Columnas Escritas
Lo que dicen los columnistas
La espiral descendente
Casi 100 años después esa ilusión está llevándonos a otra “bola” cuyos horribles preámbulos ya empiezan a empalidecer lo que la “bola” de 1910 desató.
Proceso
Entre los muchos versos de La suave patria de López Velarde, que celebra una patria que la modernidad corrompió, hay uno en particular que retrata nuestra ancestral actitud ante los desastres de la nación:
Como la sota moza, Patria mía,
en piso de metal vives al día,
de milagros como la lotería.
Desde siempre los mexicanos confundimos la ilusión con la esperanza
“La esperanza (del verbo latino sperare, “esperar”) es, dice la etimología, la certeza (“el conocimiento seguro”), la confianza (“la fe compartida”) de que algo bueno ocurrirá. Por el contrario, la ilusión (del verbo luidere, “jugar”) quiere decir “engaño”: construir o construirse una falsa esperanza, distorsionar la realidad confundiendo la confianza con el deseo.”
Estas distinciones que hice hace un año para, con motivo del primer informe de gobierno de Claudia Sheinbaum, criticar la muy mexicana expectativa de que con la llegada de nuevos gobernantes el país cambiará para bien, no ha variado un ápice.
A pesar de que el país está cada día peor, de que el discurso y las acciones de Sheinbaum continúan estando plagadas de mentiras, encubrimientos, distorsiones de la realidad, injusticia, impunidad y persecuciones políticas; a pesar de que los partidos carecen, como Morena, de un proyecto político y arrastran consigo muchos de los pecados del partido en el poder; pese también a que el Estado está penetrado hasta el tuétano por el crimen organizado y una profunda descomposición moral que se extiende a grandes franjas de la población, los mexicanos nos aferramos a la ilusión de la lotería (allí está la tómbola de Morena). Quienes no se ilusionan con las elecciones del próximo año en las que irremediablemente irán a votará por algún cártel, lo hacen pensando en que esta vez Sheinbaum, que tímida y de manera ambigua se ha distanciado de Andy López y los funcionarios sinaloenses acusados por EU de vínculos con el narcotráfico, dará un viraje a su gobierno y se separará de López Obrador y su infausta familia o fantaseando con que algo pasará porque todo se ha vuelto insostenible.
Esas formas de la ilusión, al mismo tiempo que reeditan la idea de que hemos llegado a un “punto de inflexión”, al momento en que todo cambiará, al lugar de la crisis, muestran en realidad que vivimos una inflexión perpetua que nunca termina de eclosionar. Desde el 68, para datar en algún punto esta historia de ilusiones, hemos visto crecer de formas cada vez más sobrecogedoras y cínicas las masacres, los asesinatos, las desapariciones, las persecuciones, las fosas clandestinas, la impunidad, las pequeñas y grandes corrupciones y el hundimiento del Estado, sin que nada cambie. Vivimos lo que en otro artículo –escrito también hace un año– llamé una crisis sin crisis.
La palabra, que significa juicio, está relacionada con “inflexión” (torcer). Ambas se refieren a esos momentos en los que las cosas están tan mal que hay que tomar una decisión radical y cambiar el rumbo. Pero la crisis y su inflexión, nunca llegan. No obstante, los grados de insoportabilidad que padezcamos, la ilusión de que algo cambiará termina por encubrirlos. Habitamos así una crisis sin crisis, una espiral descendente, cuyo fondo de horror parece infinito. Olvidamos que el infierno puede ser tan hondo y monstruoso como la ilusión de que un día desaparecerá por el simple hecho del azar.
Más allá de las profundidades de La suave patria, en los versos citados, la sabiduría del poeta (los poetas son los custodios del sentido; en sus imágenes, sus metáforas, sus símiles y sus figuras, las grandezas, las miserias y el destino de un pueblo se revelan) dice que la patria, que conformamos todos, es la ingenua y pretensiosa muchacha representada en la “sota” de la baraja española que, parada sobre un suelo de riquezas, prefiere apostar su vida a la milagrería del azar. Mi abuelo materno, un hombre brutal y trabajador, solía referirse a la lotería como “la esperanza de los güevones y el consuelo de los pendejos”. Tal vez, en un mundo cuyos grados de barbarie y desprecio por el lenguaje lo ha incapacitado para entender las sutilezas de la poesía, las descarnadas palabras del abuelo definan algo de los costos de vivir de ilusiones: el desastre.
Mientras no seamos capaces de entender que es imposible construir una comunidad política sin crear, con trabajo e inteligencia, un proyecto de nación sólido que tenga como objetivo unir al país y transitar de un Estado derruido por la barbarie, la corrupción y el crimen a un Estado de derecho; mientras sigamos pensando que la salud del país se juega entre un estatismo de izquierda transnochado y un democratismo rancio; mientras sigamos creyendo que todo cambiará cuando vuelva a ganar la oposición, cuando Sheinbaum se distancie de su antecesor y extradite a los criminales de su partido o cuando Morena se devore a sí misma, etcétera, nunca habrá una verdadera crisis ni punto de inflexión alguno y seguiremos atrapados en una ya larga y sobrecogedora espiral de horror.
Cuando en 1921 López Velarde escribió La suave patria, Mexico salía del horror de lo que Emilio Rabasa llamó, prefigurándola, La bola. Contra la grandilocuencia oficial, el poeta hablaba de una patria humilde que la corrupción de la dictadura de Díaz y los intereses facciosos de una democracia abstracta e imprecisa lanzaron a la azarosa “bola” de la revolución; hablaba también de una patria que la facción triunfadora envilecería y arrojaría a la ilusión de que en algún momento sus gobiernos, tan corrompidos como el de Diaz, le harían justicia. Casi 100 años después esa ilusión está llevándonos a otra “bola” cuyos horribles preámbulos ya empiezan a empalidecer lo que la “bola” de 1910 desató.
Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a México.
Razones
Soberanía como método de negociación
JORGE FERNÁNDEZ MENÉNDEZ
Excelsior
Hay discursos que se escriben para el calendario y otros que se escriben para la coyuntura. El del general Ricardo Trevilla Trejo este 13 de septiembre, en el Altar a la Patria, fue de los segundos, aunque tuviera la forma de los primeros.
El general secretario sostuvo la mañana del domingo que la conmemoración de los Niños Héroes no debe limitarse a recordar el pasado, sino para reafirmar la confianza en México, sus instituciones y en las generaciones que conducirán su futuro. Hasta ahí, la liturgia. Lo relevante vino después: “México determina su propio destino, ejerce plenamente su soberanía y cuenta con instituciones sólidas para preservarla”.
La soberanía que los cadetes protegieron con valor, dijo, no es solamente una aspiración histórica ni una expresión de patriotismo, sino un mandato constitucional. En la Carta Magna, subrayó, reside la voluntad soberana del pueblo de México y el deber irrenunciable de preservar la independencia, la integridad y los intereses de la nación.
El general Trevilla evocó las memorias del general estadunidense Ulysses Grant, quien reconoció la resistencia y el patriotismo de los defensores mexicanos de Chapultepec. Recordó la invasión citando al invasor que respetó al invadido. Fue un lazo hacia el presente. Porque, más allá de declaraciones y vicisitudes, la puerta en la relación militar está abierta como no lo ha estado en décadas.
Hay que retrotraernos a julio pasado: el general Trevilla y el secretario de Marina, almirante Raymundo Morales, se reunieron con el general Gregory M. Guillot, comandante del Comando Norte, del 19 al 22 en el puerto de Veracruz. El encuentro se realizó dentro de los mecanismos de cooperación bilateral militar que México y Estados Unidos mantienen desde 2016, la Mesa Redonda de Cooperación Bilateral Militar.
El comunicado mexicano sobre el encuentro fue escueto. El estadunidense fue amplio. Según el jefe del Comando Norte, los mandos discutieron formas efectivas de enfrentar a las organizaciones criminales transnacionales, oportunidades de entrenamiento para operaciones especiales, intercambio de información y cómo defenderse de sistemas aéreos no tripulados no autorizados. Cuatro temas de una agenda operativa.
En su mensaje tras la visita, el general Guillot habló de expandir la colaboración militar hacia nuevas áreas estratégicas, reforzando el compromiso con la confianza mutua, el respeto a la soberanía, la integridad territorial y la responsabilidad compartida y diferenciada. Esa fórmula: “responsabilidad compartida y diferenciada, respeto a las decisiones y territorios soberanos” es exactamente la misma que la Defensa mexicana ha impuesto como marco de cada reunión y que el general Trevilla reiteró en su discurso en Chapultepec.
Esos acuerdos se reflejan en hechos. El 3 de agosto un contingente de Fuerzas Especiales del Ejército mexicano llegó a Camp Shelby, Misisipi, para participar en el evento SOF 28 de capacitación de fuerzas de operaciones especiales, que concluye el 25 de septiembre. Y el propio Guillot había reportado ante el Congreso que en 2025 personal militar mexicano se entrenó junto a la 82ª División Aerotransportada. En estos días llegarán soldados estadunidenses a entrenarse al rancho de Santa Gertrudis, en Chihuahua.
El caso más concreto es la operación binacional antidrones. México y Estados Unidos ejecutan la operación Águila Alta en Tijuana y San Diego para detectar e inhabilitar drones que los delincuentes usan para vigilar a las autoridades; el despliegue comenzó el 31 de agosto y concluirá el 21 de septiembre.
La franja abarca cinco kilómetros con la Mesa de Otay como centro y 500 metros de profundidad en cada territorio; participan alrededor de 800 elementos militares mexicanos con equipos antidrones capaces de inhibir aparatos hasta a tres kilómetros de distancia, mientras Estados Unidos realiza una operación espejo. Cada corporación actúa estrictamente dentro de su propia jurisdicción. Operación conjunta, territorio separado.
Según el Comando Norte y la Fuerza de Tarea Conjunta Frontera Sur reportaron haber neutralizado más de 300 aeronaves no tripuladas en lo que va de 2026, cerca de 100 durante agosto. El Comando Norte elogió la cooperación de la Defensa mexicana para “adaptarse y derrotar” las operaciones con drones del crimen organizado. Fue un día antes del discurso de Chapultepec.
La respuesta mexicana a la coalición hemisférica de Trump no fue política, sino militar: en lugar de entrar a la coalición, se profundizó la relación bilateral vía el Comando Norte. La Defensa logró ir así un paso adelante en la relación bilateral, con una mirada estratégica que trasciende al sexenio, entre otras razones porque los objetivos de las Fuerzas Armadas, no son, no deben ser, sexenales.
Desde allí podemos entender el discurso de Chapultepec. Trevilla no habló contra la cooperación, habló de las condiciones en las que ésta se desarrolla. En la Constitución, está el límite de lo que puede y no puede aceptar: adiestramiento sí, intercambio de información sí, operaciones espejo sí; tropas extranjeras operando en territorio mexicano, no. Es el mismo mensaje que Guillot escuchó en Veracruz y que el Comando Norte repite, palabra por palabra, en sus propios comunicados.
La soberanía, de esta forma deja de ser una fórmula de discursos vacíos, para convertirse en un instrumento, en método de negociación. Así lo da a entender el general Trevilla. Del otro lado de la frontera, por lo menos en el ámbito militar, así lo entienden.
Nudo gordiano
Morena vs. Morena
YURIRIA SIERRA
Excelsior
Coordinador estatal de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional. Así se llama el cargo. Nadie lo pronuncia completo y para eso se inventó: lo que designa es una candidatura a gobernador, pero llamarla por su nombre costaría una sanción por actos anticipados de campaña. Morena resolvió el problema legal con una perífrasis. Lo que no ha resuelto es cómo repartir 17 gubernaturas entre 277 registrados sin que se note el reparto.
Van siete. Nora Ruvalcaba en Aguascalientes, Pablo Gutiérrez Lazarus en Campeche, Rosa Bayardo en Colima, Santiago Nieto en Querétaro, Imelda Castro en Sinaloa, y el lunes Beatriz Mojica en Guerrero y Carlos Torres Piña en Michoacán. Faltan diez. Casi todos los que faltan son los que traen pleito, y eso no es descuido: la dirigencia dejó para el final lo que no sabe cómo resolver. Concedo una cosa antes de seguir. El método de Morena no es peor que el de nadie. El PAN y el PRI deciden en cuartos igual de cerrados y ni siquiera se molestan en levantar una encuesta. La diferencia es que Morena pasó 20 años haciendo campaña contra el dedazo y ahora está obligada a demostrar que lo suyo es otra cosa.
Por eso pesa tanto lo que cambió este año. En 2023, con Mario Delgado, los números se publicaban. Ahora Ariadna Montiel y Citlalli Hernández los reservan; se los muestran a los aspirantes que perdieron, no a la prensa. Y encima, Montiel avisó en la plenaria de diputados que ganar una encuesta no basta, que no van a permitir a nadie con “vínculos inconfesables”. Como filtro, después de todo lo que hemos visto, se entiende. Como regla abre un hueco: si el número no manda, ¿qué manda? Michoacán es donde más se nota. Torres Piña ganó siendo fiscal general con licencia; como fiscal en funciones había citado a declarar a Raúl Morón, su rival más fuerte, y a Leonel Godoy, por el asesinato de Carlos Manzo. Morón pierde por segunda ocasión: en 2021 le cancelaron el registro por no reportar gastos de precampaña y Morena acabó improvisando a Alfredo Ramírez Bedolla. Pero el verdadero problema michoacano de Morena no está adentro. La encuesta que publicó Crónica el mismo día del destape colocó a Torres Piña en empate técnico con Grecia Quiroz. Eso sí debería desvelarlos.
En Guerrero el libreto fue otro. Mojica llegó después de que el partido bloqueó a Félix Salgado Macedonio, descartó a Esthela Damián por no residir en la entidad y dejó atrás a Abelina López, hundida por su gestión en Acapulco. Cuatro mediciones, tres de ellas espejo. Lo reconoció la propia dirigencia: por lo ríspido de la contienda. Rubén Cayetano pide que publiquen los números. Y hay un detalle que a mí me parece el más serio de todos: el PT no estuvo en el anuncio de Guerrero ni en el de Michoacán. Un aliado que se ausenta de la foto todavía está negociando.
Sinaloa fue una curación de emergencia. La designación de Imelda Castro se adelantó para tapar el desastre del regreso y la posterior licencia de Rubén Rocha Moya, y la salida de Enrique Inzunza de la bancada del Senado. Montiel sostuvo que no hubo adelanto alguno; el PT y el Verde dijeron exactamente lo contrario, delante de ella. Lo que viene es más áspero. Chihuahua sigue congelado entre Andrea Chávez, cercana a Adán Augusto López, y Cruz Pérez Cuéllar, panista hasta 2015 y alcalde de Juárez, a quien Arturo Escobar fue a abrazar personalmente en nombre del Verde. En Nuevo León, Tatiana Clouthier, Andrés Mijes y Judith Díaz hablan de dados cargados. Gricelda Valencia impugnó en Colima. En San Luis Potosí, Morena rechazó la alianza con Ruth González, por su parentesco con Ricardo Gallardo, y el Verde no lo tomó bien. Y falta la aritmética: nueve de las 17 candidaturas tienen que ser de mujeres. Alguien que ya ganó va a perder por paridad.
Ricardo Monreal lo advirtió en junio, cuando apenas abrían registros: sin reglas claras habrá inconformidades y deserciones. El PRI administró esto durante décadas porque el que perdía sabía que le tocaría en el siguiente turno; había una maquinaria que lo garantizaba. Morena tiene la disciplina, pero no la maquinaria. La sostiene la popularidad de Claudia Sheinbaum, que hoy alcanza para todo.
En medio de inconformidades, ayer se definieron otras tres coordinaciones: Julieta Ramírez, Baja California; Verónica Díaz, Zacatecas, y Eugenio Segura, Quintana Roo. Yo no apostaría a que Morena pierda gubernaturas. Lo que sí sería probable es que alguno de los perdedores encuentre quién lo postule.
Fiestas patrias
JUAN CARLOS SÁNCHEZ MAGALLÁN
Excelsior
Cada septiembre, cuando las campanas vuelven a sonar y el Zócalo se viste de verde, blanco y rojo, México celebra su Independencia: vuelve la mirada hacia una historia de luchas, rupturas y transformaciones que comenzaron hace más de dos siglos.
En el origen de esa historia está Josefa Ortiz de Domínguez, la Corregidora; en 1810, al descubrirse la conspiración de Querétaro, alertó a los insurgentes y precipitó el movimiento de Miguel Hidalgo. Aquella madrugada del 16 de septiembre comenzó una lucha que ya no pudo detenerse.
Después José María Morelos y Pavón, dio contenido político al movimiento insurgente. En Los Sentimientos de la Nación sostuvo que la soberanía dimana del pueblo. La Independencia tardaría 11 años en consumarse, México inició la difícil tarea de construirse a sí mismo.
El siglo XIX estuvo marcado por guerras, invasiones. La Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma fueron decisivas para consolidar una República liberal. Con Benito Juárez afirmó la separación entre la Iglesia y el Estado, el carácter civil de las instituciones.
Décadas más tarde, otra ruptura transformaría al país. En 1910 estalló la Revolución Mexicana contra el largo régimen de Porfirio Díaz. Francisco I. Madero encabezó la causa democrática; Emiliano Zapata hizo de la tierra y la justicia campesina una bandera; Francisco Villa luchó en el norte. Y junto a ellos participaron miles de mujeres: soldaderas, enfermeras, periodistas, mensajeras, organizadoras y combatientes, muchas veces relegadas en los relatos oficiales.
La Revolución desembocó en la Constitución de 1917, pionera en derechos sociales. Sin embargo, persistía una contradicción: las mujeres habían estado presentes en las grandes luchas nacionales, pero permanecían alejadas de los principales espacios de decisión política.
La conquista de sus derechos fue gradual. En 1953 se reconoció el derecho de las mexicanas a votar y ser electas en elecciones federales, y en 1955 participaron por primera vez en unos comicios federales. Desde entonces fueron ocupando lugares antes reservados casi exclusivamente a los hombres: congresos, gobiernos estatales, tribunales, secretarías de Estado y organismos públicos.
Hasta que México cruzó una frontera histórica.
El 1 de octubre de 2024, Claudia Sheinbaum asumió la Presidencia de la República. Por primera vez, una mujer llegó a Palacio Nacional como titular del Poder Ejecutivo. Y el 15 de septiembre de 2025 ocurrió una escena inédita: una Presidenta encabezó por primera vez el Grito de Independencia desde el balcón central de Palacio Nacional.
El símbolo va más allá de partidos, diferencias ideológicas. Obliga a mirar hacia atrás. Las mujeres estuvieron presentes cuando México luchó por independizarse, cuando defendió la República, cuando atravesó la Revolución y cuando construyó sus instituciones, aunque durante generaciones se les negara la posibilidad de dirigirlas.
De la Corregidora a las insurgentes; de las soldaderas a las sufragistas; de las primeras legisladoras a gobernadoras, ministras y secretarias de Estado, existe una cadena de mujeres que abrió caminos donde antes había puertas cerradas.
Este septiembre de 2026, al escucharse nuevamente el “¡Viva México!” desde Palacio Nacional, detrás de la ceremonia estarán 216 años de una historia que continúa escribiéndose. México ha vivido guerras, reformas, revoluciones, crisis y conquistas democráticas. La República sigue siendo una obra en construcción, con deudas y desafíos que ninguna ceremonia puede ocultar.
Pero existe una imagen imposible de ignorar: el país cuya Independencia tuvo entre sus protagonistas a una mujer, Josefa Ortiz de Domínguez, es hoy gobernado por otra mujer.
La historia ha tardado más de dos siglos en cerrar ese círculo. Y quizá allí reside uno de los significados más profundos de estas fiestas patrias: las mujeres ya no sólo participan en la historia de México ni observan el poder desde afuera.
Hoy también ejercen poder desde Palacio Nacional. ¿O no, estimado lector?
El letargo
José Blanco
La Jornada
El 11 de septiembre de 2001, cuatro aviones que viajaban desde el noreste de Estados Unidos a Los Ángeles y San Francisco, fueron secuestrados en pleno vuelo por 19 “terroristas de Al Qaeda”. Los secuestradores estaban organizados en tres grupos de cinco y un grupo de cuatro. Cada grupo tenía un secuestrador que había recibido entrenamiento de vuelo y que se hizo cargo del control de la aeronave. Su objetivo: estrellar cada avión contra un edificio prominente, causando bajas masivas y destrucción de los edificios.
Ese horror, con el tiempo, quedó fuera del radar de la opinión pública, aunque por años hubo dudas inacabables sobre los informes de EU y decenas de teorías sobre lo sucedido. Era increíble que la mayor potencia tecnológica no se percatara de esos 19 hombres que operaron como en kinder garden.
En el extremo, una postura conjeturaba que el gobierno de George W. Bush era el autor de los atentados. El objetivo habría sido doble: crear la más grande y profunda organización de control de los ciudadanos de ese país –lo que ocurrió– e iniciar un ataque militar a gran escala contra Oriente Medio. Respecto al segundo objetivo, Ignacy Sachs ha argumentado que, durante los últimos 30 años, las acciones militares y de inteligencia de Estados Unidos (EU) han obedecido a un plan de largo plazo impulsado por Israel para asegurar su dominio en Oriente Medio; con referencia a un contexto más amplio, Sachs argumenta que EU ha intentado preservar inútilmente un orden mundial unipolar bajo su dominio.
En 2002, un año después del 11-S, Immanuel Wallerstein (IW) escribió un largo artículo: “The Eagle Has Crash Landed” ( Foreign Policy). IW describe el declive de EU y lo relaciona con la crisis económica de inicios de los años 70 y, en gran medida, con la guerra de Vietnam. “El éxito de EU como potencia hegemónica en el periodo de posguerra creó las condiciones para el declive de su hegemonía. Este proceso queda plasmado en cuatro símbolos: la guerra de Vietnam, las revoluciones de 1968, la caída del muro de Berlín en 1989 y los atentados terroristas de septiembre de 2001. Cada símbolo se construyó sobre el anterior, culminando en la situación en la que EU se encuentra actualmente (2002): una superpotencia solitaria que carece de poder real, un líder mundial al que nadie sigue y al que pocos respetan, y una nación que va a la deriva peligrosamente en medio de un caos global que no puede controlar”.
Todo ha ido para peor para EU, desde 2002, porque la historia comporta acumulaciones especialmente en el ámbito de la economía y de la geopolítica. La historia no es progresiva en mil asuntos; pero en muchos otros de peso formidable la acumulación tiene efectos, cambios y, a veces, transformaciones sin reversa. La acumulación de capital ocurre cada día articulado al día anterior, no hay aquí sucesos independientes. Hay transformaciones, producto de la acumulación. El PIB de EU creció aceleradamente en la segunda posguerra y en 1972/1973 el crecimiento cesó. Cesó porque se frenó el ritmo de ascenso de la productividad laboral. Esa lenta marcha se tradujo en decisiones del capital de eliminar al máximo los sindicatos y aplastar los salarios. El sistema produjo así los más altos niveles de desigualdad social conocidos. El capital produjo también una forma inédita de control de las mentes, mediante la tecnología digital. Grandes porciones de la sociedad se convirtieron en consumistas de todo, especialmente de imágenes. La historia y la memoria fueron proscritos mediante ese control. ¿Se quedarán así las cosas?
“Vietnam, escribió IW, no fue meramente una derrota militar o una mancha en el prestigio de EU. La guerra asestó un duro golpe a la capacidad de EU para seguir siendo la potencia económica dominante del mundo. El conflicto resultó extremadamente costoso y agotó, en mayor o menor medida, las reservas de oro estadunidenses, que habían sido tan abundantes desde 1945. Además, EU asumió estos costes justo cuando Europa Occidental y Japón experimentaban importantes repuntes económicos. Estas circunstancias pusieron fin a la preeminencia estadunidense en la economía mundial…” Además, “el colapso del comunismo significó, en la práctica, el colapso del liberalismo, al eliminar la única justificación ideológica que sustentaba la hegemonía estadunidense, una justificación que contaba con el apoyo tácito del supuesto adversario ideológico del liberalismo… La verdadera cuestión no es si la hegemonía estadunidense está en declive, sino si Estados Unidos puede idear una forma de descender con dignidad”. El declive no es una catástrofe. Las que fueron potencias hegemónicas cayeron pero se acomodaron entre las demás, como Países Bajos o Reino Unido.
Las cosas empeoraron para EU porque advino el crecimiento espectacular de China del siglo XXI. Y el declive que veía Wallerstein en EU en 2002, es ahora más grande, más intenso, más profundo. EU pervivirá volviéndose menos.
Las cosas marchan mal porque el viejo topo ha sido dopado. Con imágenes del celular. Nada es para siempre; el viejo topo saldrá de su letargo.