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Arsenal

La sonrisa de Claudia y la ausencia de Marcelo

Francisco Garfias | Excelsior

Se consumó el dedazo disfrazado de encuestas. Claudia Sheinbaum será la candidata de la coalición Morena-PT-Verde en 2024. Así estaba diseñado y así ocurrió.

Un triunfo desdibujado por la ausencia de Marcelo Ebrard en la “foto de la unidad”. Una imagen incompleta que no presagia nada bueno. Las otras cuatro corcholatas sí le levantaron el brazo a Claudia y le ofrecieron su respaldo.

Las “irregularidades” que, según Ebrard, alteraron el resultado, y los oídos sordos de la dirigencia nacional de Morena a sus reclamos, alejaron al excanciller del WTC.

Hay versiones que hablan de que trataron de negociar con él su regreso al evento. Pero Marcelo puso como condición un imposible: que se repusiera todo el proceso. No cedieron y está con un pie fuera de Morena.

Alfonso Durazo, presidente del Consejo Nacional del guinda, dio a conocer los resultados alrededor de las 19:00 horas.

Ya encarrerado, el gobernador de Sonora descalificó la queja de Marcelo: “Las eventualidades registradas no modifican los resultados”.

* Claudia entró al salón del WTC con una sonrisa de oreja a oreja. Su expresión era de triunfadora.

Minutos después fue proclamada coordinadora de los Comités de Defensa de la 4T, luego de que Durazo abriera el sobre con los resultados que, supuestamente, nadie conocía.

De las cinco encuestas que se realizaron —una de Morena y otras cuatro de empresas privadas—, la exjefa de gobierno ganó las cinco, con un promedio de 39.4% en las preferencias.

En segundo lugar quedó Marcelo, con un 25.8%; Adán Augusto fue tercero, con un 11.2%; Noroña, cuarto, con 10.6%; Manuel Velasco, quinto, con 7.1%, y Ricardo Monreal, sexto, con 5.9 por ciento.

De acuerdo con lo pactado por las corcholatas al inicio del proceso interno —el presidente López Obrador fue testigo de calidad de ese acuerdo—, a Marcelo le correspondería la coordinación de la bancada de Morena en el Senado en la próxima legislatura. Nada más incierto. Marcelo no reconoció el triunfo de Claudia. Los señalamientos de “irregularidades graves” cometidas en el proceso se lo impidieron.

No sólo eso. Estaba indignado por el trato que en el WTC recibió la senadora Malú Micher, su representante a lo largo de la campaña interna, y otras cuatro personas de su equipo cuando se dirigían al conteo de las boletas. No los dejaron pasar, a pesar de que llevaban sus respectivos gafetes.

La senadora marcelista llegó golpeada a una tumultuosa rueda de prensa, celebrada en un hotel vecino al WTC. Allí narró lo que les había sucedido. El excanciller subió un mensaje a X, antes Twitter, en el que sintetizó lo ocurrido: “Malú Micher fue golpeada por la policía de la CDMX sólo por querer pasar a acreditar a nuestra representación en el conteo, ella es orgullo de nuestro movimiento !!! Repudiamos el uso de la fuerza en su contra, jamás pensé vivir algo así en mi propio partido”.

Ebrard calificó de ”cobardes” a Mario Delgado, presidente de Morena, y a Alfonso Durazo, presidente del Consejo Nacional del guinda. El tono era de ruptura.

* Si Marcelo abandona Morena, lo que no estaba en el guion, Adán Augusto, tercer lugar en las encuestas, quedaría como jefe de la bancada de Morena en el Senado. Ricardo Monreal pasaría a la coordinación del grupo guinda en la Cámara de Diputados. Noroña y Velasco son del PT y el PVEM, respectivamente. No están habilitados para encabezar las bancadas guindas en el Congreso.

* El evento en el que se dieron a conocer los resultados estaba programado para las 18:00 horas locales. Empezó una hora tarde. Pasadas las siete de la noche por fin se subieron las corcholatas y los dirigentes al improvisado templete.

Un enorme eslogan pintado en el muro principal del salón donde se realizó el evento parecía burlarse de la situación que se vivía en Morena. Se leía: “Unidos por la transformación”.

* Desde el momento en que entraron al mencionado salón, las caras de las corcholatas evidenciaban el resultado.

Adán Augusto y Monreal se veían muy serios. Manuel Velasco estaba contento. Le fue bien en el “aplausómetro”.

Noroña, más tranquilo que de costumbre, no se aguantó las ganas de darle un rozón a Marcelo, no sin antes lamentar su ausencia. “Quien rompa por ambición se lo va a chupar la bruja”, dijo, mordaz.

Monreal fue el único que mencionó con respeto el nombre de Marcelo. “No actuemos de manera facciosa y llamemos a todos para que todos podamos construir la victoria… Que no nos gane la arrogancia”, dijo. En su turno, Adán Augusto presumió: “Hemos dado una nueva lección de democracia. El Presidente tenía razón, el pueblo decidió”.

Noroña reconoció: “No fue mi momento”, y Velasco se dijo convencido de que fue un proceso transparente.

Claudia cerró las intervenciones de las corcholatas. No mencionó a Marcelo, pero dijo: “La unidad es fundamental. Las puertas están abiertas y nunca se van a cerrar”.

¿Y saben cómo terminó el evento? Con la consigna: “¡Es un honor estar con Obrador!”.

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Razones

La hora de Claudia, la decisión de Marcelo

Jorge Fernández Menéndez | Excelsior

Una vez más, una elección interna de Morena ha terminado con una ruptura, en este caso la muy anunciada de Marcelo Ebrard. Éste también, aunque como era previsible, la mayoría del partido y de sus aliados han apostado por la misma carta: desde que inició la campaña virtual hace más de un año y, sobre todo, luego del inicio del proceso de consultas, Claudia Sheinbaum era la favorita y finalmente será la candidata presidencial de Morena y sus aliados. En 2024, sea Claudia o Xóchitl, a partir del 1º de octubre, una mujer presidirá México.

El proceso de elección en Morena fue tortuoso y complejo, colofón de unas campañas en las que no se permitieron los debates y en los que se impuso la inercia. No había debates y no hubo confrontación. Desde el momento en que hubo seis candidatos, tres de ellos sin posibilidad alguna, resultaba evidente que Claudia sería la candidata. Si en algún momento, Marcelo propuso ser no sólo la continuidad de la 4T, sino transformarla, llevarla a otro nivel, la ahora candidata se presentó siempre como la continuidad, aunque al final no será exactamente así.

Claudia quizás no tendrá que realizar una operación cicatriz en gran escala si Marcelo como todo lo hace prever rompe, se vaya o no a otro partido. Es más, hace un mes decíamos aquí que, hipotéticamente si Marcelo rompía con Morena y se convertía en candidato presidencial de Movimiento Ciudadano, ello movería el escenario para la propia Claudia. Una elección polarizada entre dos es un escenario muy diferente que una entre tres, cuando dos, en los hechos, se dividirían los votos opositores.

Pero si fuera así, hoy (nadie sabe qué sucederá dentro de nueve meses) Marcelo podría tener, basados en los mismos números de las encuestas de Morena y más allá de las irregularidades encontradas, alrededor de un 15 por ciento. Algunos de esos votos vendrán del oficialismo, pero muchos más serán de la oposición, ahora concentrada en torno a Xóchitl Gálvez. Eso para elección presidencial será muy importante, pero lo sería aún más en la conformación del próximo Congreso, porque las cámaras estarían divididas en tres y eso cambiaría todo el juego en un contexto en el que nadie tendrá una verdadera mayoría absoluta. Obligará a todos a negociar y ello también tendría que ser considerado en los próximos días para establecer el tono de ruptura recíproca que podría ocurrir entre Ebrard y Morena. Una ruptura, insistimos que hoy no necesariamente implica la candidatura de Ebrard por otro partido (el único que podría serlo sería MC, los demás ya han optado por Xóchitl).

Habrá que esperar hasta el lunes, que es cuando el presidente López Obrador regresará de su gira por Colombia y Chile, para ver qué sucede con Marcelo. No deja de ser paradójico que 30 años después parezca repetirse casi, línea por línea, la historia que vivió Marcelo en noviembre de 1993 cuando Luis Donaldo Colosio fue el candidato presidencial en lugar de un Manuel Camacho, cuyo principal y joven operador era Ebrard, que esperaba esa candidatura.

Pero no habrá marcha atrás en este proceso. Marcelo tendrá que allanarse a los resultados o romper. No tiene otra opción. Claudia tendrá la candidatura y viene ahora un periodo muy complejo en la que será candidata de facto, pero legalmente estará en una suerte de vacío legal por lo menos hasta fines de noviembre próximo, cuando se registrarán los precandidatos que en los hechos ya terminaron las precampañas.

Es un periodo donde las intrigas estarán en su máximo esplendor y en el que se pondrá en juego mucho del poder real de Claudia y su equipo. Si regresamos otra vez a la analogía del proceso 93-94, lo que tiene que evitar Claudia es lo que sucedió con Donaldo, que procesos externos derrumben lo construido, en aquel entonces fue el levantamiento zapatista del primero de enero del 94 y los errores e indefiniciones de campaña del propio Colosio y de la Presidencia de la República.

Allí fue cuando cambió el curso de su campaña y cuando Luis Donaldo comenzó a rectificar las cosas, el 23 de marzo de aquel año, en Lomas Taurinas, fue asesinado y todo cambió. Lo que tienen que evitar Claudia y, por supuesto, el presidente López Obrador, es repetir aquel proceso, evitar que se les salga de las manos el control de los temas claves del país. En el ambiente de inseguridad existente, pero también ante la difícil situación de salud, educación, de la relación con Estados Unidos, muchas cosas pueden pasar. En la política nacional nueve meses son toda una vida.

Y mucho de eso dependerá de que Claudia pueda poner su equipo, tener peso en la definición de las candidaturas y negociar con el presidente López Obrador para que no se quede el mandatario con todo el protagonismo. La campaña de Colosio en 1994 entró en su etapa más difícil cuando el presidente Salinas decidió salir a decirle a los priistas, a fines de enero, que “no se hicieran bolas, que el candidato era Colosio”. Paradójicamente, lo que se logró fue que se alimentara la especulación de que podría ser reemplazado por Camacho, ya entonces comisionado para la paz en Chiapas. ¿Se contendrá el presidente López Obrador más allá de la entrega de un simbólico bastón de mando?, ¿podrá Claudia mostrarse?, quién sabe.

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Nudo gordiano

Presidenta

Yuriria Sierra | Excelsior

Claudia Sheinbaum es candidata a la Presidencia por el Movimiento Regeneración Nacional. Finalmente, la certeza llegó y se confirma lo ampliamente aquí escrito: en 2024, México elegirá a su primera mujer presidenta. Claudia Sheinbaum, de Morena, y Xóchitl Gálvez, del Frente Amplio por México, están en la contienda, y las palabras de estas destacadas mujeres (le pese a quien le pese) resuenan, desde ahora, con una claridad inconfundible: una mujer nos gobernará el próximo sexenio. A todas. A todos.

Esta semana, Morena eligió a Claudia Sheinbaum como su candidata a la Presidencia. Tras puntear en todas las encuestas desde hace al menos un año, en un proceso que, inevitablemente, iba generar divisiones y confrontación por su diseño. Todo lo que ha venido ocurriendo es tan inédito, que estamos teniendo dificultad para entender varias de las claves más relevantes del proceso. Ni Claudia Sheinbaum es ni será el títere de López Obrador, ni Xóchitl Gálvez es ni será el títere de Claudio X. González. Pensarlo y decirlo constituye, en sí, un acto de profundo sesgo, desconocimiento y hasta misoginia.

En ambos casos. Nadie sabe qué presidenta será Claudia, si gana. Ni siquiera Claudia Sheinbaum lo sabe todavía. Nadie sabe qué presidenta será Xóchitl, si gana. Ni siquiera Xóchitl Gálvez lo sabe todavía. Las dos han sido unos animales políticos extraordinarios: tan es así, que ambas triunfaron en sus respectivos procesos. No sin enfrentar locomotoras de fuego amigo, de obstáculos y desestimaciones. Es más: no sabemos siquiera qué candidatas serán el año que entra, qué ajustes harán, qué matices incluirán, qué segmentos de voto adicionales al que ya tiene cada una irán conquistando, qué inercias propias romperán, qué riesgos están dispuestas a correr.

En fin, a la gente, y a mis colegas opinadores, les cuesta muchísimo trabajo leer y entender una cosa tan elemental como la preferencia sostenida (una durante más tiempo que la otra) en las preferencias de la opinión pública; lo que es, es. Pero qué trabajo le cuesta a todo el mundo entender y aceptar la realidad. Sobre todo cuando la realidad atenta contra nuestra rigidez mental, emocional y cultural. Sí: a Claudia la prefirieron (y con números de gran relevancia) en la encuesta de Morena. Y sí, a Xóchitl en la del Frente Amplio.

Lo escribí hace unas semanas: este momento es histórico. Durante mucho tiempo, el espacio político ha estado dominado por hombres, lo que ha limitado la participación y el liderazgo de las mujeres en este ámbito. El triunfo de Claudia Sheinbaum como candidata de Morena nos lleva a pensar en el impacto que podría tener una mujer presidenta en 2024. Cada una de ellas tiene fortalezas distintas y experiencia también. Ya nos hará cada una sus propuestas. Pero estamos ante un hito relevantísimo en la historia de México. Este logro sería un símbolo de empoderamiento y una señal de que las mujeres están rompiendo muchísimas barreras y ocupando cada vez mayores roles de liderazgo en todos los ámbitos de la sociedad.

Decía Simone de Beauvoir: “No se nace mujer: se llega a serlo”. Pues sí: tampoco se nace presidenta, se llega a serlo. ¡Qué emocionante para todas y para todos vivir este momento!

Felicidades, Xóchitl. Felicidades, Claudia. Sus nombres ya están, desde ahora, en la historia de nuestro país. Gracias a ustedes, afirmamos hoy, con grado de certeza, México tendrá su primera presidenta.

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Astillero

Tal cual: Claudia // Ebrard, casi fuera // Los demás, de acuerdo // 4T en respaldo a candidata

Julio Hernández López | La Jornada

Ambos resultados centrales eran previsibles: de largo plazo, la muy anunciada y construida victoria de Claudia Sheinbaum; en semanas y, sobre todo, en días recientes, el disenso con fuertes visos de ruptura de Marcelo Ebrard. También eran previsibles, aunque con menor interés, las convalidaciones del triunfo claudista que realizarían los contendientes periféricos: Adán Augusto López Hernández y Gerardo Fernández Noroña, que quedaron en un segundo nivel, y Ricardo Monreal y Manuel Velasco, en el tercer escalón, con aprobaciones de un dígito.

Ebrard no estuvo ni siquiera en la sesión oficial de lectura de los resultados. Antes había expresado un vivo rechazo al proceso, al grado de asegurar que, por los incidentes vividos, debería reponerse el ejercicio demoscópico, pues esto ya no tiene remedio.

La principal vocera del marcelismo, Malú Micher, sin embargo, negó que hubiera ánimos reales de ruptura y aseguró que la corriente del ex canciller seguirá en Morena, aunque éste, a la vez, dijo que aún tiene posibilidades de estar en la boleta presidencial de 2024. Por lo pronto, se anunció para este lunes una reunión de la estructura nacional creada para apoyar a Ebrard.

El zigzagueo de tal marcelismo (rudas acusaciones contra Morena, sus dirigentes y el proceso, pero jugando a estirar una liga ya casi rota) no fue asumido trágicamente en la sesión dedicada a anunciar la candidatura (coordinación) de la ex jefa de Gobierno. No hubo metralla retórica contra el competidor ausente y presunto desertor e incluso se pronunciaron al micrófono fórmulas, diríase que protocolarias, de virtual invitación a que regrese a casa y se tome fotografías de reconciliación con la familia.

Sheinbaum no se movió del posicionamiento con el que hizo precampaña: es un honor / estar con Obrador, coreó e hizo corear a los asistentes. Su discurso fue repetitivo de los logros del actual gobierno federal, sin añadiduras propias ni atisbos de ruptura del modelo frío de comunicación que le es natural.

Mario Delgado cumplió con la conducción del proceso tal como se había diseñado. Desde ahora comienza el run run de que ha terminado su ciclo y su lugar será ocupado por una carta fresca, mientras él espera el momento de incorporarse al gobierno federal, a una candidatura legislativa o, ¡al fin!, al gobierno capitalino. Una de esas estampas ilustrativas de los giros que da la política la ofrecieron los antiguos aliados: Ebrard, que largamente fue el jefe y promotor de Mario, ahora en la puerta de salida, con sombras de despecho, mientras Delgado se otorgaba aires de gran ganador en el escenario que confirmó la derrota (en lo inmediato) del ex canciller.

Alfonso Durazo también cumplió con el encargo. Ha sido un operador de gran confianza de Andrés Manuel López Obrador, al grado de que actualmente es gobernador de Sonora, responsable real de LitioMex y presidente del consejo nacional de Morena, órgano fundamental para evitar que los internos conflictos generales se potenciaran y, en particular, que el de Marcelo y Claudia, se desbordara.

Por lo pronto y a pesar del ruido mediático que han producido Ebrard y su equipo (siempre será nota periodística una disidencia), el aparato cuatroteísta, la nueva clase política, cerró filas sin fisuras en torno a la ganadora oficial. Gobernadores, alcaldes y presidentes municipales, diputados y senadores se manifestaron en respaldo a la ex jefa de gobierno.

Obviamente, el presidente López Obrador tiene razones para estar contento. El experimento del corcholatismo desembocó en el puerto deseado, con la expectativa diseñada e impulsada y con una rebeldía que de terminar en Movimiento Ciudadano ayudaría a dividir el voto opositor.

La oposición xochitleca celebró los barruntos divisorios en Morena, pero es probable que la fuerza del morenismo no sea menguada de manera determinante por la eventual salida del ebrardismo. Claudia era, ya se sabrá si logrará ser.

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México SA

Es Claudia (siempre lo fue) // Marcelo, ego desbordado // ¿Sin ambiciosos vulgares?

Carlos Fernández-Vega | La Jornada

Sin novedad en el frente: Claudia Sheinbaum es la ganadora (39.78 por ciento, como promedio ponderado de las cinco encuestas realizadas) del proceso corcholato, y tras conocerse el resultado los demás participantes mostraron su respaldo a la ex jefa de Gobierno de la Ciudad de México. Todos, menos Marcelo Ebrard (25.8 por ciento), quien desde temprana hora armó show y pataleó como una forma primitiva de reconocer su derrota, algo que sabía desde el inicio de la contienda. Y ante la rabieta, la triunfadora se limitó a comentar: todos los participantes estuvieron de acuerdo con las fórmulas. El resultado, pues, no asombra, porque desde un inicio la futura presidenta, por mucho, encabezó las encuestas (todas) y el ex titular de Relaciones Exteriores los berrinches.

Ebrard sabía que no sería la corcholata ganadora, pero pretendió evitarlo a golpe de soberbia, escándalo, juego sucio, fuego amigo y politiquería (como su pretensión de enganchar a uno de los hijos del presidente López Obrador para fortalecer su equipo), e intentó inclinar la balanza para así ocupar la primer posición en las encuestas organizadas por Morena, en el entendido de que la contienda siempre fue de dos (los otros cuatro nunca tuvieron la menor posibilidad real, salvo, en el mejor de loscasos, para negociar un hueso en la siguiente administración).

Las pataletas y chantajes de Ebrard (marca Manuel Camacho Solís) se registraron a lo largo de toda la etapa de autopromoción de las corcholatas, sin olvidar el gusto que le agarró a todo tipo de banalidades. Y llegado el día de conocerse el nombre del ganador, la actitud del ex canciller no tenía por qué ser distinta, porque en todo el camino mostró su disposición a minar el campo incluso antes de que el proceso iniciará como tal, bajo su eslogan de soy yo o nadie.

Desde el inicio de la carrera de corcholatas resultó obvio que la ventaja correspondía a Claudia, la cual se amplió a lo largo de la contienda. A la par, el ex canciller no dejó de amenazar con romper, con salirse del proceso, con tomar otras decisiones color naranja, es decir, que podría incorporarse a Movimiento Ciudadano, donde lo designarían como su candidato presidencial (Marcelo tiene historial de chapulín). A menos, claro está, que se dedique a tragar sapos, lo que no parece ser su decisión.

En vía de mientras, ayer, desde temprano, La Jornada (Néstor Jiménez y Alma Muñoz) lo reseñó así: ante gritos de sus simpatizantes que acusaron ´fraude, fraude´ en el proceso interno, Marcelo Ebrard anunció que no acudirá a la reunión de las 5 de la tarde, a la que están convocados los seis aspirantes de Morena y sus aliados a la coordinación nacional de defensa de la transformación, para darles a conocer los resultados y al ganador de este proceso.

Ebrard denunció que fueron anuladas más de 14 por ciento de las boletas de la encuesta organizada por Morena por distintas irregularidades y hemos encontrado incidencias en una proporción muy superior a lo que habíamos previsto, por eso se tardó tanto todo el proceso. Lo que quiero decir es que nosotros afirmamos que esto debe reponerse, es decir, ya no tiene remedio. Lo digo antes del conteo, porque las incidencias nos obligan a decir esto o callar. Esto no está bien (ídem). Antes de conocerse el resultado, dijo el soberbio Ebrard, aunque desde luego sabía quién resultaría ganadora de la contienda y eso le pateó su enorme ego, aunque con el correr de los días eso será lo de menos.

Por cierto, en la mañanera de ayer el presidente López Obrador consideró que, tras el resultado de las encuestas, no resulta necesario un proceso de reconciliación, porque los participantes son personas muy responsables, todas. Además, no son ambiciosos vulgares, porque están luchando por una transformación, por ideales, por principios, por el pueblo; en otras partes se lucha por mantener privilegios, por hacer dinero, por el privilegio de mandar, de dominar. Muy bien, pero ¿todos?

Las rebanadas del pastel

¡Hay ruptura en Morena!, gritan los corifeos mediáticos de la derecha. Ajá: los 22 gobernadores del partido guinda respaldaron, en un pronunciamiento conjunto, todas las fases de la encuesta que darán al ganador de la coordinación nacional de defensa de la transformación; respaldamos a quien tenga la mayoría de las preferencias; el proceso cumplió plenamente con las reglas y objetivos; fue un ejercicio transparente, democrático, unitario y sobre todo participativo. Entonces, para los vocingleros uno es sinónimo de todos. Van bien.

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Cinco años de gobierno: un balance

Mario Patrón | La Jornada

El viernes pasado, el presidente Andrés Manuel López Obrador presentó su quinto Informe de gobierno en Campeche, en medio de una coyuntura política no menos compleja que en ocasiones anteriores, pero con el ingrediente adicional de una sucesión presidencial adelantada por el propio Presidente, que ha fungido como el principal promotor de una precampaña tan anticipada, que terminó arrastrando en su inercia a la oposición. Dentro de este clima, en el que el parámetro partidista simplifica e invisibiliza la diversidad de posturas políticas frente a la realidad, merece la pena hacer una pausa para elaborar un balance crítico y mesurado tras cinco años de la 4T.

En el Informe se destacan logros, como el aumento al salario mínimo de 88 por ciento en términos reales a la par de una baja tasa de desempleo; las pensiones universales a adultos mayores y apoyos a jóvenes; el mantenimiento de una macroeconomía sana y estable, que aún a pesar de la pandemia se ha fortalecido; la reducción de la pobreza y la desigualdad, el desarrollo del sureste y la apuesta por la autonomía energética.

De lo anterior, ciertamente hay que ponderar el buen desempeño de la economía mexicana, sobre todo si partimos de la coyuntura de una crisis mundial provocada por la pandemia de covid-19 y profundizada después por la guerra ruso-ucrania, el consecuente aumento de las tensiones geopolíticas a escala mundial y las afectaciones en la cadena de suministros derivada de las mismas. Es justo reconocer que las reformas laborales y el aumento al salario mínimo más una política social que apostó por las transferencias directas, han tenido un impacto positivo en las familias. Datos del Inegi y el Coneval dan cuenta de una disminución de la pobreza en 7.6 puntos porcentuales en relación con 2020 y 5.6 puntos en relación con 2018.

Sin embargo, a pesar de la relevancia de los avances, la disminución de la pobreza sigue sin tener un reflejo más profundo y de alcances más duraderos en las estructuras que perpetúan la desigualdad en el país y en los que especialmente en los últimos tiempos se ha anclado la dinámica de polarización social y política que ha erosionado los canales de diálogo ciudadano; todo lo cual constituye un caldo de cultivo propicio para la reproducción de la violencia. Se echa de menos que la política social de la 4T no parece estar provista de un marco estratégico de mediano y largo plazo para que los decrementos en la pobreza sean realmente progresivos, sustentados en una perspectiva estructural de redistribución de los ingresos que vaya más allá de las políticas asistenciales.

La violencia, por otra parte, ha mantenido una dinámica ascendente, impermeable al cambio de signo político, y se extiende por doquier, rebasando las capacidades institucionales para atenderla. Las cifras de homicidios ya alcanzan 165 mil en el presente sexenio, mientras las personas desaparecidas y no localizadas se cuentan en más de 111 mil. Pese a la meseta estadística de homicidios, ninguna estrategia de seguridad puede declararse exitosa mientras más de 90 personas sean asesinadas al día.

Un gobierno que prometió un cambio en la estrategia de seguridad pública y el fin de la impunidad ha apostado, en los hechos, por la continuidad de una política de corte militarista que deposita en el combate armado sus esperanzas para pacificar un país y olvida la elaboración de políticas públicas para el fortalecimiento de la justicia como vía privilegiada para la construcción de una paz integral y duradera. La actual estrategia ha profundizado una peligrosa militarización de muchas otras esferas de naturaleza civil sin mostrar resultados que avalen la pertinencia y eficacia de esta pauta.

De la mano de la militarización se hayan encendidas las alarmas de los frágiles balances democráticos de nuestra institucionalidad. El discurso del Presidente en su quinto Informe incluyó un nuevo señalamiento al Poder Judicial, que se suma a los ataques precedentes dirigidos a estigmatizar a los organismos autónomos, lesionando con ello, una vez más, el principio de división de poderes y el necesario balance de pesos y contrapesos imprescindibles para la salud democrática. INE, INAI, CNDH y Conahcyt son algunos de los organismos cuya capacidad de incidencia se ha visto mermada tanto por las descalificaciones en su contra como por el sistemático recorte presupuestal.

Imposible cerrar este balance sin subrayar la carencia en el actual gobierno de una visión de cuidado de la casa común. Los proyectos desarrollistas del sureste, así como la apuesta por la autonomía energética a base de combustibles fósiles han significado un aparente abandono de la agenda climática y ambiental. En las decisiones para el diseño y materialización de dichos proyectos, los pueblos y comunidades campesinas e indígenas han tenido una participación marginal y con ello se ha perpetuado la predominancia de una noción de desarrollo económico anclada en las mismas prácticas extractivistas del pasado. Datos de la FAO colocan a México como el quinto lugar mundial en deforestación.

A un año de la conclusión del gobierno de la autodenominada 4T, el balance es de claroscuros. Es insoslayable reconocer los pasos dados en pobreza y desigualdad, pero de igual forma, se antojan insuficientes los 13 meses restantes para retomar un rumbo de auténtica construcción de paz con justicia que reivindique la nueva forma de hacer política que López Obrador prometió, la cual suponía ciudadanizar –no militarizar– la gobernanza como vía para consolidar no sólo una democracia electoral estable, sino una democracia social y de derecho con verdaderas capacidades para resarcir las deudas históricas del Estado mexicano con la sociedad.

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