Columnas Escritas
Lo que dicen los columnistas
¿Quién responderá por los medicamentos caducados?
Cada medicamento caducado representa un tratamiento que nunca llegó a un paciente, una enfermedad que pudo atenderse a tiempo o una familia que tuvo que asumir un gasto que correspondía al sistema público de salud
Proceso
La Secretaría de Salud informó que en el Hospital Infantil de México se localizaron 18.4 millones de piezas de medicamentos y material de curación caducados, con un valor superior a 121 millones de pesos. La noticia indigna porque exhibe una contradicción difícil de justificar: mientras miles de pacientes padecen el desabasto de medicamentos, millones de insumos terminaron vencidos en un almacén.
La investigación anunciada es necesaria, pero no suficiente. La pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿cómo fue posible llegar a este punto?
No se trata únicamente de una pérdida económica. Cada medicamento caducado representa un tratamiento que nunca llegó a un paciente, una enfermedad que pudo atenderse a tiempo o una familia que tuvo que asumir un gasto que correspondía al sistema público de salud. El costo de la mala administración no se mide sólo en pesos; también se mide en bienestar y, en algunos casos, en vidas.
El contraste entre el discurso oficial y la realidad resulta evidente. Basta revisar las redes sociales para encontrar testimonios de pacientes que denuncian la falta de medicamentos, consultas aplazadas durante meses, hospitales con infraestructura deteriorada, elevadores fuera de servicio, escasez de camillas y personal médico que trabaja al límite por la falta de insumos.
Ante ello, no basta con informar que los medicamentos vencieron. La sociedad tiene derecho a saber quién autorizó su compra, quién supervisó su almacenamiento, quién debía garantizar su distribución y quién permitió que transcurrieran los años sin corregir una situación de esta magnitud. Si hubo negligencia, debe sancionarse; si existieron actos de corrupción, deben castigarse con todo el peso de la ley.
Tampoco puede verse como un hecho aislado. Hace unos días, la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno informó sobre la inhabilitación del exdirector del Centro Médico Nacional 20 de Noviembre del ISSSTE, posteriormente vinculado a proceso por presuntas irregularidades en contratos relacionados con servicios médicos y material de curación. A ello se suman las observaciones realizadas a Birmex y otros casos que evidencian un patrón de compras opacas, deficiente administración y fallas en el control de los recursos destinados a la salud.
Las cifras confirman que el problema es estructural. El Índice de Transparencia del Gasto en Salud de las Entidades Federativas 2026, elaborado por Aregional, muestra que 28 de los 32 estados presentan niveles deficientes de transparencia en el manejo de los recursos públicos destinados a este sector. Sólo cuatro alcanzan una evaluación considerada transparente.
La salud exige mucho más que discursos optimistas. La rendición de cuentas debe reflejarse en hospitales que funcionen, medicamentos disponibles y pacientes atendidos con dignidad. Cada peso destinado a este sector debe cumplir el propósito para el que fue autorizado.
El secretario de Salud afirmó que ya existe una investigación para identificar a los responsables. Sin embargo, quedan preguntas inevitables: ¿por qué esta situación se conoce hasta ahora?, ¿cómo pudieron transcurrir años sin que nadie detectara millones de medicamentos caducados?, ¿quién dejó de cumplir con su obligación de supervisar?
La investigación deberá esclarecer toda la cadena de decisiones y omisiones. La Ley General de Responsabilidades Administrativas no sólo sanciona las conductas indebidas; también establece obligaciones de vigilancia para los servidores públicos. En un caso de esta magnitud, la rendición de cuentas no puede limitarse a encontrar un responsable menor. La sociedad merece saber quién permitió que millones de medicamentos caducaran mientras miles de pacientes seguían escuchando la misma respuesta: “No hay medicamento”.
Razones
Una crisis gestada hace 20 años
JORGE FERNÁNDEZ MENÉNDEZ
Excelsior
Se cumplen 20 años de la elección que llevó a Felipe Calderón al poder, unos comicios cuyos resultados nunca reconoció López Obrador y que le sirvieron de narrativa, el fraude, la persecución, para abonar una carrera política y una candidatura que concluyó 12 años después en los comicios de 2018 con su triunfo inapelable.
Hoy podemos ver con claridad que López Obrador, efectivamente, era un peligro para México. La capacidad de destrucción que ha tenido su gestión se coronó ayer mismo, con la decisión de Estados Unidos de no prorrogar el Tratado de Libre Comercio, el T-MEC, que apenas unos días antes de que asumiera el gobierno López Obrador había firmado Trump durante su primer mandato.
Es válido preguntarse por qué Trump no prorroga un tratado que él mismo gestó. Y la respuesta es que no se prorrogará el T-MEC porque durante los casi ocho años de gobierno morenista se han violado, una y otra vez, sus términos: se violaron con la contrarreforma energética; con las normas agrícolas y ganaderas que nos han convertido en el primer importador mundial de maíz y provocaron el regreso del gusano barrenador; se violó el T-MEC con la reforma judicial y con la desaparición de los organismos autónomos; con una política de abrazos y no balazos que empoderó a los grupos criminales como nunca antes, permitiendo el tráfico de fentanilo que provocó 200 mil asesinatos en nuestro país, más de 100 mil desapariciones y en Estados Unidos cerca de cien mil muertos por sobredosis cada uno de los años de su gobierno; con un sistema de contrabando de combustible imposible de haber sido implementado sin complicidad desde el poder y que sirvió, como lo reitera la más reciente sanción del FinCEN y la OFAC, para financiar campañas políticas (no lo dice explícitamente el comunicado de esas dependencias del Tesoro estadunidense, pero son las de 2021 y 2024).
La consecuencia es una economía que no ha crecido en ocho años, una deuda que supera con creces la recibida, un sector energético en quiebra, un país dependiente de las importaciones de gas, de maíz, de combustibles y con más de un tercio de su territorio controlado por los grupos criminales, sin un sistema de justicia autónomo y con un Poder Legislativo que cuenta con una mayoría ficticia que no se ganó en las elecciones. Hoy, tenemos un país enfrentado a la mayoría de las naciones de América Latina, a Estados Unidos, hasta hace unos días a España, cercano al régimen de Nicolás Maduro, al de Cuba (al que se le dio el insólito honor de convertir a su presidente, Miguel Díaz-Canel, en el principal orador en el día de nuestra Independencia, el 16 de septiembre de 2020), al de Vladimir Putin, al que nunca condenó por la invasión a Ucrania.
Pero que nos condenó, también, a una polarización interna como nunca habíamos vivido desde la guerra cristera. En el libro Ni venganza ni perdón (Planeta 2026), en coautoría con Julio Scherer Ibarra, escribimos algo en lo que creo profundamente y que es consecuencia directa de la irresponsabilidad política de López Obrador exhibida desde 2006 hasta ahora.
“Uno se pregunta —dice Bob Dylan en sus Crónicas, una especie de memorias que nunca concluyó— cómo personas unidas por la geografía y los ideales religiosos podían convertirse en enemigos acérrimos. Al final, sólo queda una cultura del sentimiento, de días negros, del cisma, del ojo por ojo, del destino común de la humanidad descarriada. Todo se reduce a una larga canción fúnebre, con cierta imperfección en los temas, una ideología de elevadas abstracciones, de hombres exaltados no necesariamente buenos… Todo está envuelto en un manto de irrealidad, grandeza y mojigatería… Por aquel entonces el país fue crucificado, murió y resucitó”. Habla Dylan de las épocas más oscuras de la Unión Americana, luego de la guerra civil. Pero ése es el sentimiento con el que me quedé después del proceso electoral de 2006. Creo que nuestro país, también, “fue crucificado, murió y resucitó”.
El 2 de marzo de 2004 cenábamos —cuento en el libro Calderón presidente, la lucha por el poder (Grijalbo 2007)— un grupo de periodistas con Felipe Calderón. No lo sabíamos, ni él lo sabía, si sería candidato. Tampoco que unas pocas horas después de terminar esa cena estallarían los videoescándalos que cambiaron tantas cosas en la vida nacional y que, paradójicamente, fueron los que terminaron abriendo las puertas de la precandidatura presidencial por el PAN a Felipe Calderón… y la terminaron confirmando con el desafuero para López Obrador.
Para mí, decía en la presentación de ese libro en abril del año siguiente, el 2006 servía para seguir a Jorge Luis Borges cuando dice que “no nos une el amor sino el espanto”. En 2006 no me gustaba la candidatura de López Obrador y eso se refleja en aquel libro: me parecía que lo que estaba en juego no era una diferente opción política, sino la construcción de un nuevo sistema político para que girara en torno a la voluntad de un solo hombre. Como dije entonces, ya lo había vivido en mi primera juventud y no necesitaba volver a vivirlo. No me gusta ni el paternalismo político ni el Estado convertido en ogro filantrópico. Lo pensaba entonces, lo creo ahora. “Lo que temía terminó pasando 12 años después”.
Nos une el espanto por todo lo sucedido por una confrontación que estuvo a punto de colapsar un país, una sociedad. Pero no salimos indemnes: fue el inicio de una polarización que vivimos hasta el día de hoy, sólo que el principal actor ahora está sentado en el otro lado de la mesa.
Juegos de poder
Así lo vivió este aficionado
LEO ZUCKERMANN
Excelsior
Nada como lo del martes en la noche. Nada.
Cuando era niño, la primera vez que fui a un estadio fue al Azteca. Me invitó mi querido Chiprutus –quien seguro está celebrando los triunfos de la Selección Mexicana de futbol en el cielo– a su palco, el legendario 3166.
Entrar y ver la cancha del Coloso de Santa Úrsula me impactó. Recuerdo que tontamente me sorprendió que no hubiera narración del partido a diferencia de la televisión. Desde aquella primera visita, pienso que no hay nada como ver un juego de futbol en un estadio. He visitado varios en distintos países. Ninguno se compara al Azteca. Ninguno como este recinto donde se consagraron Pelé y Maradona.
El martes llegué nervioso al partido de México contra Ecuador. No era el único. Los aficionados que atiborramos el estadio con jerséis verdes sabíamos que no sería fácil esta aduana, la primera de la fase de eliminación directa del Mundial. Estaba de mal humor. Ya quería que comenzara el encuentro. Para colmo, se retrasó una hora por el clima. La gente cantaba las canciones que sonaban en las bocinas. Yo refunfuñaba.
Finalmente, vino la ceremonia de protocolo donde, como siempre, el canto del himno nacional resultó una belleza. El estadio retumbaba cual sonoro rugir del cañón. Comenzó el partido y el Azteca se dejó sentir. No pararon los cánticos a favor de México y las rechiflas en contra de Ecuador. Impresionante. Nudo en la garganta y piel chinita. Gran felicidad por compartir esta experiencia con dos de mis cachorros.
Desde el silbatazo inicial, comenzó la música futbolera. Porque eso es lo que vio y sintió este aficionado el martes en el Azteca: el último y cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven.
Los aficionados mexicanos ya mayores hemos realizado un largo viaje con nuestra Selección donde era común observar la inoperancia del equipo nacional, lo cual nos provocaba desasosiego y desesperanza. Sin embargo, esta noche fue diferente. Compartimos la dicha, experimentamos una Oda a la Alegría.
Desde la banca, con una batuta invisible, Javier Aguirre dirigía a la orquesta del Azteca.
La defensiva, conformada por Jorge Sánchez, César Montes, Johan Vásquez y Jesús Gallardo, jugaban con orden y disciplina para mantener intacta la portería. El arquero, Raúl Rangel, se lucía con un par de atajadas excepcionales.
Erik Lira y Luis Romo se batían en la media cancha por nota. Roberto Alvarado se fugaba. Julián Quiñones y Raúl Jiménez percutían las redes ecuatorianas.
Durante toda esta ejecución, aparecía el gran solista de la noche, un joven de 17 años, Gilberto Mora, Morita, el virtuoso armador de la cadencia sinfónica.
Todos ellos acompañados por el magnífico coro del público del Azteca.
“¡Oh, amigos, no esos tonos! Entonemos otros más agradables y llenos de alegría”, escribió el compositor alemán para su oda. Eso escuchaba en un estadio convertido en coro jubiloso que acompañaba al monumental desempeño de la orquesta de Aguirre.
Don Ludwig hecho realidad: “Después de atravesar el sufrimiento y el caos, la humanidad encuentra en la fraternidad y la alegría su mayor triunfo.”
¡Qué triunfo el del martes!
El mensaje de la Oda a la Alegría de Beethoven es que, pese al dolor, los conflictos y las divisiones, existe un ideal capaz de unir a las personas. En este caso, los mexicanos ávidos de ganar algo.
Eso es lo que sintió este aficionado el martes durante el juego en el Azteca.
Y luego del triunfo, vino la celebración.
Beethoven le dio paso a José Alfredo Jiménez. Mientras los jugadores mexicanos se fundían en abrazos, el público cantaba El rey. El estadio literalmente vibraba. “No tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo el rey”.
Como si ya fueran campeones, la Selección dio la vuelta olímpica para recibir el cariño de la afición y agradecer el apoyo. Todo era felicidad.
Nada como la noche del martes. En el Azteca he vivido tragedias (como cuando el portero del América metió un gol de último minuto para quitarle al Cruz Azul su noveno campeonato) y satisfacciones (cuando el Cruz Azul finalmente levantó esa novena copa en una final contra Santos Laguna). He visto la inauguración de dos Copas Mundiales, el gol histórico de Maradona frente a Inglaterra, el golazo de tijera de Manuel Negrete y la coronación de Argentina en el Mundial de 1986. He cantado junto a Paul McCartney las canciones de mis adorados Beatles. Por fortuna, atesoro muchas historias del Coloso. Pero nada, nada como la del partido México contra Ecuador del Mundial de 2026.
Cuando salí del estadio me pinché la piel para ver si no estaba soñando. ¿Cuatro victorias consecutivas de México en un Mundial sin recibir un solo gol en contra? Qué sueño más lindo, pero no desperté con una sonrisa en la boca porque increíblemente era la realidad.
Astillero
T-MEC y chantajes de Trump // Manoseo tramposo // “Somos México”, ¿y la dictadura? // Ironía: querer apropiarse del rosa
JULIO HERNÁNDEZ LÓPEZ
La Jornada
Donald Trump reincide en la amenaza y la turbulencia como método de negociación. No es que expresamente esté extinguiendo el tratado comercial norteamericano conocido como T-MEC, sino que aún “no se ha llegado a un acuerdo” respecto a sus términos y continuidad, lo cual es convertido por la Casa Blanca en un aviso en rojo para tratar de conseguir más ventajas en el reajuste comercial con México y otros temas.
El manoseo tramposo de un tema tan delicado genera natural preocupación en el gobierno mexicano y el sector empresarial. Podrán invocarse cláusulas de duración obligada del tratado durante 10 o más años y podrá ponérsele la mejor cara posible al asunto, por más complicado que sea (Marcelo Ebrard es afinado especialista en esto), pero a fin de cuentas el uso chantajista del T-MEC sirve a Estados Unidos para recordarle a México el grado de su dependencia real y los riesgos que corre cuando intenta moverse más allá de los parámetros de referencia que Washington impone.
Al obtener Somos México su registro provisional como partido (aunque se le ha solicitado que cambie de nombre, por la amplitud genérica que implicaría que quienes no estuvieran en esa organización no serían “México”), la corriente política identificada con la marcha rosa se queda con un discurso menguado en cuanto a la acusación que sus integrantes suelen lanzar en el sentido de que en México se vive una dictadura. A menos que ahora reformulen su retórica para quejarse de que el malvado sistema autoritario les haya otorgado el mencionado registro como maniobra para dividir electoralmente a los opositores al proceso conocido como Cuarta Transformación (4T).
Otro reto tendrá en 2027 el partido que dirige Guadalupe Acosta Naranjo, ex presidente del Partido de la Revolución Democrática (hundido por las trapacerías del grupo de Los Chuchos, al que pertenecieron Acosta Naranjo y otro de sus actuales compañeros en “rosa”). A la hora de las urnas se verá si el fragor discursivo con que han dicho contar con una mayoría social a su favor, y contraria a la citada 4T, es una realidad o, a la hora de la verdad, sólo consiguen una cosecha de votos marginal, testimonial, acaso insuficiente para quedar con registro definitivo y no provisional.
Una contradicción evidente de este nuevo partido reside en que se sustenta, o dice sustentarse, en las movilizaciones supuestamente apartidistas de ciudadanos que se declaraban defensores del Instituto Nacional Electoral amenazado, según eso, de caer bajo controles partidistas y gubernamentales y, ahora, el nuevo partido se ha apropiado en su fase propagandística de ese mismo distintivo cromático, el rosa que ahora el propio INE exige no sea utilizado por ningún partido. Vaya ironías.
En otra pista del nuevo escenario partidista recibió su constancia de registro provisional lo que originalmente se ha llamado Construyendo Sociedades de Paz, ahora denominado PAZ. En la propia nomenclatura exhibe sus problemas de origen y destino: oficialista o, cuando menos, sumamente orientado al entendimiento aliado con la 4T y sus gobiernos, a tal grado que se quiso jugar con las siglas, CSP, que son las mismas del nombre y apellidos de la Presidenta de la República.
Además, el “PAZ” es una relaboración del PES que ya antes significó Partido Encuentro Social y Partido Encuentro Solidario. El PES de bases evangélicas, con ese y no con zeta, pero que prosódicamente invoca el símbolo cristiano del pez, usado como identificación religiosa (en griego: ichthys, vocablo cuyas letras corresponden a “Iesous Christos Theou Yios Soter”, traducido al español como “Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador”).
Y, mientras la jefa del Gobierno capitalino, Clara Brugada, se ha topado con el dilema del respeto (e incluso fomento) a las manifestaciones masivas de emociones por la selección mexicana de futbol, a la par que debe vigilar y tratar de evitar que se produzcan tragedias con saldos mortales.
México SA
Ebrard y Rosita Alvírez // Trump no ratifica T-MEC // Urge salir de la ratonera
CARLOS FERNÁNDEZ-VEGA
La Jornada
Pues sí: réquiem por un sueño. El cavernícola de la Casa Blanca cumplió: no ratificó el Tratado México-Estados Unidos-Canadá; lo transforma en un muerto viviente con 10 años de purgatorio (“revisiones anuales”) y sepulta al mecanismo de forma “institucional”. Así, deja colgados de la brocha a sus “amigos y socios” y les envía un cariñoso mensaje: consuélense con la década que marca el reglamento (de lo perdido, lo que aparezca), háganle como quieran y si saben contar no cuenten más con el gringo.
Ante tal panorama, al gobierno mexicano parecen quedarle dos opciones: en esa década, intentar que el próximo gobierno estadunidense (sucesor de Trump, porque éste ya no puede repetir, aunque hay que insistir: de cuándo a acá este salvaje ha respetado la ley) reconsidere tal decisión y reviva el T-MEC. En su defecto, que salga de la cómoda burbuja y estructure un sólido plan B, ponga en marcha una nueva estrategia y conquiste nuevos mercados, rutas y socios para romper la gruesa cadena de dependencia con el vecino del norte y lograr que México ingrese a un mecanismo comercial y productivo multilateral, inclusivo, equitativo y en mejores condiciones, algo que, por lo demás, debió hacer tiempo atrás.
El hasta hace unos días “entusiasmado” secretario mexicano de Economía, Marcelo Ebrard, intentó consolarse y recurrió a la ya vieja tesis de Rosita Alvírez (“de tres tiros que le dieron, nomás uno era de muerte”). Dijo: “ninguna de las partes manifestó intención de retirarse del acuerdo; ninguna de las partes dijo ya no voy al tratado”; pero “sólo” uno no lo ratificó ni pretende hacerlo (Estados Unidos), es decir, Trump simplemente lo condenó a muerte.
Algo más dijo Ebrard: “Estados Unidos no está en la posición de extender (el T-MEC) 16 años (es decir, ratificarlo); por lo tanto, nos vamos a ir por el carril de la revisión anual por los próximos 10 años, que es la vigencia acordada del tratado; no existe riesgo de salida de alguna de las partes; no es el caso, eso no ha ocurrido ni estimamos que vaya a ocurrir; el tratado no tendrá modificaciones inmediatas; va a seguir funcionando como está previsto; el objetivo será que cada revisión anual tenga menos asuntos pendientes que la anterior” (hasta su eventual extinción).
Y de pilón detalló: “el proceso de revisión arrancó formalmente ayer y la siguiente conversación bilateral con Estados Unidos se realizará la semana del 20 de julio en la Ciudad de México, sesión que ya forma parte del mecanismo de revisión establecido en el tratado. La decisión de Washington no representó una sorpresa para los mercados financieros, dado que, de acuerdo con los indicadores de ayer en la mañana, los inversionistas ya habían asumido que el resultado sería el de revisiones anuales, por lo que no se anticipa un efecto adverso sobre la inversión extranjera directa”.
En la mañanera de ayer, poco antes de conocerse oficialmente la decisión de la Casa Blanca, la presidenta Sheinbaum se refirió cautelosamente a este tema, considerado toral para la economía mexicana: “si hoy no hay la decisión de Estados Unidos de prorrogarlo 16 años, el tratado se mantiene por la próxima década, que es su vigencia, hasta el 2036, y se revisaría cada año. Las características de esa revisión se pueden definir en los próximos meses. Si después de ese tiempo, o después de tres o cuatro años, deciden las partes prorrogarlo por 16 años, a los seis años de esa prórroga vendría nuevamente la revisión. Es decir, no se acaba el tratado, sino que continúa 10 años con revisiones que serán definidas por el trabajo que se va a hacer conjuntamente a partir de hoy”.
El 20 de julio (“hasta ahora; hoy lo van a confirmar”) “vendría a México un equipo de la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos para seguir con esta revisión. Entonces, esto es lo que se va a definir –ayer a las 9 de la mañana–, las características de esta condición, en caso de que no se prorrogara por los próximos 16 años. Ahora, sigue el trabajo conjunto; no es que hoy se acaba, sino que sigue el trabajo conjunto. Y se puede determinar esas revisiones de cada año qué características tendrían, a lo mejor se llega a un acuerdo y ya se dice: ‘pues los siguientes años nada más es la revisión de lo que se acuerde este año’; o a lo mejor en un año se dice ‘queremos otros 16 años’, pues se puede prorrogar por ese periodo. Pero el tratado continúa hasta su vigencia, que es 2036”.
Las rebanadas del pastel
Entonces, 10 años para salir de la ratonera heredada por el régimen neoliberal y lograr participar en mecanismos comerciales más inclusivos, multilaterales y democráticos.