginas digitales han renunciado al principio más importante del periodismo: verificar antes de publicar.
Hoy basta una cuenta anónima, una captura de pantalla o un mensaje reenviado para fabricar un titular.
Después llegan los desmentidos, las aclaraciones y las disculpas —cuando existen—, pero el daño ya fue sembrado entre miles de ciudadanos que recibieron la falsedad como si fuera información confirmada.
Lo digo también desde la experiencia. Hace años, durante una conferencia de prensa mañanera del entonces jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, una reportera de W Radio, Verónica Méndez, difundió en uno de sus reportes que el mandatario estaba enfermo.
Nunca fue cierto; simplemente lucía cansado después de una intensa jornada de trabajo. Aquella versión obligó al entonces director de Información, Manuel Moreno Domínguez, a comunicarse de inmediato con los periodistas que habíamos estado presentes para desmontar la falsa noticia antes de que escalara.
Recuerdo perfectamente aquella llamada. No era un asunto de imagen pública ni de control mediático; era una decisión responsable para impedir que una mentira pusiera en riesgo la estabilidad de un gobierno y la seguridad de quien lo encabezaba.
Esa lección sigue vigente: cuando se habla de la salud de un jefe de Estado, de un gobernador o de cualquier servidor público, la obligación periodística es confirmar dos y tres veces antes de escribir una sola línea.
Hoy, sin embargo, vivimos la era donde algunos confunden la velocidad con el rigor.
Hay quienes compiten por ser los primeros en publicar, aunque eso signifique ser los primeros en equivocarse.
El periodismo dejó de ser una carrera por informar para convertirse, en ciertos casos, en una fábrica de contenido diseñada para obtener clics, monetización y viralidad, aun cuando el precio sea destruir reputaciones o sembrar incertidumbre.
También vale la pena hacer una reflexión incómoda dentro del propio gremio.
No todo el que administra un portal es periodista, ni toda cuenta con miles de seguidores representa un medio de comunicación.
El título de periodista no lo otorgan las redes sociales; lo concede una trayectoria construida con credibilidad, contraste de fuentes y responsabilidad frente a la sociedad. Lo demás es simple difusión de contenido.
La desinformación tiene consecuencias reales. Puede provocar incertidumbre en los mercados, alterar la vida institucional, generar pánico entre la población y vulnerar la seguridad de los personajes públicos.
Por eso las fake news no deben minimizarse como un simple error digital: representan una forma de manipulación que erosiona la confianza ciudadana y debilita la democracia.
El periodismo no nació para fabricar enfermos imaginarios ni para satisfacer vendettas políticas.
Nació para investigar, documentar y decir la verdad, aunque incomode al poder. Quien inventa una noticia traiciona ese compromiso y degrada un oficio que durante décadas ha costado vidas defender.
La historia siempre termina colocando a cada quien en su lugar.
A los periodistas serios los respalda la verdad; a quienes viven de las fake news los perseguirá para siempre el descrédito.
Porque una mentira puede hacerse viral en minutos, pero la vergüenza de haberla publicado permanece para toda la vida.
Desde la Muralla: Gobernar desde la salud mental
En política suele hablarse de grandes obras, millonarias inversiones y proyectos de infraestructura, pero pocas veces se reconoce que una de las transformaciones más profundas ocurre cuando un gobierno decide invertir en la salud emocional de su gente.
En Campeche, la Secretaría de Salud ha entendido que prevenir también es gobernar y que atender la salud mental ya no puede seguir siendo un tema secundario.
Nos cuentan que en Ciudad del Carmen el trabajo del Centro Comunitario de Salud Mental y Adicciones (CECOSAMA) está marcando una diferencia silenciosa, pero trascendental.
En esta ocasión, el personal de la Cruz Roja Mexicana recibió capacitación para fortalecer el manejo y control de las emociones en el ámbito laboral, además de identificar oportunamente los factores de riesgo asociados al consumo de sustancias psicoactivas.
No es un dato menor. Quienes diariamente atienden emergencias, accidentes y situaciones de crisis también necesitan herramientas para proteger su propia estabilidad emocional.
Cuidar a los que cuidan representa una política pública inteligente que fortalece instituciones y mejora la calidad del servicio que recibe la ciudadanía.
La apuesta de la Secretaría de Salud de Campeche va mucho más allá de impartir una conferencia.
Se trata de construir entornos laborales saludables, prevenir las adicciones desde la información y colocar a la salud mental como un derecho de la población, no como un privilegio de unos cuantos. Ese es el tipo de gobierno que entiende que la prevención siempre será más poderosa que la reacción.
Porque al final, un estado no sólo se mide por sus hospitales o su presupuesto, sino por la capacidad de proteger la mente, las emociones y la esperanza de su gente. Ahí también se construye el verdadero bienestar de Campeche.
Desde El Fuerte: La salud se defiende en territorio
En Campeche la Secretaría de Salud no está esperando a que el dengue se convierta en un problema mayor para actuar.
En Escárcega, las brigadas sanitarias han desplegado una estrategia preventiva que lleva las acciones directamente a las colonias, comunidades y espacios públicos, con un objetivo muy concreto: proteger la salud de las familias y reducir los riesgos antes de que aparezcan más casos.
La intervención llegó a las colonias Fátima, Fertimex, Salsipuedes, Concordia, Emiliano Zapata y Carlos Salinas de Gortari, donde se realizaron trabajos de control larvario y termonebulización para combatir la reproducción y presencia del mosquito transmisor del dengue.
No se trata únicamente de fumigar; detrás de estas acciones existe una estrategia sanitaria que busca cortar el ciclo de transmisión desde los criaderos.
La Secretaría de Salud también llevó estas tareas a sistemas acuáticos y espacios de uso cotidiano para la población, incluyendo la Comisaría, unidades médicas, iglesias, la estación del Tren Maya y distintas comunidades de Escárcega.
Es decir, la prevención se está llevando hasta donde está la gente, porque una política de salud pública efectiva no puede quedarse detrás de un escritorio.
Pero hay otro elemento fundamental: informar y concientizar. Las brigadas también realizan actividades de promoción para que las familias conozcan los riesgos y participen en la eliminación de recipientes y espacios donde pueda acumularse agua y reproducirse el mosquito.
Porque la lucha contra el dengue no depende solamente de las autoridades; requiere la participación permanente de la ciudadanía.
Aquí está una de las claves de esta estrategia: prevenir antes que lamentar.
La Secretaría de Salud de Campeche está combinando acciones de campo, control sanitario e información para proteger a la población, particularmente en las zonas donde existe riesgo de proliferación del mosquito.
Y hay una frase que resume perfectamente esta tarea: sin criaderos no hay mosquitos, y sin mosquitos no hay dengue. Parece sencilla, pero detrás de ella existe una política pública que exige presencia permanente, trabajo comunitario y responsabilidad compartida.
Porque gobernar también significa anticiparse a los problemas que pueden afectar a las familias.
Y cuando las brigadas llegan a las colonias, comunidades, centros de salud y espacios públicos para prevenir una enfermedad, ahí es donde la política deja de ser discurso y se convierte en acciones concretas en favor de la gente.
