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Maduro, el derecho internacional que ha dejado de obligar

Lo captura de Nicolás Maduro pone en evidencia: las limitaciones del derecho internacional convencional para operar como un verdadero sistema jurídico.

Ernesto Villanueva

Proceso

La captura de Nicolás Maduro en territorio venezolano no es relevante por el actor ni por el personaje. Lo es por lo que pone en evidencia: las limitaciones del derecho internacional convencional para operar como un verdadero sistema jurídico. No es un debate político. Es una prueba de funcionamiento. Y el sistema mostró su insuficiencia. Las normas existen. Los tratados siguen vigentes. Los organismos internacionales permanecen activos. Lo que no existe es eficacia. El hecho ocurrió. Y ocurrió sin una respuesta jurídica operativa. Las reacciones posteriores no han alterado el resultado. No han corregido el acto. No han restablecido el orden normativo ni se aprecia que lo vayan a hacer. Aquí está el punto central: la condena verbal es la nueva coartada de la impotencia institucional. Cuando el derecho se limita a declarar, deja de obligar. Existen, por su puesto elementos que permiten sustentar este aserto. Veamos. 

Primero. El derecho internacional fue concebido para garantizar la convivencia pacífica entre los Estados. Ese fue su propósito. Ese fue su fundamento. Hoy ha demostrado sus límites, sus insuficiencias. Las normas del derecho convencional dependen, para su cumplimiento, de los mismos sujetos a los que pretenden obligar. No cuentan con mecanismos autónomos de ejecución efectiva, sino sólo testimoniales. No disponen de fuerza disuasoria suficiente. El resultado es previsible. La infracción no genera consecuencias automáticas. El sistema responde con ¡comunicados! ¡Con declaraciones solemnes!. Todo es visible. Nada es vinculante. Así, el derecho internacional conserva, en el mejor de los casos, de validez formal, pero sin eficacia material. Funciona como referencia. No como mandato. Cuando un sistema jurídico no puede producir consecuencias previstas frente a su violación, deja de cumplir su función esencial. Sigue existiendo en los textos. Pero no en la realidad que se supone debe regular, ajustar las conductas de los estados miembros a la normativa que se ha establecido como debida. Adquiere así un simple cometido formal. 

Segundo. Es de explorado derecho que los sistemas jurídicos no existen porque estén plasmados en leyes, reglamentos, tratados y convenciones. El derecho no existe solo porque esté escrito. Existe cuando regula la conducta de los sujetos obligados por ese sistema de normas. Para cumplir su función mínima necesita dos elementos: disuasión y sanción. Sin disuasión, la norma no previene. 


Sin sanción, no corrige. Ambos rasgos son constitutivos del derecho. No accesorios. Cuando faltan, el sistema deja de ser derecho en sentido estricto. Puede operar como código de conducta. Como marco de buenas prácticas. 


Como referencia ética. Pero no como un orden jurídico. De igual modo, la eficacia no es un complemento de la validez. Es una condición necesaria para su existencia. A ello se suma un problema más grave: la aplicación selectiva de la norma. Las normas jurídicas deben ser, en principio, generales, abstractas e impersonales. Esa es su esencia. Obligan a todos. O dejan de ser derecho. Cuando las reglas se aplican solo a quienes pueden no a todos los que deben, la juridicidad se rompe. 


La generalidad desaparece. La abstracción se diluye. La impersonalidad se evapora. Un sistema donde la norma rige para unos y se suspende para otros no es derecho. Es, en todo caso, jerarquía de poder con lenguaje legal. Sin igualdad ante la norma no hay orden jurídico. Hay discrecionalidad. 

Tercero. Los organismos encargados de hacer cumplir el derecho internacional han demostrado su inutilidad práctica frente a violaciones graves. 


No por falta de declaraciones. Por diseño. Son estructuras altamente burocratizadas. Deliberativas. Dependientes del consenso político, no de criterios jurídicos. Carecen, en la práctica, de facultades reales de ejecución. No pueden imponer consecuencias obligatorias. No pueden actuar sin bloqueos internos. Su función se ha reducido a administrar pronunciamientos. 


No a hacer cumplir normas. El problema ya no es coyuntural. Es estructural. El derecho internacional debe ser repensado desde su núcleo. No para producir más normas. Sino para hacerlas cumplir. Se requiere una reforma profunda que vincule validez y eficacia normativa. Que su diseñe dote al sistema normativo de fuerza disuasoria real. Que elimine la aplicación selectiva. Lo anterior implica decisiones claras: a) Consecuencias jurídicas automáticas ante violaciones graves: b) Órganos con capacidad de ejecución, no solo de deliberación y c) Obligación real, no condicionada al poder del destinatario. Mientras las normas no obliguen a todos por igual, no habrá derecho internacional. Habrá retórica jurídica. Si la Organización de las Naciones Unidas, y los demás organismos no se transforman en instancias de cumplimiento obligatorio, seguirán existiendo como guías de buenas prácticas no vinculantes. 

El caso venezolano confirma una verdad incómoda: el derecho internacional no se agota cuando es violado, sino cuando carece de fuerza para responder. Sin eficacia no hay validez jurídica. Reformar el sistema ya no es una opción teórica. Es la única vía para que el derecho internacional siga siendo derecho.

Razones

México-Cuba-EU: jugar con fuego

México no puede seguir actuando como si estuviéramos en los años de la Guerra Fría o como si aún gobernara Biden en Estados Unidos.

Jorge Fernández Menéndez

Excelsior

Ayer, Donald Trump reiteró que no permitirá que siga llegando petróleo venezolano a Cuba. Puede ser el punto final de un gobierno, ejercido en forma dictatorial, que en casi 70 años no ha sido capaz de producir siquiera los insumos básicos para su población, mucho menos la infraestructura básica para sobrevivir sin depender de los otros: durante décadas Cuba dependió de la Unión Soviética, luego de la Venezuela de Chávez y Maduro, en los últimos años de ellos y de México, con alguna colaboración rusa, china e iraní. Cuba no está bloqueada: puede comerciar con todos los países del mundo, el problema es que simplemente no tiene recursos para hacerlo porque el modelo económico y político ha llevado al país a la quiebra más absoluta.

Hoy, el único abastecedor de recursos para Cuba, no sólo petróleo, parece ser México. A pesar de todo lo que está sucediendo, del profundo cambio de paradigma de la política exterior y la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos, de la caída de Maduro y las crecientes advertencias contra México, el gobierno federal sigue actuando como si nada pasara. México envió su primer cargamento de petróleo de este 2026 a Cuba el 5 de enero desde el puerto de Coatzacoalcos, Veracruz. Fue de aproximadamente 86 mil barriles de crudo, equivalentes a unos 14 millones de litros, que arribaron a La Habana el 9 de enero.

Este cargamento se transportó a bordo del Ocean Mariner, un tanquero registrado en Liberia con capacidad para hidrocarburos subsidiados por Pemex, el envío como siempre es de Gasolinas del Bienestar, creada por Pemex exclusivamente para enviar crudo a Cuba. Equivale a 5 millones 400 mil dólares.

México juega con fuego en el tema. El barco con bandera de Liberia, o cualquier otro, puede ser embargado por fuerzas de los Estados Unidos, como lo han hecho con muchos otros y esa acción nos pondría en una situación de alto riesgo en la relación con la administración Trump.

Leía ayer una muy buena entrevista en El País, con el aún presidente de Chile, Gabriel Boric, que en marzo dejará el poder luego de haber sido derrotado por el derechista José Antonio Katz, en una transición política ejemplar, en la que reflexiona sobre la derrota de la izquierda y dice que “cuando la realidad cambia, uno, manteniendo sus principios, tiene que saber adaptarse a esa nueva realidad, si no es chocar contra un muro. La política no es para mártires ni obtusos. Hay que tener la capacidad de cambiar de opinión, de tener flexibilidad y adaptarse a la realidad, no pretender adaptar la realidad a ideas abstractas”. Y concluye con una autocrítica que debería llegar a toda la izquierda latinoamericana: “la izquierda que sólo culpa al adversario está condenada a diluirse”.

México no puede seguir actuando como si estuviéramos en los años de la Guerra Fría o como si aún gobernara Biden en Estados Unidos y seguir echándole la culpa de todo a Calderón. Podrá gustar o no en Palacio Nacional, pero la situación ha cambiado profundamente y tiende a cambiar más en los próximos meses. Dudo incluso que el paradigma actual cambie demasiado luego de que en 2028 deje, si es que la deja, la Casa Blanca el presidente Trump, mucho menos si su reemplazante es, por ejemplo, Marco Rubio.

Hay cosas que no se comprenden. El jueves de la semana pasada la presidenta Sheinbaum dijo que no se había cancelado la reunión del Senado donde se daría la autorización para permitir el ingreso para tareas de entrenamiento de militares estadunidenses a México: entrenarían con la Marina en Campeche. Yo no di esa orden, dijo, y explicó que simplemente habían cambiado la fecha.

Lo primero es verdad: ella no dio la orden. Lo decidió el presidente de la Comisión de Marina del Senado, que apenas horas después de la detención de Maduro, en la mañana del sábado, anunció que se cancelaba esa reunión destinada a otorgar ese permiso, que ya se tendría que haber otorgado, y no le puso fecha de realización.

El presidente de la Comisión de Marina es Carlos Lomelí Bolaños, un empresario farmacéutico y de la construcción amplísimamente beneficiado por su amigo López Obrador y sus hijos como proveedor del gobierno federal, con acusaciones de relación con el crimen organizado. La decisión de Lomelí se dio al mismo tiempo que la declaración de López Obrador contra la detención de Maduro, mucho más dura que la de la Presidenta.

Es increíble que la presidencia de la Comisión de Marina, íntimamente relacionada con temas de seguridad, esté en manos de Lomelí que, en 2011, confesó ante un juez de Texas su participación en la venta de precursores químicos al Cártel de Sinaloa para metanfetaminas y lavado de dinero, resultando en la confiscación de 2.7 millones de dólares de su patrimonio y dos años de cárcel. Más tarde, una empresa suya está fichada por Estados Unidos por nexos con lavado del cártel de Raúl Flores Hernández, aliado al CJNG. Hoy es senador y no responde a la presidenta Sheinbaum –quien incluso, en su momento, le quitó la candidatura a gobernador de Jalisco–, sino a las indicaciones de Palenque.

No comprender que esa simple cancelación del permiso para entrenamiento de fuerzas conjuntas es un agravio político, es no entender en qué coyuntura estamos viviendo. Tan delicado como seguir enviando petróleo regalado a Cuba mientras en México a los proveedores de Pemex se le paga a cuentagotas y EU amenaza con embargar esos envíos.

Juegos de poder

Pobre Venezuela

A la bota chavista que oprime a los venezolanos ahora se suma la bota trumpista. Según Trump, EU controlará Venezuela. Ha amenazado a la nueva Presidenta de que, si no hace lo que ellos dicten, le irá peor que a Maduro.

Leo Zuckermann

Excelsior

¿Está mejor Venezuela después de la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos?

No lo creo y explico por qué.

Entiendo el entusiasmo que este acto provoca en los venezolanos que llevan años esperando la caída del régimen chavista. Es tal su desesperación, que cualquier cosa los lleva a creer que esto puede ser el inicio de un cambio tan anhelado. La extracción de Maduro inyecta una nueva esperanza en la tragedia venezolana.

Porque, sin duda, se trata de una tragedia que nadie puede negar.

Venezuela vive hoy una crisis económica de dimensiones monumentales. El 86% de la población vive en pobreza. Alrededor de nueve millones de venezolanos han emigrado al extranjero, casi 28% del total.

En el plano político, el régimen dictatorial se ha endurecido cada vez más robándose las elecciones y reprimiendo a la oposición. En 2024, 43 personas fallecieron en manifestaciones contra el gobierno. En diciembre se contabilizaban más de 800 presos políticos.

Agréguese una de las peores corrupciones del mundo. Venezuela ocupa el puesto 178 de 180 países en el índice de corrupción 2024 de Transparencia Internacional.

En suma, una dictadura desastrosa en un país que cuenta con las mayores reservas de petróleo del mundo.

¿Mejorará la situación de Venezuela con la exitosa intervención militar de Estados Unidos para capturar a Maduro? La perspectiva no es halagüeña.

Primero, porque a Trump le valen un pepino los derechos humanos y la democracia en Venezuela. Lo que le importa es que Estados Unidos se adueñe de la producción del petróleo venezolano y sacar de ese país a los rusos, chinos e iraníes que tenían vínculos cercanos con el régimen chavista.

Para lograrlo, dejó en el poder a la vicepresidenta Delcy Rodríguez, es decir, hubo un cambio en la Presidencia, pero no en el entramado institucional del país. Hoy, el chavismo sigue gobernando.

Un régimen sin legitimidad democrática. Como se demostró en las pasadas elecciones, con 85% de las actas computadas, recopiladas y publicadas en internet por la oposición, el chavismo sólo cuenta con 30% del apoyo popular. El 70% restante quería un cambio. Sin embargo, el régimen ahí sigue porque controla las instituciones y utiliza el miedo, la represión, para mantenerse en el poder.

No hay indicaciones de que Rodríguez vaya a cambiar esto. Según The New York Times, “la represión en Venezuela se ha intensificado; las fuerzas de seguridad han abordado autobuses, registrado teléfonos e interrogado a personas en busca de pruebas de que celebraron la captura de Maduro”.

A la bota chavista que oprime a los venezolanos ahora se suma la bota trumpista.

Según Trump, Estados Unidos controlará Venezuela. Ha amenazado a la nueva Presidenta de que, si no hace lo que ellos dicten, le irá peor que a Maduro.

Delcy tomó nota y ya está acomodando los intereses de Washington, sobre todo en la industria petrolera.

El secretario de Estado, Marco Rubio, ha explicado que la transición en Venezuela será en tres fases: la primera, “en la que nos encontramos ahora”, es la estabilización; la segunda es la recuperación y, finalmente, “tener una economía normal de nuevo, donde el dinero beneficie a la gente, no a nuestros adversarios ni a elementos de ese país y de todo el mundo que están en contra de nuestros intereses”.

Es evidente que el énfasis es económico, no político, y en favor de los intereses estadunidenses. Lo dicho: la democracia les vale un pepino. Han escogido al chavismo como sus socios.

Creen que podrán lograrlo con la presión militar desde sus cañoneras en el Caribe. La pregunta es si podrán hacerlo.

Yo veo difícil que Estados Unidos controle políticamente a Venezuela de esta forma, por más amenazas que lancen.

¿De verdad los chavistas se convertirán en la correa de trasmisión de los intereses de Washington sin chistar?

¿Habrá incentivos para invertir en Venezuela mientras siga gobernando el chavismo inepto y corrupto?

¿Qué pasará cuando regrese a Venezuela la líder de la oposición, María Corina Machando? ¿La dejarán entrar? ¿Podrá hacer activismo político?

¿Cómo se controlan tantas variables políticas domésticas desde una marina armada?

No, no se ven nada bien las perspectivas para Venezuela.

Confiar en que Trump resolverá esta tragedia es una quimera. Además, los más de 600 mil venezolanos que se refugiaron en Estados Unidos corren el riesgo de que el gobierno de ese país les revoque el Estatus de Protección Temporal tras la captura de Maduro. Como dijo el portavoz del Servicio de Ciudadanía e Inmigración: “Ahora pueden regresar al país que aman y reconstruir su futuro”.

¿Así nomás? ¿Con el chavismo en el poder?

Astillero

Exégetas del instante fotográfico // Caso Rosa Icela Rodríguez-García Harfuch // Ansiosas interpretaciones // Carlos Manzo y su entorno

Julio Hernández López

La Jornada

En el contexto de la creciente toxicidad que ha inundado las redes sociales suele practicarse una presunta facultad adivinatoria de intenciones y significados políticos a partir de momentos fotografiados o videograbados, a los que se da la interpretación que conviene o gusta a tales exégetas del instante, siendo de destacarse que algunos de estos pretenden barnizarse de tonalidades entre académicas y científicas y habilitan una especie de horóscopos “políticos”, autonombrándose “especialistas en imagen” o usando etiquetas similares.

El más reciente episodio de esta índole se ha producido a partir de los instantes en que la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, habría dejado de saludar al titular de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, en un acto público. Tal hecho fue ansiosamente convertido en redes sociales en una prueba de que el gobierno claudista “se desmorona”, que los conflictos internos son ya “inocultables” y que es inminente un relevo en Bucareli.

Ayer mismo, el secretario García Harfuch puntualizó que de Rosa Icela Rodríguez sólo ha tenido “muchísimo apoyo” desde que trabajaron en el gobierno capitalino encabezado por Claudia Sheinbaum y hasta ahora en el plano federal. Dijo estar muy agradecido con ella. Pero, más allá de estas palabras, señaló algo contundente: “Ese día, yo creo, ya nos habíamos saludado unas 10 veces (…) El gabinete de seguridad empieza a las 6 de la mañana, nosotros siempre llegamos a las 5:30, y para ese momento (el del breve video que generó interpretaciones: acotación astillada) ya nos habíamos saludado varias veces”.

Por otra parte, es probable que el integrante de la administración Sheinbaum que mejores bonos esté alcanzando en la oposición sea Omar García Harfuch, el máximo jefe policiaco federal, apreciado de manera alta y temporal en parte de la élite de Estados Unidos (así sucedió en su momento con Genaro García Luna), y tempranamente mencionado como virtual precandidato presidencial para 2030.

Habrá de verse si ese coqueteo opositor con la opción más de derecha del espectro claudista (o menos progresista, si se prefiere usar otra lente; o con menos definición ideológica expresa, si se prefiere un enfoque más benevolente) se mantiene igual conforme avanza el proceso de investigación del asesinato de Carlos Manzo, quien fue presidente municipal de Uruapan, Michoacán.

Las aprehensiones y los indicios hasta ahora realizados por la secretaría federal de seguridad apuntan hacia un traicionero entorno propio y una sugerente infiltración relacionada con grupos del crimen organizado. Fue detenida y luego liberada quien fungió de secretaria particular de Manzo y posteriormente de la viuda sucesora; y ayer se informó de otras aprehensiones, entre ellas la de un ex director de relaciones públicas del citado municipio.

Con los avances judiciales reportados hasta ahora, se va erosionando la en su momento tan vigorosa campaña nacional opositora que pretendió endilgar el citado crimen a una confabulación 4T del más alto nivel. Sumamente excitados, diversos opositores (Ricardo Salinas Pliego entre ellos) corrieron a colocarse un sombrero para hacerse ver solidarios de un movimiento que ¡otra vez! supusieron que significaría el fin del régimen morenista. Y, ahora, García Harfuch…

Y, mientras Donald Trump sigue barajando desde su sitial caligulesco las siguientes opciones de agresión, ya sean en Irán, Cuba, Colombia (aunque un telefonema parecería haber instalado una pausa) o México, país éste que trataría de evitar el zarpazo directo en suelo patrio mediante mejores ofrendas en materia de crimen organizado y la gran “cooperación” con las agencias y fuerzas armadas gringas, ¡hasta mañana, con el secretario de la Defensa Nacional asegurando que “no ha habido sobrevuelos de aeronaves extranjeras en territorio nacional”!

México SA

Trump, cherife desquiciado // Violador serial del derecho // ¿Tratados de ayuda mutua?

Carlos Fernández-Vega

La Jornada

La brutal cuan creciente agresión de Donald Trump contra el planeta en su conjunto (y a sus propios ciudadanos) no sólo ha puesto a parir al supuesto “mundo civilizado” –del que Estados Unidos se jacta de ser “ejemplo a seguir”–, sino a las propias instituciones “garantes de la paz” (aquí debería citarse a la ONU, pero ella sólo es otro cuento de hadas) que surgieron en la posguerra, entre ellas las organizaciones del Tratado del Atlántico Norte (OTAN, 1949) y de Estados Americanos (OEA, 1948).

La cabeza visible del cártel de la Casa Blanca permanentemente amenaza a naciones de los cinco continentes; bombardea, invade, asesina, secuestra, saquea y lo que le venga en gana. Más allá de su constante agresión a Latinoamérica, en los últimos días apunta en cinco direcciones (que no son mutuamente excluyentes): acción militar contra México y Colombia, profundizar el aislamiento de Cuba con miras de invasión, engullir Groenlandia y aumentar la presión contra la Europa comunitaria, acciones que al final de cuentas convergen en la violación de sendos mecanismos de “defensa”, más un tratado de asistencia recíproca, de los que Estados Unidos es miembro activo.

En el caso del nuestro continente, la carta fundacional de la OEA (apéndice del Departamento de Estado) establece que “la agresión a un Estado americano constituye una agresión a todos los demás estados; si la inviolabilidad o la integridad del territorio o la soberanía o la independencia política de cualquier Estado americano fueren afectadas por un ataque armado o por una agresión que no sea ataque armado, o por cualquier conflicto extracontinental o por un conflicto entre dos o más estados americanos o por cualquier otro hecho o situación que pueda poner en peligro la paz de América, los estados americanos, en desarrollo de los principios de solidaridad continental o de la legítima defensa colectiva, aplicarán las medidas y los procedimientos establecidos en los tratados especiales, existentes en la materia”. Es decir, Trump descaradamente viola tales principios y las naciones firmantes de dicho organismo están obligadas a actuar en contra del agresor (México y Colombia son miembros activos, Cuba no y Venezuela se mantiene en una entelequia).

Lo mismo en el caso del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR, 1947), el cual establece que toda agresión de un Estado contra la inviolabilidad del territorio o contra la soberanía o la independencia política de un Estado americano será considerada un acto de agresión contra los demás estados, de tal suerte que éstos deberán intervenir para la defensa común. Desde 2002, con Fox, México dejó de formar parte de este mecanismo; Colombia y Venezuela son miembros activos. Estados Unidos, sí, desde luego, pero, por ejemplo, en la guerra de las Malvinas apoyó a Gran Bretaña, no a Argentina.

En el caso de la OTAN, el compromiso fundacional estipula que las partes firmantes “acuerdan que un ataque armado contra una o más de ellas, que tenga lugar en Europa o en América del Norte, será considerado un ataque dirigido contra todas ellas, y en consecuencia, acuerdan que si tal ataque se produce, cada una de ellas (…) ayudará a la parte o partes atacadas, adoptando (…) las medidas que juzgue necesarias, incluso el empleo de la fuerza armada, para restablecer la seguridad en la zona del Atlántico Norte”. Para estos efectos, “se considerará ataque armado contra una o varias de las partes el que se produzca contra el territorio de cualquiera de las partes en Europa o en América del Norte; las partes se consultarán cuando, a juicio de cualquiera de ellas, la integridad territorial, la independencia política o la seguridad de cualquiera de las partes fuese amenazada”.

Entonces, Donald Trump se ha pasado por el arco del triunfo el TIAR, a la OEA (que es no es novedad) y a la OTAN. Estados Unidos es fundador de esos tres organismos, y en todos los casos no sólo ha violado sus principios, sino que ha sido el agresor: recientemente, México, Colombia, Cuba, Venezuela y Panamá. Por lo que toca a la alianza atlántica, el delirante cherife naranja viola el acuerdo fundacional y agrede a Dinamarca (Groenlandia es nación constituyente de esta nación y el rey Federico X es su jefe de Estado).

En el papel, los países de América y de la Europa comunitaria deberían actuar en consecuencia para detener la enloquecida carrera emprendida por el magnate que devino en inquilino de la Casa Blanca. Pero no: cada cual intenta defenderse en lo individual y como pueda. ¿Hasta cuándo?

Las rebanadas del pastel

Tic, toc: a Salinas Pliego le restan 19 días para pagar los impuestos.

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