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La realidad y su relato: dos años de gobierno

Un discurso de poder no se mide por su coherencia interna, sino por su distancia con los hechos.

ERNESTO VILLANUEVA

Proceso

Al cumplir dos años de su triunfo, Claudia Sheinbaum convocó a un acto que presentó como una “rendición de cuentas”. No lo fue, y conviene empezar por ahí, porque el nombre es ya el primer acto de construcción. Un discurso de poder no se mide por su coherencia interna, sino por su distancia con los hechos. Merece la pena nombrar esa distancia con cuidado: no son dos verdades opuestas —la realidad es una sola—, sino dos lecturas desiguales de ella, la del oficialismo y la de los indicadores. La brecha se vuelve crítica cuando el relato omite, justamente, aquello que más compromete su promesa. Veamos. 

Primero. El primer objeto que el discurso construye es su propio nombre. Se presentó como una rendición de cuentas y no lo fue. Andreas Schedler, en The Self-Restraining State (1999), la definió por dos componentes inseparables:  la obligación de responder —informar y justificar lo actuado— y la capacidad de sancionar —que el escrutinio tenga consecuencias—. Faltaron las dos. No hubo respuesta: dar cuenta exige exponer también lo que falló, y el acto solo reunió aciertos, expulsando lo incómodo —deuda, calificadoras, desapariciones, territorio cedido—. Y no hubo sanción: no existió contraparte —ni oposición, ni prensa, ni órgano evaluador—, sino una base reunida para refrendar. Tampoco fue el informe constitucional —ese llega en septiembre—, sino un mitin de partido por un triunfo electoral. Por eso la etiqueta no es un descuido, sino el primer movimiento del relato: viste de transparencia un acto de proselitismo. No rindió cuentas: las celebró. Y lo que vale para el nombre vale para el resto: el discurso no describe el país, lo construye. Lo advirtió Walter Lippmann en Public Opinion (1922) —entre el ciudadano y el mundo se interpone un pseudo-entorno— y lo radicalizó Jean Baudrillard en Simulacres et simulation (1981): el simulacro ya no representa lo real, lo sustituye. Su gramática es reconocible: frente a la complejidad, certezas; frente al dato, emoción. Es el reaseguramiento simbólico de Murray Edelman en The Symbolic Uses of Politics (1964), operando con un framing, en el sentido de George Lakoff (Don’t Think of an Elephant!, 2004), que los hechos incómodos no se refutan: no entran en el marco. Tiene, además, una estructura populista en el sentido técnico de Cas Mudde, The Populist Zeitgeist (2004): divide a la sociedad entre un pueblo puro y una élite corrupta, y necesita un enemigo que le dé contorno: el conservadurismo, la “ultraderecha”, la injerencia extranjera. Y seamos justos: la amenaza no es invención —la presión externa existe—; pero el relato la transforma en un principio que ordena la identidad y blinda al gobierno frente a su crítica: cuando todo viene de afuera, nada se debe a la conducción propia. 

Segundo. La primera grieta es económica. Mientras el relato celebra prosperidad, las tres principales calificadoras dibujan el cuadro inverso: el país quedó al filo de perder el grado de inversión, con la deuda al alza, un déficit elevado, una empresa pública que drena recursos y un crecimiento casi nulo. No es un tecnicismo: es la viga que sostiene la promesa social. Y esa viga es delgada: México recauda apenas 16,5% del PIB —muy por debajo del promedio latinoamericano— y más de la mitad de la fuerza laboral trabaja en la informalidad, fuera del padrón. Se ofrece un Estado de bienestar con los ingresos de un Estado mínimo, y la diferencia se cubre, una y otra vez, con deuda. Hay que concederlo: el salario mínimo creció sustancialmente en términos reales, un avance verificable y de impacto directo; el relato conserva ahí una base real, y negarlo sería deshonesto. Pero una conquista del presente no garantiza su permanencia: la cuestión no es si hubo avances, sino si el modelo que los produjo puede sostenerlos.  Y ahí la crítica se vuelve estructural. La paradoja es que la propia política que define a la transformación —el gasto redistributivo y el rescate permanente de PEMEX— es, según Moody’s, la que erosiona las finanzas: se paga hoy el bienestar con la deuda que mañana obligará a recortarlo. Hay una segunda paradoja, de diseño: una asistencia universal y sin contraprestación, desligada del empleo, premia la permanencia en el programa más que la superación de la persona. Pensada como puente, puede volverse destino. Porque los números no militan, no aplauden, no se forman en las plazas: solo cuentan. El discurso habla de hoy; la deuda habla de mañana. Los mercados no votan, pero cobran; no acuden a las plazas, pero leen los balances. Una calificación no se debate, se paga; un déficit no se conjura con consignas. El bienestar financiado con deuda es bienestar aplazado, y la cuenta, puntual, siempre llega. Se puede gobernar contra la oposición, contra la prensa, contra el pasado; contra la aritmética, no. 

Tercero. La segunda grieta es más profunda, porque toca la definición misma del Estado. El discurso proyecta una soberanía firme; los datos describen un poder replegado de buena parte de su territorio. Según un estudio de la consultora AC Consultores, difundido por El Universal, el crimen organizado tiene presencia en cerca de 1.488 de los 2.471 municipios del país y en torno al 81% del territorio. No es una abstracción estadística: donde el crimen manda, cobra cuotas a comercios y transportistas, decide quién puede trabajar y desplaza a familias enteras. Es una fiscalidad paralela —un poder que cobra, ordena y expulsa—; y donde eso ocurre, lo que falta no es un programa social: es el monopolio legítimo de la fuerza. La honestidad obliga a reconocer un avance: según el Índice de Paz, los homicidios cayeron alrededor de 23% en 2025, el mejor registro en años. Pero la violencia tiene más de un rostro. Mientras los asesinatos bajan, las desapariciones subieron, según el registro oficial, a su nivel más alto —cerca de cuarenta al día, el peor dato desde que hay registro—, y México Evalúa advierte que la baja podría no deberse solo a la eficacia oficial, sino a que ciertos grupos “ordenan” el territorio que dominan, o a fallas de registro. Un país más pacífico en las estadísticas puede ser, a la vez, uno donde el Estado cede el control. De ahí la contradicción más aguda: el propio Estado legisla contra la infiltración criminal que su relato minimiza, y no se legisla contra lo inexistente. La medida es, sin proponérselo, una confesión. Hannah Arendt lo formuló en Truth and Politics (1967): la verdad fáctica es frágil y el poder tiende a sustituirla, pero los hechos son tercos. Puede proclamarse una soberanía hacia afuera mientras se erosiona hacia adentro. Un Estado no se mide por sus discursos, sino por sus límites internos: donde no llega, manda otro; donde no cobra, cobra el crimen; donde no protege, protege quien extorsiona. La soberanía no se proclama: se ejerce. 

No hay dos países: hay uno solo, contado de dos maneras. Uno se enuncia, otro se mide. Uno promete, otro registra. Uno tranquiliza, otro advierte. El discurso fue impecable, sin una sola fisura, y esa perfección fue su confesión: solo una realidad construida puede ser tan redonda. Lo que no se nombra no desaparece, se acumula; y los datos, tercos, tarde o temprano cobran. Gobernar es elegir cuál de las dos lecturas se atiende; porque ningún relato, por perfecto que sea, ha gobernado nunca a la realidad, y la realidad ignorada no espera, no negocia, no perdona: cobra.

Razones

Maru: Fox y Calderón

JORGE FERNÁNDEZ MENÉNDEZ

Excelsior

La política se alimenta de aciertos, pero sobre todo de errores. Y el oficialismo se ha cansado de cometerlos en las últimas semanas. El verdadero descontrol gubernamental nació en Palenque el 3 de enero pasado. La extracción de Maduro en Venezuela exhibió al fundador del lopezobradorismo frente a ese espejo y la imagen que vieron lo aterrorizó. La presidenta Sheinbaum tuvo en esas semanas la enorme posibilidad de reorientar sus naves, poner distancia política, no necesariamente personal, con su antecesor y sobre todo con la terrible herencia en políticas y personajes que le había dejado, pero la desaprovechó por completo.

Tuvo otra enorme oportunidad con la demanda de detención para fines de extradición presentada por Estados Unidos contra el gobernador Rubén Rocha y los demás funcionarios sinaloenses y la volvió a desaprovechar. Pero no sólo eso, al defenderlos a ultranza rompió con Estados Unidos y su gobierno se mostró como un defensor de los narcotraficantes, a pesar de los avances en el ámbito de la seguridad. Como reclama Estados Unidos y como dentro del país hemos diagnosticado muchos, si no se rompen las redes de protección política y complicidad con el crimen organizado, siempre habrá regeneración en los grupos criminales. 

Para distraer del desastre político en que se convirtió toda la operación Rocha para el gobierno, aumentado con la entrega de dos de los acusados a Estados Unidos, el gobierno se lanzó, también con señales desde Palenque, a una fuga hacia adelante con el tema de la injerencia extranjera a partir de un incidente en Chihuahua e inició un ataque desde todos los ámbitos, incluyendo el judicial, contra la gobernadora Maru Campos.

Lograron lo casi imposible: una oposición debilitada y que no tenía candidatos viables, encontró en Maru Campos un referente que, poco a poco, se ha convertido en nacional, algo similar a lo que provocaron con el asesinato de Carlos Manzo en Michoacán, con su viuda, Grecia Quiroz, a la que ya no saben cómo detener para que no gane las elecciones en el estado el año próximo (y, si se cumplen las advertencias sobre las acusaciones en Estados Unidos contra el gobernador Ramírez Bedoya, la debacle puede ser total en ese estado).

Pero lo cierto es que Campos, que además es una mujer echada para adelante, ha encontrado con lo sucedido su discurso, su perfil, su imagen, y nuclear en torno suyo una serie de aliados, internos y externos que no tenía hace unos meses. Su partido, el PAN había disminuido dramáticamente durante las presidencias de César Nava, Gustavo Madero y Ricardo Anaya, pero a un límite insuperable durante la de Marko Cortés. Las rupturas internas y la incapacidad para procesarlas fueron increíbles. Una de las más cuestionables acciones de Anaya y, sobre todo, Marko fue tratar de extirpar a los expresidentes Vicente Fox y Felipe Calderón del partido. 

Felipe estuvo a punto de lograr el registro de México Libre (no lo logró por una operación política de López Obrador avalada por el INE, cuando había cumplido con todos los requisitos para tener el registro) que hubiera podido desfondar al PAN. 

La llegada de Jorge Romero oxigenó un poco al partido y han comenzado a surgir liderazgos como Alessandra Rojo de la Vega en la alcaldía Cuauhtémoc, que la pone en línea para buscar el día de mañana la CDMX. Pero ningún fenómeno ha sido tan poderoso como el surgimiento de Maru Campos, paradójicamente creado por la suma de torpezas del oficialismo.

En 1986, la cerrazón del gobierno de Miguel de la Madrid, por un fraude orquestado por Manuel Bartlett desde la secretaría de Gobernación, provocó desde Chihuahua un movimiento que desde lo local se transformó en nacional, encabezado por Pancho Barrio y don Luis H. Álvarez, al que su sumaron numerosos dirigentes, pero también, como ocurre ahora con Maru, personajes de la vida política que eran lejanos, en muchos casos, del PAN. De ahí, de los llamados bárbaros del norte, nació la candidatura de Manuel Clouthier, que disputó la Presidencia en 1988 y de ese movimiento surgió también Vicente Fox, que la ganó después, en el año 2000, y que fue sucedido por Felipe Calderón en el 2006. Todo eso se dilapidó durante la gestión de Marko Cortés y su equipo, que tuvieron las dos peores elecciones en la historia reciente del PAN, en 2018 y 2024, sumado al virtual exilio partidario de Fox y Calderón.

Los dos expresidentes han sido demonizados por la 4T, pero en el PAN olvidan que siguen siendo los políticos de origen panista más populares y que dejaron sus presidencias con altos índices de aceptación. Fox dejó el gobierno con un índice de aceptación de entre 60 y 67%. Calderón terminó con 60%. Sus gobiernos tuvieron aciertos y errores, pero comparados con lo que hemos vivido después sólo pueden ser revalorizados.

A Fox y a Calderón (que también tienen distancia entre ellos) los juntó Maru Campos el sábado en Chihuahua, como ha acercado en torno suyo, ante la persecución que se ha desatado en su contra, a muchos que no habían reparado en la gobernadora de Chihuahua.

En 2005, cuando estaba golpeado y debilitado por los videoescándalos, el gobierno de Fox, asistido por la ley, pero mal asesorado políticamente, quiso darle el golpe final a la candidatura de López Obrador con el desafuero. Lo impulsó tanto que por apenas 300 mil votos no alcanzó la Presidencia en 2006. Nadie aprende de errores ajenos.

Juegos de poder

Una polarización que estorba

LEO ZUCKERMANN

Excelsior

La presidenta Sheinbaum está siguiendo el guion de López Obrador: “Cuando te sientas amenazado, muévete a la izquierda y refúgiate en tu base social”.

Así lo hizo el expresidente durante el desafuero o después de perder las elecciones presidenciales de 2006 y 2012; también cuando enfrentó situaciones críticas en su sexenio (“el culiacanazo”, la pandemia de covid-19 o la caída de la Línea 12 del Metro, por ejemplo).

Crisis todas ellas importantes, pero nada que ver con lo que está pasando ahora con Sheinbaum. La actual es de una dimensión mucho mayor. La acusación de “los diez de Sinaloa” por parte de Estados Unidos ha evidenciado, por un lado, la penetración del crimen organizado en el Estado mexicano y, por el otro, abierto la posibilidad de una intervención militar unilateral de los estadunidenses en territorio nacional.

La Presidenta se ha radicalizado con una narrativa de la defensa de la soberanía nacional, claramente antiyanqui, que agrada mucho a las bases más duras de Morena. Lo vimos ayer con toda claridad en su discurso celebratorio de su victoria electoral hace dos años.

Sheinbaum criticó duramente las acusaciones en contra de políticos miembros de su partido por parte de Estados Unidos. Esto, unas horas después de que el Congreso aprobara una reforma constitucional que permite la anulación de elecciones en caso de injerencia extranjera. La Presidenta parece decidida en no entregar a Rocha Moya y compañía con el riesgo que eso implica: que los estadunidenses los extraigan de manera ilegal como hicieron con Maduro y su esposa en Venezuela.

¿Es capaz Trump de hacerlo?

Yo no tengo la menor duda: sí, siempre y cuando vea un beneficio electoral para él y su movimiento con esta acción.

Acción que llevaría a la relación bilateral de México con Estados Unidos a una situación que no se ha vivido desde las épocas de la Revolución en que los estadunidenses invadieron al vecino del sur en un par de ocasiones. En ese momento, el país estaba muy dividido en medio de una guerra civil.

La otra invasión estadunidense ocurrió en 1846-1848 cuando también México estaba muy polarizado entre dos visiones de país, lo cual aprovecharon los vecinos del norte para apropiarse de la mitad del territorio nacional.

La Presidenta está atizando más el fuego de la polarización en lugar de hacer un llamado a la unidad nacional para enfrentar los riesgos reales que implican para la soberanía tanto la intervención del crimen organizado como la de Estados Unidos. 

Del lado opositor tampoco hay un ánimo de conciliación con el partido gobernante. Al revés.

Amenazados los panistas por el ataque a su gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, han cerrado filas criticando al gobierno por haber pactado con el crimen organizado. La aparición este fin de semana de los expresidentes Fox y Calderón en un acto de apoyo a Campos, con sendos discursos duros, demuestra que el principal partido opositor también está polarizando.

Hace un par de semanas, en el programa que conduzco en N+FORO, organicé un debate sobre si había condiciones o no para un pacto nacional de todos los partidos con el fin de resolver el involucramiento del crimen organizado en la política y, así, desarticular la amenaza de la injerencia estadunidense en los asuntos de México. Tengo el mayor de los respetos por los representantes de Morena, PT, PAN y MC que participan en la mesa. Son políticos jóvenes e inteligentes, con diferentes puntos de vista, todos preocupados por lo que está ocurriendo en el país. 

Viéndolos debatir, por un momento pensé que sí era posible un pacto nacional. Sin embargo, pronto aparecieron los reproches y las diferencias por lo que habían hecho sus respectivos gobiernos. Me quedó claro que la competencia electoral de las intermedias de 2027 ya había comenzado.

En eso ya andan todos los partidos.

Imposible en un contexto así pensar en un pacto nacional.

Al revés. La competencia rumbo a 2027 se agudizará en los próximos meses y, con ella, la polarización política.

Y, como bien dice Ana Magaloni, ya están puestas sobre la mesa las dos narrativas que se jugarán en la elección de 2027. Por parte de Morena y el gobierno: “En contra de la injerencia extranjera”. Por parte de la oposición: “En contra de los narcogobiernos”.

Me preocupa tal división en este momento crítico. Sí, la polarización motiva a las militancias partidistas. El resto del país, sin embargo, verá cómo se benefician aquellos que siempre le sacan provecho a la división política interna: el crimen organizado y Estados Unidos.

Astillero

Claudia enfrenta al trumpismo // Es injerencia, no cooperación // Pretensión electoral en México // “Vienen” por unos y otros

JULIO HERNÁNDEZ LÓPEZ

La Jornada

La presidenta Sheinbaum ha dado el paso más fuerte y explícito (diríase incluso que retador) de rechazo al creciente intervencionismo estadunidense.

Con táctica oratoria caliente, que habrá de verse si a fin de cuentas también corresponde a la anterior “cabeza fría”, la Presidenta de México dijo mucho más de lo que hasta ahora había expresado y prácticamente confirmó tanto las continuas versiones filtradas de exigencias gringas de entrega o “extracción” de personajes políticos de México, como el objetivo de Washington y de su interés específico en más que influir, decidir en las elecciones mexicanas.

La frase más reveladora: “es legítimo dudar del verdadero interés en los juicios de extradición para autoridades electas. Porque primero, hay que tenerlo claro: vienen por unos, luego por otros, hasta que oficinas del Departamento de Justicia se vuelven el principal elector en México”. Sheinbaum eligió tiempos verbales y señalamientos que no dejan resquicios para acomodos: en la frase anterior no optó por un fraseo condicional o vaguedades propicias para la elusión o la interpretación.

Otro párrafo de su discurso tuvo evidente dedicatoria al gobierno del vecino país norteño: “cuando desde el exterior se dicta quién es culpable y quién no; cuando se busca presionar a nuestras instituciones desde fuera; cuando se normaliza la idea de que ‘otro país puede intervenir en asuntos que sólo corresponden a los mexicanos’, ya no estamos hablando de cooperación, estamos hablando de injerencia” (https://goo.su/s726k1A).

También señaló la presidenta Sheinbaum las dos fechas claves en la evolución de ese injerencismo: la muerte de dos agentes extranjeros luego de un operativo contra un narcolaboratorio en Chihuahua y la posterior solicitud gringa de detención provisional con fines de extradición del gobernador de Sinaloa y nueve políticos y jefes policiacos.

El posicionamiento combativo de la mandataria federal tampoco propicia demasiadas alternativas a la furia intervencionista de los halcones de la Casa Blanca y el Pentágono. Podría ser que a pesar del revoloteo mediático y de las exigencias formales de acción contra Rocha Moya y demás, el gobierno gringo decida apreciar las ventajas que ha obtenido, sobre todo en términos de control de la migración irregular hacia Estados Unidos y de cierto avance en el combate a cárteles criminales, y se concentre en tratar de cobrar ganancias en las revisiones comerciales en curso.

También, desde luego, y con una probabilidad que el mismo discurso de la Presidenta coloca en un nivel alto, que Estados Unidos continúe con la estrategia de debilitar a México en lo general y muy en particular al proceso llamado Cuarta Transformación, con la expectativa de potenciar a la alicaída y desacreditada oposición mexicana, cuya confesión más reciente de decadencia ha sido la recurrencia en Chihuahua, para “apoyar” a la gobernadora proyanqui María Eugenia Campos Galván, de presentar como patronos a Vicente Fox y Felipe Calderón, incubador el primero y desarrollador el segundo, de la criminalidad desde el poder sentenciada en Estados Unidos con Genaro García Luna.

Lo cierto es que la Presidenta ha asumido una posición a la ofensiva, denunciando el abierto intervencionismo gringo y adelantando la posibilidad de que haya más exigencias judiciales contra políticos relevantes (siempre se ha hablado de ciertos gobernadores e incluso un secretario del gabinete) e incluso incursiones físicas: “vienen por unos, luego por otros”.

Y, mientras se mantiene la vista en Los Mochis, Topolobampo y las comunidades de la Bahía de Ohuira, donde integrantes del movimiento “¡Aquí no!” han determinado impedir que una parte de la maquinaria alemana enviada para una planta de amoniaco salga de instalaciones portuarias, decididos a sostener una desigual lucha contra esa planta tóxica, impulsada y protegida por el gobierno federal.

México SA

Fox-Calderón, abyectos // Maru Campos=vodevil // Jorge Romero, rastrero

CARLOS FERNÁNDEZ-VEGA

La Jornada

De plano, son impúdicos a más no poder: para “defender” a la gringa Maru Campos y la traición a la patria por ella cometida, y denostar lo que sin prueba alguna cataloga de “ narcogobierno corrupto”, el de Morena, al siempre creativo Partido Acción Nacional (PAN) no se le ocurrió mejor idea que convocar a dos abyectos ex inquilinos de Los Pinos, cuyos “gobiernos” se caracterizaron, precisamente, por la enorme corrupción (favor de consultar a Martita Sahagún, familia y asociados o a Santiago Creel, el señor de los casinos, sólo como ejemplos) y el narcogobierno asesino (sin comillas), con el propio Borolas y Genaro García Luna (antes con el mariguanero) a la cabeza de la banda.

Se trata de una generación de gringos nacidos en México (estilo Carlos Salinas de Gortari y su generación), la cabeza de playa, para fortalecer la intentona de Donald Trump de meter la mano hasta el fondo en México, que sólo responde a los intereses imperiales, aunque todo su esfuerzo ha sido en vano.

Todo, porque dice haber encontrado su “nueva mina de oro” electoral (oropel, en realidad), la “nueva Xóchitl” (la botarga “vendedora” de gelatinas derrotada en 2024), Maru Campos (con un “gobierno” totalmente fallido), “una gran política”, “la mayor opositora en el país y la futura candidata presidencial” blanquiazul para las elecciones de 2030 (cuando no es más que una traidora a la patria), de acuerdo con otro hampón (cártel inmobiliario), Jorge Romero.

Calderón tiene absoluta carencia de progenitora, cuando se anima a gritar que “combatí al crimen, luché contra la delincuencia, arriesgué incluso la vida propia en ella; es ante todo un imperativo ético: proteger a los ciudadanos es el más grande deber constitucional, legal, político y ético de cualquier gobernante; fue la decisión correcta; o el Estado protege a los ciudadanos o está con los delincuentes” (obviamente él optó por estos últimos, y la muestra más acabada está presa en Estados Unidos); no, amigos, lo sabemos muy bien: lo que México necesita son gobernantes que cumplan con su deber, no gobernantes que entreguen a las familias del crimen (como él lo hizo); ¡qué pasa!, no entienden carajo”.

Qué decir del mariguanero balbuceante, quien presentó un balance de su propio por Los Pinos: “gobiernos que traicionan radicalmente lo que propusieron en campaña; en eso está la puñalada trapera, la traición descarada; ciertamente no fue lo que prometieron al principio; se hicieron del poder a base de mentir”.

Otra joya, la de Jorge Romero: “de 2000 a 2012, los gobiernos panistas combatieron al crimen organizado y es nuestro orgullo darle este reconocimiento a Vicente Fox y, por supuesto, a Felipe Calderón”. Y remebro (sic) al entonces presidente Calderón cuando en Guadalajara alguien lo increpó y él lo dijo, hoy lo escuchamos, o combatimos al crimen organizado o el crimen organizado comenzará a gobernar este país (y abiertamente lo hizo con Borolas y García Luna). Acto seguido, sacó su playera con la leyenda #yo con García Luna y se la puso.

Eso sí, ni uno de los “oradores” hizo referencia a la ilegal presencia y operación de cuatro agentes de la CIA ni de la entregada de la seguridad a las agencias gringas; menos, que el “gobierno” de Maru Campos es utilizado por Estados Unidos para capturar a presuntos delincuentes, procedentes de ese país, que ingresan a territorio mexicano sólo para entregarlos, sin más, a las autoridades del vecino del norte. Desde luego, todos fingieron demencia ante la verdadera causa de la investigación federal: traición a la patria por violar la Constitución y la Ley de Seguridad Nacional.

Bien lo reseña la información de La Jornada (Enrique Méndez y Jesús Estrada): “en los momentos críticos del gobierno de Maru Campos, el PAN echó mano de Fox y Calderón, que renunciaron a su militancia en 2013 y 2018, respectivamente. En 2018, Calderón afirmó que renunciaba porque el PAN se había convertido en ‘una camarilla’, pero ayer compartió templete con (Marko) Cortés. En la desmemoria, los panistas sentaron juntos a los ex presidentes, que chocaron en mayo de 2004 tras el destape adelantado de Calderón, que renunció tras el regaño de Fox, quien calificó de ‘imprudente’ que su secretario de Energía arrancara la sucesión que dejó fuera a Creel”. Y todavía hablan de “marranadas”.

Las rebanadas del pastel

Morena prefirió la vía fácil de marchas y recolección de firmas, que no lleva a nada. Ayer se conoció que diputados morenistas en el Congreso de Chihuahua no ratificaron la solicitud de juicio político contra Maru, por lo que queda sin efectos. Vergonzoso.

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