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¿Por qué el papa León XIV no debe venir a México?

Es sospechosa la insistencia de la secretaria de Gobernación y de la presidenta Sheinbaum de que el Papa venga este año a México. ¿Por qué tanto interés de un gobierno que se reconoce ateo y que no profesa los valores de los católicos?

José Luis Gaona

Proceso

Comienza a darse un intenso debate entre académicos, analistas sociales y dirigentes de diversas creencias religiosas de si es conveniente que el líder de los católicos visite nuestro país antes de las elecciones de mitad de sexenio.

Llama la atención que el actor político más interesado en promover la visita de León XIV a México es la presidenta Claudia Sheinbaum, razón por la cual se despiertan muchas suspicacias.

El grupo que se opone a que venga el Papa a México antes de las elecciones de mitad del sexenio coincide en una pregunta: ¿por qué un personaje público que se dice «no creer en Dios», ni profesar credo religioso alguno y que postula valores contrarios al de los cristianos, como el aborto y matrimonio entre personas del mismo sexo, promueve la visita a México de León XIV?

La polémica arreció la semana pasada, a raíz de la reunión del cardenal Carlos Aguiar con León XIV y del anuncio del arzobispo de la CDMX de la posible visita del Papa este mismo año a la Basílica de Guadalupe.

Muchos actores políticos, empresarios y miembros de la jerarquía están de acuerdo en que el líder de los católicos venga a México, pero no este año ni el próximo; sino hasta que pasen el Mundial y las elecciones del 2027, cuando la visita no pueda ser manipulable políticamente.

Estos analistas sociales opinan que las autoridades vaticanas, el mismo León XIV y la Conferencia Episcopal Mexicana deben ser muy prudentes para que el gobierno que encabeza Claudia Sheinbaum no utilice la presencia del Sumo Pontífice como un instrumento electoral ante el pueblo mayoritariamente católico y la 4T saque raja política.

Es sospechosa la insistencia de la secretaria de Gobernación y de la presidenta Sheinbaum de que el Papa venga este año a México. ¿Por qué tanto interés de un gobierno que se reconoce ateo y que no profesa los valores de los católicos? Es más, plantean, desde el gobierno de López Obrador las reformas a las leyes promovidas por los gobiernos de Morena que están en favor del aborto, de los matrimonios de personas del mismo sexo y de reformas políticas y judiciales en las que la Iglesia católica no fue tomada en cuenta y consideran violatorias de los derechos humanos.

En el actual contexto de la posible aprobación de la reforma electoral, relación ríspida con el gobierno de Donald Trump por la lucha contra el narcotráfico, ambiente posmundialista, entre otras, la visita del Papa a México, aunque sea unos días -como advierte Aguiar Retes- es una cortina de humo y un distractor de los problemas que vive el país y que no han sido resueltos.

La visita de León XIV a México es un evento político y social de alto impacto entre la población mayoritariamente católica y si la presidenta Claudia Sheinbaum y su grupo aparece rodeada o en reuniones con el Papa, puede ser interpretado por la ciudadanía como un abierto respaldo al gobierno, aun cuando no exista tal intención. Muchos miembros de la jerarquía católica piensan que una visita papal es estrictamente pastoral donde el centro sea visitar la Basílica de Guadalupe y que está por encima de una situación política.

Hasta donde sabemos, la visita del Papa a México sería muy breve, un par de días, y tras haber enviado un mensaje al mundo como parte de los trabajos de la ONU en septiembre próximo.

Si ese fuera el caso, de una visita breve y como epicentro la Basílica de Guadalupe, los católicos y en general los mexicanos tendrían un mensaje con alcance global en temas como la relación de los gobiernos México (y Latinoamérica) con Donald Trump en términos de respeto a los derechos humanos de los migrantes, la coerción que EU ejerce sobre los países en desarrollo con políticas comerciales proteccionistas. No menos importante tendría que ser la posición de la Santa Sede y del Papa en materia de desaparecidos a causa de la violencia y el narcotráfico, así como las condiciones para ejercer el ministerio sacerdotal en México en regiones controladas por la delincuencia.

Muchos actores políticos en México esperan que el mensaje de León XIV evidencie los errores políticos y las consecuencias sociales que la 4T ha provocado al país en los últimos cinco años, que denuncie los atropellos de los grupos delincuenciales en México y de lo poco que hace el gobierno para resarcir el daño entre miles de familias que han perdido a uno de sus miembros a causa de la violencia.

Hay un sector de la Iglesia católica y de la sociedad que ve la visita del Papa León XIV como el momento propicio para exhibir al gobierno de Sheinbaum a nivel internacional en temas como desmantelamiento de las instituciones del Estado, corrupción, delincuencia e inseguridad desbordada; desmantelamiento del Poder Judicial, de las autoridades electorales, apoyos oficiales con un sentido de clientela política, violencia producto de la lucha entre grupos delincuenciales, desaparición de más de 100 mil personas y crisis migratoria.

Pero por las condiciones en las que se está dando la posible visita, muchos observadores consideran que el Papa tendrá más bien un mensaje de reconciliación, de unidad nacional y seguir apoyando a los mexicanos de menores recursos.

Si la visita ocurre en septiembre como presume el cardenal Carlos Aguiar, el gran ganador sería el gobierno federal y el partido de Morena, y no precisamente los católicos mexicanos.

Saben que el líder de los católicos en el mundo no puede irrumpir en la escena pública mexicana con un mensaje que divida aún más a la sociedad, entre quienes están a favor de este gobierno y quienes se oponen.

La visita del papa León XIV podría impactar las elecciones mexicanas de la mitad de este gobierno porque refuerza narrativas del gobierno sobre paz, legitimidad y valores comunitarios; influye emocionalmente en un país con mayoría católica y proyecta la administración actual como capaz de gestionar eventos internacionales significativos.

Número cero

Operaciones conjuntas con EU, ¿coordinación o sujeción?

José Buendía Hegewisch

Excelsior

La estrategia para resistir a Donald Trump evoluciona desde las primeras posiciones defensivas-reactivas hacia una colaborativa y sumisa, que se basa en ceder a cada exigencia suya con más concesiones de nuevos envíos de grupos de narcos a EU o eventuales operaciones conjuntas contra los capos criminales. Pero ¿hasta dónde México puede contener afanes injerencistas y cuáles son los límites de la soberanía?

La preocupación y nerviosismo aumentan en Palacio Nacional tras un año bajo presión de requerimientos forzosos e incesantes, pero sin atisbo de remitir, ¡quizá en las elecciones, piensan! La situación refleja creciente incertidumbre del límite para complacer a un poder ambicioso y difícil de saciar, que se alimenta de sus propias demandas; que responde a la cooperación con mayores amenazas de intervención o declaraciones que tiran la expectativa de mantener el T-MEC, como otra forma de blandir la integración comercial como arma de coacción.

En las respuestas se aducen las vicisitudes de lidiar con berrinches y caprichos de un liderazgo narcisista y mercuriano, pero no despejan la pregunta de hasta dónde está dispuesto a llegar el gobierno de Sheinbaum para aguantar los ataques.

La asimetría de fuerzas y la posición de debilidad de México se da por descontada. Pero viene siendo hora de determinar si con nuestros medios estamos en la mesa de negociación o somos parte del menú de su apetito expansionista y electoral, para parafrasear la advertencia contra el trumpismo del primer ministro canadiense, Mark Carney, en Davos; de su potente defensa de otra estrategia de las potencias medias, como México, para encarar la ley del más fuerte con alianzas y coaliciones entre ellas que tanto molestan a la potencia.

Lo cierto es que los esfuerzos de Sheinbaum por atemperar a Trump con la filosofía de la prudencia para sobrevivir son cada vez menos efectivos para contener sus ansias injerencistas. Tan sólo esta semana el empeño denodado por ahuyentar ese fantasma se materializó en nuevo envío de 37 capos, que la Justicia de EU exhibirá como otros trofeos de su guerra antidroga; a través de acuerdos de “entendimiento” que saben a capitulación de la legalidad nacional e internacional, de la que hace gala Donald Trump en el mundo con desprecio al respeto a la territorialidad.

Así, la captura (¿o entrega?) de dos objetivos criminales prioritarios para el FBI enmarca una semana de tributación para apaciguar a un presidente cada vez más imprevisible, para el que la cooperación significa acatar obligaciones forzosas y que mira a la soberanía de otros países como poco más que una representación de resistencia a sus designios. Para seguir a Carney, ¿estamos en la mesa o en la carta del menú?

La pregunta retumba en operaciones conjuntas del gobierno mexicano y el FBI en la aprehensión en México de Ryan Wedding, exatleta olímpico y uno de los 10 más buscados en EU por relacionarlo con el Cártel de Sinaloa, en medio de mensajes cruzados sobre su detención, y hasta filtraciones de que EU estaba preparado incluso para usar la fuerza para capturarlo. La fiscal general Pam Bondi afirmó que el llamado Rey de la cocaína fue detenido por agentes del FBI, cuyo director Kash Patel –línea dura de trumpismo– se reunía con García Harfuch; mientras éste anunció que se entregó a la embajada estadunidense.

La falta de acuerdos hasta en comunicados conjuntos sólo indica la desconfianza de EU en un interlocutor del que duda del compromiso de combatir a los cárteles y cree penetrado por ellos; o bien, porque los protocolos diplomáticos le parecen también irrelevantes en la ley y el orden con que Trump demuestra que los criminales no tienen refugio ni guarida en soberanía alguna, como enseñó con Maduro.

Los límites de Trump respecto a otras soberanías son claros en la frontera de su propia moral. Pero más difusos o declarativos de los principios que México defiende como innegociables, a la vez que reconoce el aumento de operaciones coordinadas con EU y ofrece profundizarlas para frenar una intervención o tener que presentarla como acciones conjuntas con el FBI u otras agencias de seguridad. Además, difícil dilema para el presidenciable García Harfuch si aparece como artífice de los tributos con que calmar el hambre de Trump en seguridad.

La política exterior frente al mundo

José Luis Valdés Ugalde

Excelsior

México no tiene una relación sana en el entorno internacional. La existencia explicable de la Doctrina Estrada y sus sucesivos corolarios presidenciales han despertado dudas y desconfianzas sobre el verdadero papel que México quiere jugar en el orden mundial, principalmente en los tiempos de la 4T. Tiempos de nacionalismo extremo con objetivos estratégicos poco claros y visibles. Y con derroteros ideológicos que contienen una fuerte dosis de dogmatismo, más que objetivos claros y precisos para defender el interés nacional. A México le urge una política exterior proactiva y comprensiva que sea consecuente con los hechos de la realidad global y regional, los cuales deberá afrontar con el debido pragmatismo y sin principismos fútiles.

En efecto, la hechura de la política exterior de nuestro país es un tema controvertido, cuya indefinición necesariamente tendrá que resolverse a través de la ejecución de una profunda reforma del diseño institucional y constitucional; tal reforma del Estado tendrá que concebir, como parte de los arreglos relacionados con el proceso político doméstico, una clara definición sobre el papel que se quiere para México en el ámbito internacional. De esta urgente tarea ya no escapa ningún actor político relevante. Postergarlo sería irresponsable y provocaría un daño irreversible a la autoridad del gobierno mexicano frente a sus pares. Por ello este debate debe construirse sobre la noción de que el Estado no es una isla enclaustrada, sino un miembro de la sociedad de Estados en donde participa en forma inevitable.

Después de todo, la elaboración de la política exterior es una actividad necesaria del Estado moderno. Como todo en política, una política exterior no es inamovible, como no lo es la realidad que circunda las decisiones estratégicas que se toman en defensa de intereses nacionales: constantemente se da el caso de que ésta tiene que modificar sus prioridades programáticas y de fondo, en función de los cambios históricos; pensar lo opuesto es ignorar los términos que la cambiante realidad internacional impone.

Se trata de sugerir e impulsar la elaboración de una estrategia de política internacional, no sólo comprensiva, sino encaminada a cumplir con la tarea que ésta siempre ha tenido en el mundo desarrollado: ejercer una vigilancia constante sobre los cambios permanentes que ocurren en la política mundial. Estimo que no se puede concebir otra forma de definir una política exterior estratégica, visionaria y de largo plazo, y que a la vez sea resolutiva; es decir, que responda con soluciones concretas a las necesidades que le presentan los acontecimientos mundiales.

Se trata de un viejo debate sobre las habilidades, méritos y verdaderas posibilidades de una política exterior que ha estado bajo el acecho de una contradicción en la que se practica una política exterior de bastiones —algunos más bien simbólicos, como Cuba— que retrasan mayormente los precarios avances democráticos internos y que incluso anquilosan las prácticas políticas externas como desprendimiento directo de principios constitucionales en la materia (todos ellos universales), hoy de dudosa vigencia, a una democracia plena en la que se implementen políticas prácticas y prácticas públicas que trasciendan los delirios del México representado por el folklor de una clase política sumida en el pasado primigenio de la política vieja, y en donde el gobierno se empeñe, por el contrario, en sugerir y recrear el México del futuro.

A la limitante circunstancia anterior se agrega la siempre traumática relación con Estados Unidos que, por cierto, se aprovechó históricamente en forma hábil de la naturaleza autoritaria del viejo régimen político de México, a fin de imponerle la mayor parte de sus intereses y propósitos; todo lo cual nos muestra hasta dónde la coexistencia entre régimen autoritario y potencia hegemónica redundó más en beneficio de los intereses de la última y a costa de la debilidad progresiva de la soberanía nacional de México.

De esta forma, autoritarismo y neoimperio cohabitaron funcionalmente y con relativa armonía en este periodo. Así, el estado climático de la relación México-Estados Unidos ha acabado haciéndose presente e impactando el desempeño de México en la escena internacional en forma sistemática.

Ocurre que, a la fecha, para México resulta prácticamente imposible dirimir por un lado sus pendientes, arreglar sus diferencias o incluso coincidir felizmente en algunos temas con Washington y, a la vez, posicionarse en los grandes temas de la agenda mundial, como por ejemplo el multilateralismo, la crisis en Ucrania o Irán, entre otros pendientes. De forma tal que el “síndrome Washington” ha perseguido nuestra política exterior desde siempre y ha sido un fantasma que nos ha limitado como nación soberana. En esta misma medida, nuestra cercanía geográfica y los grandes problemas que compartimos con el vecino representan una gran presión tanto para la definición de objetivos como para la elaboración misma de nuestra política exterior, obligándonos indefectiblemente a plantearnos falsos dilemas frente al exterior.

Finalmente, la relación que México guarda con la gran potencia, única entre todas las que los países latinoamericanos tienen con Washington, reduce, en lugar de diversificar, y limita en vez de ampliar las posibilidades mexicanas de tener una política internacional más consistente y congruente con los nuevos tiempos que impone la realidad internacional. Y lo cierto es que México ha dejado que esto ocurra por la falta evidente de un proyecto de política internacional coherente.

Más allá del calendario: entre confusiones y omisiones

Rolando Cordera Campos

La Jornada

Un año pasó y la imaginación falló: nada que celebrar. Trump sigue su ominosa ruta hacia el colapso global y nosotros asistimos a la callada como forma oficial de comunicación. Poco o nada que deliberar, mucho para asumir como única vía.

No es nuestra, pero el gobierno parece gozar esa impuesta e improductiva unanimidad. No se trata de volver al juego de las cifras, que de modo tan infortunado el presidente López Obrador hizo suyo como forma oficial de la aritmética; lo que tenemos enfrente, vecinos del Gólem y ciudadanos en estreno, es la creación de un sentido de México en un mundo acosado por el delirio y en una economía que se mueve a través del lodo, pero sin atender a ninguna referencia.

Todo es ocurrencia, pero el cambio de época que antecediera el remolino actual nos indica la conveniencia de no quitar mente y mirada de un pasado que no termina. El presente continuo tan aborrecido por las mentalidades racionales, como la del siempre recordado Norbert Lechner, parece haberse impuesto a concepciones de toda especie, aferradas y vetustas sensibilidades y creencias, o en busca de nuevas maneras de entender nuestro mundo. Loca ironía, cuando lo aconsejable pareciera ser limpiar la mirada y calibrar el pulso. Y, de ser necesario, rectificar el rumbo.

Subsistimos bajo un cambio de época, obligada consumación de una atropellada época de cambios, absorbidos por un torbellino que se presta a imaginar los más oscuros panoramas, donde la multiplicación de nacionalismos, conflictos bélicos, flujos migratorios, desastres climáticos, ampliación de vulnerabilidades y desigualdades facilitan la multiplicación de discursos grotescos e irracionales. Desde ahí caciques de toda laya manipulan sociedades e imponen criterios de evaluación y lealtad.

Buena parte de los países europeos resienten su cercanía con una geopolítica cuyo diseño dejó de ser funcional y ven el avance imparable de su cambio demográfico, dominado por el envejecimiento y las migraciones. Y, aunque en el continente asiático parecen despuntar impetuosos proyectos, no parecen tener bases suficientes que apoyen una reproducción duradera de su fuerza de trabajo, una cohesión social con posibilidades de dar paso a regímenes políticos de participación e intercambios democráticos.

En palabras del economista Dani Rodrik: “Europa no proyecta hoy ni fortaleza económica ni cohesión política. Su confianza en sí misma parece haber tocado fondo como lo demuestra la forma en que la UE ha cedido ante las amenazas arancelarias de Trump.

“Los líderes europeos esperaron durante mucho tiempo que la integración aumentara el poder y la influencia de la región en el escenario global. En cambio, la UE parece haberse convertido en una casa a medio camino permanente que fomenta la parálisis.

“Trump ha (…) facilitado que China se haga pasar por el adulto responsable de la sala, y Xi se ha enfundado con gusto el manto del (…) ‘Estado de derecho internacional’ (…) Pero nadie debe engañarse sobre la naturaleza del régimen chino (…) China sigue siendo un país altamente autoritario” (“¿Quién modelará ahora la democracia?”, Project Syndicate, 9/9/25).

Entre nosotros, desde nuestro “Extremo Occidente”, pedazo del mundo llamado así por el político y diplomático Alain Rouquié, hemos pasado del malestar en la democracia al pleno abuso de las reglas democráticas construidas, no sin grandes dificultades. Además, nuestra economía registra un crecimiento a ras de suelo y dificilmente se puede sostener que el bienestar social tenga avances sostenibles en el tiempo; sigue en reserva la hora de la igualdad propugnada hace más de una década por la Cepal. Y postulada constitucionalmente por los mexicanos.

Hay que repetirlo: México requiere crecer y dar empleos suficientes para dar sostén a su sociedad. Hay que insistir en el punto. Invertir más para que el crecimiento sea sostenible; aumentar la tributación de los más ricos y gastar mejor. Se trata de que el Estado cuente con el financiamiento necesario para cubrir con eficacia (desde luego con transparencia) las necesidades, asumir sus prioridades, máxime si por fin se considera la inoperancia de la austeridad, absurdamente llamada política, que nos ha llevado a graves deterioros de servicios, bienes e infraestructura. Y humores.

Rotas las reglas fundamentales, necesitamos (re)definir nuestro perfil productivo, contemplar modernos vínculos entre industria, territorio y población que nos permitan contar con una infraestructura dinámica y un sistema energético congruente con un desarrollo sustentable. Se trata de recuperar y actualizar la capacidad del Estado y de la sociedad misma para hacer política económica, para trazar estrategias que tengan en la igualdad y la equidad sus criterios centrales.

Tareas mínimas que parten de la capacidad que todas las fuerzas políticas y actores sociales tengan para llegar a un acuerdo democrático, tejer una voluntad colectiva que haga propios el valor y el sentido de la justicia social.

Prodigios yucatecos

Ángeles González Gamio

La Jornada

La península de Yucatán es tierra de prodigios, comenzando por su distintiva orografía que está conformada por una gran plataforma de rocas calcáreas marinas que ha venido emergiendo del mar desde hace millones de años.

Esto provoca que el agua permanezca en sus entrañas y para disfrutarla nos brinda los cenotes, con sus maravillosos interiores que forman caprichosas esculturas de piedra caliza.

No es de extrañar que para la antigua cultura maya, además de fuentes de vida, los consideraban sitios sagrados. Entrar en sus aguas y sentirse abrazado por la monumental caverna es toda una experiencia mística.

Y seguimos con los portentos, en la Reserva de la Biosfera Río Celestún, declarada como tal en 2000, con el propósito de proteger el frágil ecosistema formado por unas lagunas de baja profundidad y alta concentración en sales. Éstas, junto con algunas otras de la península, son la morada de la única colonia de flamenco rosado que existe en el norte del continente americano.

Para verlos se alquila una lancha que cruza velozmente la laguna y, de repente, en la lejanía se advierte lo que parece un gran muro rosa, se disminuye entonces la velocidad y conforme nos acercamos se distinguen cientos de aves de vivo colorido que va del rosa pálido a un rojo flama.

Muy despacio, el experimentado conductor se acerca para verlos en toda su plenitud, pero guardando una prudente distancia para no disturbarlos. Son la aves más bellas y elegantes, con sus cuellos largos y esbeltos, sus picos curvos rematados en color negro, que combina con el interior de sus estilizadas alas. Caminan como princesas reales y de pronto entrecruzan sus cuellos, no sé si de juego o en señal de cortejo. Es una experiencia única que se puede tener entre noviembre y marzo.

Para cerrar con broche de oro, muy cerca está el pueblo con restaurantes en la playa, donde puede uno echarse un chapuzón y disfrutar deliciosa comida del mar. Nosotros fuimos al Pámpano, donde degustamos las mejores manos de cangrejo que he probado.

El periplo peninsular continuó al día siguiente con una visita a Uxmal, la impresionante ciudad maya, cuya arquitectura ha inspirado a varios de nuestros mejores arquitectos contemporáneos.

Los primeros pobladores, que eran agricultores, se asentaron hacia el año 800 aC y construyeron algunas plataformas donde levantaron sus viviendas. Al paso de los años, esa comunidad rural se volvió cada vez más compleja, hasta transformarse en un importante centro político-administrativo. En ese periodo se realizaron obras hidráulicas para recolectar y conservar el agua potable, para lo cual construyeron chultunes (cisternas) y conformaron aguadas con las depresiones del terreno.

Entre los años 200 y 600, Uxmal adquirió el estilo arquitectónico propio de la región, el llamado Puuc o de la serranía yucateca. A partir del año 600 se transformó en una de las capitales regionales más importantes de los mayas del norte, desarrollando una variante del Puuc a la que se le ha denominado Tardío, estilo que se caracteriza por la profusión de motivos serpentinos en forma de barras bicéfalas.

Desde el año 700 la ciudad ejerció un fuerte poder económico y político en una gran región. Durante este periodo llegaron los Xiues a Uxmal y trajeron nuevos elementos ideológicos y culturales que se reflejaron en la arquitectura y decoración escultórica de gran parte de las construcciones y prevaleció de manera preponderante el culto a Quetzalcóatl o Kukulcán.

Alrededor de 1200 Uxmal vivió su última etapa, se produjo una ruptura en el desarrollo histórico regional que provocó la caída y abandono de la ciudad, la cual fue ocupada esporádicamente para realizar alguna actividad religiosa en los templos y edificios.

Por fortuna se conserva gran parte de la portentosa arquitectura y ornamentación que la distingue de las otras ciudades mayas. Para mencionar algunas: la Pirámide del Adivino, el Cuadrángulo de las Monjas, el Juego de Pelota, el Palacio del Gobernador y la Casa de las Palomas.

Sus construcciones son representativas del estilo Puuc, con muros bajos lisos sobre los que se abren frisos muy ornamentados. Los famosos mascarones del dios de la lluvia: Chaac, con sus grandes narices que representan los rayos de las tormentas –que inspiraron las lámparas del Palacio de Bellas Artes– y serpientes emplumadas con las fauces abiertas de las que emergen seres humanos. Es una visita deslumbrante.

En memoria de Hernán Lara Zavala y su gran libro Península, Península

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