Columnas Escritas
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Mensaje directo
Silencio cómplice
Fabiola Guarneros Saavedra
Excelsior
Hay silencios que pesan más que cualquier grito, que duelen, enojan y se clavan en la conciencia colectiva y que, al paso de los años, terminan por convertirse en cómplices involuntarios —o convenientes— de tragedias que nos desbordan.
Por eso, el encuentro reciente de la Arquidiócesis Primada de México con las familias buscadoras no puede pasar inadvertido. Por primera vez, la Iglesia católica pidió perdón a los padres y madres buscadoras por haber callado demasiado tiempo.
Hay un peso moral incalculable en la palabra perdón, y su resonancia se vuelve estruendosa cuando proviene de una institución que ha guardado silencio por demasiado tiempo frente a una de las tragedias más lacerantes de nuestra era: las desapariciones.
La jerarquía católica se mantuvo lejos, casi ausente, mientras miles de familias caminaban solas, entre fosas, expedientes empolvados y autoridades indiferentes.
“Nos habían negado hasta las misas”, le dijo don Gustavo Hernández a mi compañero periodista Pascal Beltrán del Río, en su entrevista radiofónica del viernes, en la Primera Emisión de Imagen Radio. Y se lo reveló sin rencor, pero con la fuerza de quien carga una verdad dolorosa.
Gustavo es padre de Abraham, desaparecido desde 2024 en Escobedo, Nuevo León, y estuvo en ese encuentro con la Arquidiócesis. Lo contó después de escuchar a un obispo pedir perdón varias veces por ese silencio histórico. Y es que en esa reunión se reconoció lo que muchos sabíamos: la Iglesia también había sido cómplice silenciosa al no denunciar, al no exigir, al no acompañar.
“No somos partido de oposición… nuestra palabra profética debe estar al servicio de la verdad y la justicia, más allá de las agendas partidistas… no caigamos en la tentación de ser cómplices silenciosos de situaciones que tocan la dignidad humana”, admitió Francisco Javier Acero Pérez, obispo auxiliar de México, durante el encuentro del 20 de noviembre con los familiares de los ausentes.
Ese reconocimiento no resuelve la crisis, pero abre una puerta a la responsabilidad ética que tantas instituciones han evadido.
Pero cuestionar es obligado: ¿Por qué ahora? ¿Antes no les importó? ¿Qué costo tiene ese perdón tardío? ¿Qué peso tiene el mea culpa cuando cientos de colectivos, como lo hemos documentado extensamente en las páginas de Excélsior, han gritado hasta el cansancio, han cavado la tierra y han sido criminalizados, mientras la casa de Dios se mantenía en la conveniente penumbra?
Durante años, las familias han caminado solas. Fueron ellas quienes rascaron la tierra, literal, para encontrar a sus hijos; quienes aprendieron balística, criminología, derecho, cadena de custodia; quienes convirtieron el dolor en organización y resistencia.
Es una tragedia de décadas sostenida por un silencio conveniente: el de autoridades, corporaciones policiacas, instituciones religiosas y también el de una sociedad que decidió voltear la mirada.
Pensar en desapariciones no es hablar de cifras. Es hablar de valores, de una falla ética colectiva que nos debería cimbrar a todos, porque los responsables no son sólo los grupos criminales —aunque ellos carguen buena parte del horror—, están también policías corruptos, autoridades omisas, funcionarios burocráticos, parejas violentas, padres agresores. La desaparición es un crimen con múltiples rostros, todos igual de crueles.
Por eso, cuando don Gustavo pide que se les llame “ausentes”, no “desaparecidos”, no habla de semántica. Habla de humanidad. Habla de que no se les criminalice, no se les prejuzgue, no se les entierre dos veces: una en la ausencia y otra en el estigma.
La Iglesia católica no sólo pidió perdón, también exigió: “Dejemos de echar culpas al pasado… aprendamos a asumir el aquí y el ahora”, indicó Acero Pérez.
Un reclamo directo al gobierno actual, pero también a cualquier autoridad que crea que gobernar es administrar excusas, porque mientras los políticos discuten, las cifras crecen.
“No puedo odiar a nadie… Yo sólo quiero encontrar a mi hijo”, le dijo Gustavo a Pascal Beltrán del Río con una serenidad que desarma. Esa frase contiene la ética que a muchos funcionarios les falta. Esas palabras son un recordatorio de que los padres y madres buscadores no buscan culpables, buscan vidas. Y mientras ellos cargan palas, el país carga culpas.
La Iglesia habló tarde, pero habló. El gobierno sigue hablando, pero actúa poco o nada. La sociedad escucha, pero ¿cuándo va a actuar? En México, el verdadero milagro no será que la Iglesia pida perdón, se dará cuando dejemos de buscar ausentes.
La inmaculada percepción
Cuando ganar es perder
Vianey Esquinca
Excelsior
México obtuvo su cuarta corona en Miss Universo con Fátima Bosch, una joven tabasqueña de 25 años que demostró inteligencia y talento durante el certamen. Sin embargo, su triunfo ha sido manchado por jurados que renunciaron, acusaciones de fraude, videos de públicos decepcionados y teorías conspirativas que involucran negocios entre el dueño del certamen y el padre de la ganadora. Pero, cuando se trata de México, todo parece posible. Corrupción, intrigas, arreglos bajo la mesa, conflictos de interés. No es paranoia, es experiencia histórica acumulada. Por eso, las declaraciones de dos jueces no cayeron en saco roto. Natalie Glebova, Miss Universo 2005 y jueza de la final, recordó que cuando ella compitió había un auditor que subía al escenario con los resultados sellados de una firma contable y expresó su deseo de que esa práctica regresara. Por su parte, Omar Harfouch, uno de los jueces que renunció 72 horas antes de la final, fue demoledor: “Miss México es una falsa ganadora” y aseguró que el presidente del certamen, Raúl Rocha, “tiene negocios con el padre de Fátima Bosch”. Ante esto, la reacción de muchos no fue de indignación sino de un resignado “bueno, aquí vamos otra vez”.
El problema no es que Bosch haya ganado. El conflicto es que su triunfo llegó presidido, acompañado y seguido de tanto drama que ese triunfo empieza a sentirse más como una carga que como un premio. Desde su coronación como Miss Universo México, donde 27 de las 31 participantes abandonaron el escenario inmediatamente después del anuncio, dejándola celebrando prácticamente sola, hasta el escándalo en Tailandia –donde Nawat Itsaragrisil la llamó tonta lo que provocó una valiente reacción de parte de la tabasqueña–, la historia ha estado llena de escándalos.
A pesar de todo ello, la organización de Miss Universo demostró tener menos instinto de supervivencia mediática que el senador Adán Augusto López y, aunque venían todas las quejas y sospechas, la respuesta institucional fue un “todo está bien, confíen en nosotros”. La organización debió haber convocado inmediatamente a una auditoría externa y transparente, y permitido que una firma contable certificara el proceso. No por Bosch, sino por el certamen mismo, porque cuando el humo de la sospecha se disipa, lo que queda es un título empañado que nadie puede disfrutar completamente.
En México, además, el triunfo de Bosch provocó el fenómeno más predecible de la cultura contemporánea mexicana, la polarización instantánea y absoluta, lo cual fue exacerbado porque la familia de la ahora Miss Universo es morenista activamente beneficiada desde el sexenio pasado. Por ello, apenas se anunció el triunfo y el país se dividió en dos bandos irreconciliables. Por un lado, los defensores que ven cualquier cuestionamiento como un ataque antipatriótico; por el otro, los detractores que consideran que todo fue un montaje. No hay término medio ni matices.
Ese patrón, herencia directa del sexenio de López Obrador, y que se sigue acentuando con el gobierno de Claudia Sheinbaum, genera la división binaria, la imposibilidad del diálogo. Mañana los mexicanos estarán debatiendo con la misma intensidad si la leche entera es superior a la deslactosada o si las quesadillas deben llevar queso por definición, porque parece que en México lo que no genera controversia simplemente no existe.
Fátima Bosch merece que su triunfo se investigue para legitimarlo de una vez. Si hubo irregularidades hay que corregirlas; si no las hubo, hay que demostrarlo o, de lo contrario, el costo de ganar se vuelve tan alto que el triunfo se siente vacío.
Número cero
El intervencionismo de Trump
José Buendía Hegewisch
Excelsior
La paz en la región está amenazada por el intervencionismo de Trump, que hace del poderío militar una sofocante herramienta de coacción con que obligar a acatar sus designios. Sin embargo, su campaña militarista para obtener objetivos políticos con ataques a presuntos narcos en el Caribe o su advertencia de ampliarla a México también le cierra otras salidas al uso de la fuerza por crecer el riesgo de una derrota a su estrategia. Si hubiese cumplido sus amenazas desde que nombró a los cárteles terroristas y lanzó su guerra contra la droga, ya algunos países habrían sido invadidos; al menos atacados en operaciones terrestres o de drones, como está a punto de concretar en Venezuela.
El objetivo de borrar los cárteles de la faz de la Tierra no sólo se ve lejano, sino que sigue un camino errado. Sus ataques contra pequeñas embarcaciones en el Caribe para forzar la dimisión de Maduro o la advertencia de medidas “adicionales” contra México son tan innecesarias como ineficaces. Pero, paradójicamente, fallar en sus objetivos aumenta los potenciales riesgos para la paz porque una derrota de su estrategia es lo único que su ego no podría soportar; menos desde el sótano de su popularidad y cuando necesita mantener vivo el apoyo de sus bases como principal capital político.
Los mensajes repetidos del secretario de Guerra, Pete Hegseth, en sus anuncios en X sobre agresiones kinésicas para limpiar rutas marítimas en el Caribe contra 14 pequeñas lanchas que dice trafican droga son poco creíbles para servir de prueba de represión contra los cárteles, al igual que a Al Qaeda; o de estar frente a un “conflicto armado no internacional”, como se excusa para rechazar ejecuciones extrajudiciales que cobran ya 83 vidas. Es que acaso esos fuegos artificiales o petardos en el Caribe son suficiente evidencia para justificar el mayor despliegue militar en la región desde la Guerra Fría, y sostener el altísimo costo de desplazar sus mayores acorazados para aterrorizar a Maduro y atacar un problema para el que bastaría la Guardia Costera.
Las agresiones de Trump de comparar a los cárteles con Al Qaeda o Isis, llamar a Petro jefe del narco colombiano o referirse a México como “narcoestado”, no son sólo una narrativa, ponen en duda el futuro para la paz. Sobre todo, porque la política de fuerza unilateral contra sus pares socava la confianza y colaboración antidroga. El caso de México es ejemplo de que la colaboración en operaciones e inteligencia ha dado resultados mucho más significativos que la dependencia de los recursos militares. Y, aunque reconoce un nivel histórico de cooperación con Sheinbaum, mantiene el enfoque con el discurso de que el país está controlado por cárteles.
Pero la pregunta es ¿si Trump lleva el intervencionismo estadunidense a otro nivel, del que incluso pudiera perder control? Evidentemente, su mejor opción sería proclamar victoria sobre Maduro, o que México corra por su ayuda para exterminar a los cárteles en una guerra interna. Tendría la evidencia de que su estrategia funciona y ofrecerla como tributo a su electorado. En ausencia de esos desenlaces, el mayor riesgo es la respuesta de Trump dentro del cerco de una campaña militar en la que él mismo encerró su política hacia AL. La idea popular que se atribuye a Buda “en una guerra de egos, el que pierde siempre gana” para convencer de una conducta que es capaz de retirarse de un discurso o conflicto sin importar la victoria, fortalecería a Trump. Porque demostraría tener capacidad de autocontrol y menor ego. Pero difícilmente lo creerá así quien sólo piensa en obtener su victoria así sea perdiendo.
La sociedad sin empleo
Rolando Cordera Campos
La Jornada
Con información del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), el pasado miércoles El Universal publicó una nota desalentadora, que da cuenta de uno de nuestros grandes descuidos: el empleo. “El personal ocupado en la industria manufacturera reportó una caída anual de 2.6 por ciento en septiembre pasado, ligando dos años y medio a la baja desde marzo de 2023”, dice la nota de Rubén Migueles (“El empleo manufacturero suma 2.5 años a la baja”, El Universal, 19/11/25).
Y agrega: “16 de las 21 actividades que conforman al sector reportaron un retroceso anual en septiembre, destacando la fabricación de equipo de transporte, con 7.6 por ciento. Esta rama concentra la mayor parte de los trabajadores, con 18 por ciento del total (…) Además, en 25 de los 32 estados del país hubo contracción del empleo manufacturero. Esas entidades participan con 96.5 por ciento del total de trabajadores empleados en actividades que integran al sector”.
Malos números, pésimas noticias que sin ser, desafortunadamente, recientes, sí apuntan a una verdad de Perogrullo: sin crecimiento económico no hay generación de empleo formal, bueno y suficiente, para atender a los millones de mexicanos que lo solicitan.
El reto que el empleo (nos) plantea es mayúsculo, no sólo porque es un factor determinante del potencial de crecimiento económico, sino porque constituye la principal fuente de ingresos de los mexicanos. De hecho, debería ser tema presente en y entre partidos, políticos, gobernantes, empresarios, acádemicos, medios de comunicación, pero no es el caso; entre nosotros, dadas las machaconas evidencias, el crecimiento económico no importa. Y, por lo visto, tampoco el empleo, que casi en su mayoría es informal.
En una sesión de trabajo reciente, José Casar ilustraba la “suma” de nuestro ya prolongado deterioro económico: entre 2000 y 2018, la economía mostró una tasa mediocre de 1.7 por ciento, aunque menos impresentable que la reportada entre 2018 y 2024, que fue de 0.8 por ciento.
Si bien, nos dijo, en el tercer trimestre de 2022 la economía recuperó su nivel máximo anterior (tercer trimestre de 2018), entre ese trimestre y el tercer trimestre de 2023 apenas creció 3.4 por ciento, pero en los siguientes cuatro trimestres sólo avanzó 1.5 por ciento.
Números que dejan de ser meras referencias cuando advertimos que este empeño militante en negar la realidad ha significado no sólo que el empleo esté estancado y que el ingreso real por hora trabajada crezca poco, incluso con los justos aumentos registrados al salario mínimo, sino que se agotó el (poco) margen de acción de la política fiscal y, renuentes como han sido a realizar una reforma fiscal redistributiva, se opta por una contracción (“bendita” austeridad) del gasto programable, que para enero-septiembre de 2025 fue un 6 por ciento inferior al mismo periodo (enero-septiembre) de 2024, según el reporte de Finanzas Públicas y Deuda Pública.
Reconocer que nuestra economía tiene años postrada es, debe ser, punto de inicio y desde aquí sumar voces y voluntades para realizar una profunda reforma fiscal, dotar al Estado con los ingresos necesarios para impulsar y financiar el desarrollo; impulsar el crecimiento económico y transformar la estructura productiva, propiciar la redistribución. El estímulo a la creación de empleos de calidad y salarios justos debe convertirse en objetivo central de la estrategia de desarrollo.
Requerimos, hay que insistir, retomar la planeación, ser capaces de formular –y desde luego financiar– infraestructura (vías de comunicación, aeropuertos, puertos marítimos); impulsar la educación y la capacitación para un mundo de conocimientos y tecnologías en cambio acelerado; dar atención al territorio –priorizando zonas rezagadas– y al desarrollo sustentable.
De no hacerlo, la economía seguirá mostrando señales desalentadoras que nos seguirán enfilando hacia un perverso triángulo: estancamiento económico, profundización de las desigualdades y creciente violencia criminal.
¿Llegaremos a la excelencia artificial?
Antonio Gershenson
La Jornada
Como señalamos en los dos artículos anteriores en este espacio de La Jornada, con la inteligencia artificial (IA) llegan otras certidumbres, además de otras preocupaciones que merecen reflexión profunda: la sustitución del talento, la experiencia, el sentimiento y la honestidad de las personas en la vida productiva cotidiana. También señalamos que, en las décadas más recientes, el desarrollo de la ciencia ha sido a gran velocidad.
Uno de los motivos para la rapidez con que diversos sectores de la ciencia se involucraron rápidamente en el negocio de la IA fue la inversión de una larga lista de empresas interesadas y diversos gobiernos cuyos niveles de comercialización son los más elevados. En este punto, deberíamos solicitar que a esa lista sería conveniente integrar a aquellos inversionistas de mayor conciencia social.
Como ya es conocido, la IA es la utilización de una serie de sistemas más la información amplia y sistematizada para replicar las funciones que proveen al ser humano del conocimiento necesario para subsistir. Es decir, dichas réplicas tienen que ver con el aprendizaje y la toma de decisiones.
Los esfuerzos actuales para seguir desarrollando la IA están dirigidos a potenciar aún más los principales modelos de este tipo de inteligencia. Existen diversas clasificaciones; algunas de ellas son: la IA débil, que resuelve problemas específicos y relativamente sencillos; la IA general, dirigida a simular la inteligencia humana y que, de hecho, todavía está en experimentación (por cierto, es la que mayor controversia ha ocasionado); la IA superinteligente, que es la que busca estar más allá de las capacidades humanas. De hecho, existen otras clasificaciones, aunque la más conocida es la aquí señalada.
Algunos de los inversionistas más interesados son, en primer lugar, Estados Unidos, con alrededor de mil millones de dólares que aportan empresas privadas y gobierno. En segundo lugar, China, con 150 mil millones, que invertirá en sus 11 empresas dedicadas a la IA para los próximos cinco años. El Reino Unido, único país europeo hasta el momento, destina 7 por ciento de su presupuesto y la mayoría de su inversión gubernamental es a largo plazo. El gobierno y las múltiples empresas de IA habrán invertido 2 mil millones de libras esterlinas hasta 2030.
En cuanto a Canadá, tiene la necesidad, por así decirlo, geopolítica de rebasar a China y, especialmente, a Reino Unido en todos los rubros relacionados con la IA. Su inversión es de 125 millones de dólares a largo plazo. El país es reconocido como pionero en el estudio de la investigación de IA, así como los padres de ésta, Geoffrey Hinton y Yoshua Bengio, ganadores del Premio Turing. Ambos investigadores se adentraron en los sistemas que darían mayor certeza a dicha metodología y, sobre todo, resaltaron el aspecto ético de su aplicación. Canadá ha avanzado significativamente en cuanto al aprendizaje automático (machine learning) y al aprendizaje profundo (deep learning); son, tal vez, las áreas más importantes para el desarrollo de la IA moderna. El aprendizaje automático permite la asimilación del conjunto de datos por parte de las máquinas para procesar la información y crear experiencia que permitirá utilizar, reutilizar y procesar nuevos grupos de datos, sin haber sido específicamente programadas para ello.
Y aquí llegamos a lo más controvertido: ¿estaremos bajo la decisión de las computadoras? Una vez entrenados, los algoritmos del aprendizaje automático serán capaces de encontrar patrones y tomar decisiones en el futuro sobre nuevos conjuntos de datos, aprendiendo cada vez y sin intervención humana alguna.
Canadá tiene liderazgo en el desarrollo de la IA en el aspecto del aprendizaje automático y también en cuanto al aprendizaje profundo. Hacemos hincapié en que el país, en 2017, fue el primero en asumir una estrategia nacional en relación con la inteligencia artificial, llamada Estrategia Pancanadiense de IA, con una millonaria inversión para fomentar el interés, el talento y la investigación.
En México, la mayor inversión para el desarrollo de la IA es de la iniciativa privada; sin embargo, el gobierno actual ha propuesto la Agenda Nacional de la Inteligencia Artificial para México 2024-2030. Una de las metas es la apertura del centro de capacitación en IA, que sería la más grande de Latinoamérica. No obstante, es Brasil el que nos lleva la delantera. El gobierno del presidente Lula da Silva se ha propuesto mayor desarrollo de la IA a corto plazo. El registro de patentes del hermano país es más del doble que el nuestro.
En cuanto al valor de mercado, en México alcanzaría un valor de 32 mil 884 millones de pesos en el presente año, y si el crecimiento es sostenido, dicho valor alcanzaría 110 mil 535 millones de pesos.
Tenemos un largo camino que recorrer en el área de la IA y, en general, en cuanto al desarrollo científico. La falta de apoyo a la industria nuclear en el país será uno de los obstáculos para que tengamos buenas propuestas en IA, ya que una de las fuentes de energía segura, constante y limpia que garanticen plenamente su desarrollo no está siendo considerada del todo y por ahora en el presente gobierno. Sin embargo, esperamos un cambio de criterio a favor en el corto tiempo, por el buen desarrollo de la ciencia en nuestro país.
(Colaboró Ruxi Mendieta).
Para Ximena Guzmán Cuevas y José Muñoz Vega, la justicia llegará.