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Mensaje directo
¿Ya nos rendimos?
Fabiola Guarneros Saavedra
Excelsior
La sensación de vulnerabilidad, miedo y angustia, ese vértigo que no deja dormir, nos envuelve a los mexicanos. Vivimos en un estado de emergencia no declarado: el día transcurre entre asesinatos, desapariciones, secuestros, extorsiones, violaciones, amenazas y humillaciones.
Hay crisis de seguridad en todas sus formas: armada, física, económica y verbal, porque la violencia ya no es sólo un hecho aislado, sino un sistema.
El Estado —gobiernos, autoridades, instituciones— y la sociedad civil están siendo rebasados por esa ola que los delincuentes organizados transforman en cotidianidad.
¿Ya nos rendimos? ¿Nos acostumbramos? o, peor aún, ¿ya normalizamos que haya familias o comunidades enteras que viven del crimen y la violencia?
Los sexenios transcurren con muchas promesas, demagogia y sin resultados. Estamos iniciando el segundo año del segundo piso de la Cuarta Transformación y lo que vemos todos los días —sin tregua— son ataques violentos bien planeados por los grupos criminales en diversos estados de la República: asesinatos políticos, secuestros o desaparición de jóvenes, reclutamiento forzado de menores de edad, homicidios y episodios de “violencia cotidiana” de vecinos contra vecinos, de jóvenes contra jóvenes, que corroen el tejido social.
La descomposición social se manifiesta en todos los niveles y todos los días. Pienso en los seis secuestros de visitantes ocurridos en bares de Mazatlán, Sinaloa; como el caso de Carlos Emilio, el joven de 21 años desaparecido desde octubre, quien entró a un bar propiedad de un funcionario estatal para celebrar su cumpleaños y no volvió.
Su madre, Brenda Valenzuela Gil, hoy es un rostro público de la desesperación, marchando en el malecón y clamando justicia. Este caso, uno de miles, nos recuerda a las madres buscadoras y nos grita que ni siquiera un destino turístico es un lugar seguro.
Pero la violencia no sólo se esconde en el crimen organizado. También habita en la frustración que explota en la calle, en la banalización de la vida y el derecho ajeno. Vimos al hombre apodado El Custodio en Acolman, quien disparó contra sus vecinos por un lugar de estacionamiento, un suceso que revela cómo un conflicto vecinal termina en tragedia, por un sujeto que ni siquiera se cuestiona que matar es un delito.
O el caso de Carlota “N”, la mujer que disparó a quienes invadieron su casa, un acto que, si bien tiene tintes de legítima defensa, es síntoma de un Estado que ha fallado en garantizar el derecho a la propiedad. Y el empresario en Veracruz que saca una pistola y amenaza a sus vecinas por poner macetas en la calle. Son incidentes que demuestran que la irritación y la impunidad son la gasolina de la agresión.
Y la semilla de esta violencia se siembra desde la niñez, cuando vemos con preocupación reportes de niñas y niños golpeando a sus pares a la salida de la secundaria o el bachillerato, replicando los patrones de agresión que consumen en casa o en los contenidos violentos de moda.
La tragedia escala hasta involucrar a los más vulnerables. La noticia del asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Alberto Manzo Rodríguez, a manos de un joven de tan sólo 17 años reclutado por grupos criminales, es un puñetazo al alma de la nación, porque aquí los niños y adolescentes son la carne de cañón del crimen organizado.
La semana que termina nos mostró con crudeza a mujeres que fueron víctimas y el rostro público de los diferentes tipos de violencia:
La violencia del acosador. La presidenta Claudia Sheinbaum fue víctima de acoso sexual mientras caminaba en la CDMX, un hecho que cuestionó, incluso, la fragilidad de su sistema de seguridad. Ese atentado a la dignidad visibiliza lo que millones de mexicanas enfrentan todos los días, en un país donde “si tocan a una nos tocan a todas”.
La agresión verbal y la misoginia en el ojo público. El caso de Fátima Bosch, Miss México, quien fue insultada públicamente y llamada “cabeza hueca” por un directivo de Miss Universe. A pesar de los ataques y la presión, la joven se mantuvo firme: “Nadie puede silenciar mi voz”. Una lección de resiliencia ante el machismo institucional.
Y no podemos olvidar a Grecia, la esposa del alcalde asesinado, quien se enfrenta ahora a la violencia de la ausencia y al dolor de la viudez forzada.
La respuesta a esta crisis está en reconstruir el tejido social desde la base, en devolver a la juventud la dignidad a través de oportunidades reales (no becas de clientela política), y en que el Estado deje de simular y asuma, por fin, la responsabilidad de ser un garante de la seguridad y de los derechos de sus ciudadanos. La normalización de la violencia es la rendición más peligrosa.
¿Estamos dispuestos a que la indiferencia sea nuestro epitafio como sociedad? La respuesta es un reto urgente para todos.
La inmaculada percepción
Cuando el plomo deja de doler
El daño no fue físico, sino simbólico: el poder quedó expuesto.
Vianey Esquinca
Excelsior
Cuando Carlos Manzo, presidente municipal de Uruapan, fue asesinado la indignación se hizo presente. Su muerte sacudió al país, los periódicos nacionales e internacionales replicaron la noticia, las redes sociales ardían con trending topics relacionados al político que cometió el pecado de ser independiente y de enfrentarse al crimen organizado.
La tragedia alcanzó para lo de siempre: discursos de “cero impunidad”, condolencias y reuniones urgentes de seguridad. Incluso la propia presidenta Claudia Sheinbaum tuvo que salirse de su guion habitual y hacer frente a la presión que exigía una postura inmediata. No faltó el consabido “Plan Michoacán” versión 4.0 y la ya tradicional costumbre de la 4T de culpar a Felipe Calderón. Sin embargo, en el mundo digital la efervescencia inicial fue bajando y para este viernes el tema prácticamente había quedado desplazado de las tendencias nacionales. El enojo social se concentró únicamente en Michoacán, donde las marchas y los reclamos por justicia mantienen cierto interés mediático y publicaciones en portadas en algunos periódicos.
No sólo es inquietante el crimen, sino la eficiencia emocional con que se ha procesado. México ha perfeccionado el arte del duelo exprés, de la ira se pasa a la aceptación en cuestión de días. Es justamente a eso a lo que le apuestan los políticos; el partido en el poder y el gobierno federal saben que México ha desarrollado una forma de anestesia cívica que se conmueve e indigna, pero fácilmente olvida. Para que ese enojo se convierta en cambio debe presentarse una fuerza mayor capaz de aglutinar la indignación y canalizarla hacia la movilización social que no se extinga con el siguiente escándalo. Esa figura, movimiento o partido que logre mantener vivo el reclamo más allá del ciclo noticioso hoy no se ve claramente. Esa es quizás la victoria más contundente y triste del régimen, que no necesita reprimir el repudio y desaprobación, sólo esperar que se evaporen solos, rogando que no venga otro episodio que vuelva a detonar la crisis.
Esa ceguera voluntaria, ese pacto tácito de mirar hacia otro lado, es lo que ha normalizado que los alcaldes y políticos locales sean asesinados. La tragedia del interior de la República tiene un problema de marketing, ocurre muy lejos del centro. Las balas suenan sin la misma estridencia que cuando se escuchan en Polanco.
Resulta especialmente obsceno que los que salieron a acusar a quienes opinaban sobre esta tragedia de actuar como “buitres” y “carroñeros” fueron precisamente quienes durante años hicieron del ejercicio de la carroña una práctica política. Esos que politizaban el precio de la gasolina, que convirtieron la Casa Blanca en telenovela nacional, los que usaron Ayotzinapa como bandera electoral durante años y quienes nunca dejaron de pasar una tragedia sin sacarle rédito político, exigen ahora silencio y “no lucrar con la tragedia”. Los buitres no dejaron de serlo sólo por estar ahora en el gobierno o en el Congreso.
Ese sentimiento de vulnerabilidad que se vive en los municipios no fue ajeno a la mandataria cuando un hombre alcoholizado la acosó mientras caminaba por las calles del Centro Histórico. Bastaron unos segundos para poner en evidencia que ni la máxima autoridad del país está realmente protegida. El daño no fue físico, sino simbólico: el poder quedó expuesto.
Afortunadamente, Sheinbaum decidió denunciar, lo que garantiza un cambio de política en el tema de acoso; desafortunadamente Manzo, aunque denunció, la justicia nunca le llegó, pidió ayuda y recibió flores en su funeral porque si bien las violencias no distinguen jerarquías, la justicia sí.
Número cero
El discurso de 4T en seguridad comienza a desgastarse
José Buendía Hegewisch
Excelsior
La reacción oficial en la crisis de seguridad comienza a mostrar límites al discurso de justificar incapacidades del gobierno actual con los responsables del pasado. El sobrecalentamiento de la retórica de la 4T deja ver pérdida de potencia por el desgaste de una narrativa que exime de fallos y culpas ante el golpe de realidad de la violencia en estados controlados por mafias.
La impresión general de las palabras de Sheinbaum de cara a la exigencia de paz y justicia en Michoacán es de cierto extravío del dominio del lenguaje político; con piezas trilladas o mal colocadas que sirven de estratagema para evadir el juicio, como el reo que defiende su imputabilidad por estar en otro lado al lugar del crimen. La coartada para evadir compromisos presentes con la incumbencia de los gobiernos de Calderón y Peña Nieto, y su operador de seguridad García Luna, da muestra de agotamiento; alcanza cada vez menos para cambiar el estado de ánimo del público expuesto al delito diario, a pesar de cifras de resultados positivos de la estrategia de seguridad.
La retórica trabaja con probabilidad, no con certezas, pero requiere de argumentos y pruebas creíbles y comprensibles para todos; que dependen del ethos que imprime el orador por su carácter e historia, y el pathos, que se refiere a las emociones del público. ¿Es todavía creíble el justificante de la guerra contra las drogas de Calderón de 2006 para explicarse la violencia actual? ¿Qué dice a miles que acomodan su vida diaria a las reglas de la extorsión y el cobro de piso ya en el segundo gobierno de la 4T? Esta narrativa sonará hueca a todos los que sufren el avance de la delincuencia y de estados paralelos construidos por el crimen para controlar los territorios.
El discurso comienza a cebarse en la pira de crímenes de alto impacto del presidente municipal de Uruapan, Carlos Manzo, y antes del líder citrícola Bernardo Bravo; más para los que temen denunciar delitos que se multiplican en los últimos siete años sin que la 4T haya encontrado respuestas para reducirlos. También parece falto de coherencia refutar la guerra contra las drogas por estar fuera de la ley cuando la delincuencia compromete el orden jurídico del país con permiso para matar, por la impunidad. Claro que no es legal eliminar narcotraficantes sin juicio, pero tampoco dejar de aplicar la ley a quien cometa delito, como reconoció García Harfuch en el Senado. Tanto como la descalificación de “carroñeros” a críticos o equiparar a adversarios políticos con criminales por cuestionar la capacidad de las autoridades de alcanzar la paz y proteger a Manzo de un atentado en la plaza pública propinado por un menor de edad ante la mirada impávida de sus 14 guardias de seguridad; aunque luego la Presidenta corrigió con el anuncio del nuevo Plan de Paz para Michoacán ante el desbordamiento de indignación y protestas.
Rebajar la responsabilidad erosiona la credibilidad del discurso, porque resalta el modo electoral ante otro triunfo de la violencia; pero rinde cada vez menos credibilidad a la autoridad; que por ejemplo en el caso del gobernador Michoacán está en franco declive por su inoperancia y el rechazo en el pathos de las emociones del público. ¿Qué consecuencias tiene la baja de la potencia disuasiva del gobierno? En la respuesta está la lección que puede dejar el enojo larvado en un estado símbolo de la inseguridad por sucesivos fracasos de los últimos cuatro gobiernos para reducir la violencia y traer la paz, como vuelve a prometer la estrategia y plan del gobierno.
Pero, siguiendo las reglas de la retórica, podría decirse que, por un lado, el discurso de la excusa con el pasado empieza a sonar cansina entre la gente y en la confianza de la estrategia de Sheinbaum, y también en su aprobación popular. Tener la mirada en el retrovisor aleja la esperanza de la paz, más allá de debates sobre la culpa de estrategias fallidas, sean las del PRI y el PAN o los “abrazos, no balazos” de López Obrador.
Y, en conclusión, reflejar falta de coherencia entre el discurso de los liderazgos políticos y sus acciones es punto de partida de la desconexión con el público. La protesta en Michoacán es un llamado de atención al gobierno para realinear sus estructuras con lo que predica y empatar sus dichos y hechos.
¿La inteligencia artificial vs. la clase trabajadora?
Antonio Gershenson
La Jornada
Desde el origen de las civilizaciones, el ser humano ha dependido de las herramientas y de la tecnología, y no se puede negar que el beneficio de éstas ha servido para la supervivencia humana; sin embargo, no todo ha sido positivo.
Para entender mejor esta idea, recordemos que desde el dominio del fuego, el invento de la rueda o el descubrimiento de la potencia de las armas de todo tipo, la sociedad siempre ha sido cautivada por los beneficios que proporciona la tecnología. Aparentemente, ésta ha mejorado la calidad de vida, ha permitido un mayor y rápido acceso a las comodidades de proveerse de los recursos naturales necesarios, sobre todo, por medio de la industrialización. De esta forma, la subsistencia estaría garantizada. Nada más equivocado.
Pasaron siglos para lograr mejores opciones que estuvieran a la mano, más fáciles de adquirir y a menor costo. Aunque un principio social nos dice que la ciencia y la tecnología pertenecen a la población mundial, la verdad es que ambas han sido acaparadas por los grandes capitales.
La mayoría de la sociedad en la actualidad depende de lo que esas empresas le impongan. La tecnología pertenece a quienes la puedan comprar. Lo hemos visto en todos los rubros industriales y en todas las épocas. A lo largo de los siglos, pulir las diversas tecnologías ha sido una tarea imprescindible para las grandes empresas del mundo. Recordemos que todo es negocio.
En realidad, la ciencia y la tecnología son hitos en la historia sin los cuales no podría hablarse de calidad de vida y desarrollo de la sociedad. El crecimiento de las diferentes comunidades, hasta las más modestas, dependió de su tecnología local, en un principio, y con el tiempo la divulgación de las mejores técnicas y métodos se fue convirtiendo en el intercambio más importante entre la sociedad mundial.
Desde la revolución industrial, la producción de mercancías aumentó exponencialmente, lo cual influyó en el cambio del estilo de vida de la población y, en ocasiones, mejoraron los hábitos de salud, lo que se reflejó en el aumento en la esperanza de vida. Aunque podemos asegurar que no mejoró, en sí, la salud pública. Desde entonces, hemos sido testigos de una inmensa lista de inventos, de desarrollo y logros científicos. Pero, como toda innovación humana, o al menos en su mayoría, suele ser tema de polémica, ya que todo invento, supuestamente, ha sido creado buscando el bien en general, aunque también corre el riesgo de ser utilizado, involuntariamente o no, para la destrucción del medio ambiente y, en consecuencia, para nuestro perjuicio también.
Y aquí estamos de nueva cuenta en este espacio de opinión de La Jornada para hacer varias preguntas. Una de ellas es: ¿por qué la creación de técnicas como la inteligencia artificial (IA) tiende, en parte, a la deshumanización de la vida social, en lugar de representar un importante beneficio para todo el mundo, sin excepción, como argumentan sus creadores? En realidad, analizar la parte polémica de las innovaciones de cualquier época acerca del beneficio inicial, especialmente para quienes las crearon, no es tarea fácil, pues inevitablemente caemos en contradicciones.
Inicialmente, la curiosidad por las nuevas posibilidades de mejorar la vida en cualquier aspecto cautiva y obliga a la población a consumir esa nueva cosa inventada. No vemos las repercusiones, sólo el supuesto beneficio inmediato. Por ejemplo, la transformación de los recursos naturales para simplificar la vida fue y ha sido, hasta la actualidad, lo más importante en el consumo de tecnología novedosa. Los perjuicios a largo plazo nadie los enfrenta desde un principio; se cuestiona por voces críticas, pero no tienen éxito. Lo importante ha sido resolver necesidades reales o inventadas en el corto plazo y sin reparar en el precio monetario, social o cultural. Debido a la curiosidad masiva inducida por las empresas creadoras de innovaciones, desaparece el filtro del razonamiento ante los beneficios o peligros de la nueva mercancía. Así es la reacción humana en general.
Con la invención de la máquina de vapor creada por James Watt en 1769 dio inicio la era industrial, y con el paso del tiempo, las máquinas de vapor se fueron perfeccionando, al punto de ser lo suficientemente capaces de generar servicios y productos. Gracias a esta forma de producir, se desplazó en gran parte la energía física, tanto humana como de animales de carga.
Sin embargo, en el caso de los ferrocarriles, nació un gremio, y por otro lado, desapareció otro, el del viejo transporte. Gracias a la energía del vapor nacieron las fábricas. La producción de mercancía se multiplicó y a menor costo debido a su masividad. Es aquí donde nace un gremio muy importante: la clase obrera. La fuerza de trabajo artesanal desapareció y no existió ninguna organización que la defendiera. Fue una consecuencia natural entre comillas.
En los últimos años, las tecnologías y avances científicos han dado pasos gigantescos; un ejemplo de ello es la espectacular IA, tema que ya ha sido publicado ampliamente en este diario. Los beneficios pueden ser múltiples: en la práctica médica, en la industrialización de recursos naturales, en el conocimiento ambiental, en la preservación de especies, en la industrialización con menor contaminación, incluso en el arte y en otros rubros podría ser un gran beneficio. Sin embargo, los perjuicios, si no se resuelven conforme a las necesidades humanas, podrían ser incalculables, muy grandes y trascendentales en contra de la estabilidad social. Las protestas de hecho ya iniciaron y el problema, al parecer, es potencialmente devastador para la fuerza laboral, aun con toda su organización. Pero antes de especular, sigamos analizando a profundidad sobre este importante asunto.
(Colaboró Ruxi Mendieta).
Para Ximena Guzmán Cuevas y José Muñoz Vega, la justicia llegará.
Política y economía: entre el cambio y el estancamiento
Rolando Cordera Campos
La Jornada
El pasado 4 de noviembre participé en una de las sesiones del curso “México y España, una historia compartida. Las transiciones a la democracia 1960-2000”, organizado por la Universidad Autónoma de Madrid y el Centro de Estudios Mexicanos UNAM-España; comparto con los lectores una versión de mi intervención.
I. Revisitar nuestra historia reciente para volver a preguntarnos sobre la actualidad que tiene el vocablo transición se ha vuelto asignatura obligada, entre otras razones, porque la hemos dejado arrumbada por demasiado tiempo. Sobre todo, si inscribimos esta pregunta en la cuestión mayor del estado que guarda el “momento” democrático de una transición que no parece haber aterrizado adecuadamente; no, al menos, según los criterios de evaluación gestados en la propia transición que, en México, se iniciara en 1977-1978. Menos todavía si comparamos nuestra experiencia con la vivida en España en época similar.
Un tránsito de avances, retrocesos y encalles y, en medio, prácticamente incólume, se ha mantenido el rostro de pobreza y desigualdad social articulado por una informalidad laboral inconmovible. Nefasta combinatoria que ha restado credibilidad al propio sistema político surgido de nuestra transición a la democracia, aparte de constituir una fuente permanente de inestabilidad y descontento social.
A lo largo de este tránsito se pensó que la democratización del régimen político conduciría a los gobiernos emanados de esa democracia “germinal”, como gusta llamarla José Woldenberg, a buscar explícitamente la prosperidad económica, lo cual a su vez contribuiría a consolidar las instituciones democráticas y la cohesión social. Al calor de estas dinámicas el país podría, se dijo, tener una economía sólida, capaz de sostener la construcción de un genuino “Estado de bienestar”, del cual la nación ha carecido a pesar de su rica historia revolucionaria y, para más, haber tenido la primera Constitución social.
No resultó así, y hoy buena parte de la democracia establecida presenta configuraciones difusas, confusas, atrapadas por brechas no sólo en sus relaciones sociales, sino en algunas de sus estructuras centrales para el crecimiento y la expansión económica.
En el fondo, el discurso y la práctica democráticos habrían debido encarar el reclamo emanado de una desatendida desigualdad, que cubre todos los planos de las relaciones sociales y desde luego nubla y abruma las demandas originales surgidas de una cuestión social compleja; “cara a cara” que sigue siendo pospuesto.
II. En nuestro caso, el cambio democrático, centrado básicamente en la mecánica electoral, significó pasar de un partido prácticamente único, como lo describiera el propio ex presidente Carlos Salinas de Gortari, a un sistema político plural. Para que este heterogéneo conjunto funcionara, fue necesario hacer muchos ajustes y poner candados para bloquear las triquiñuelas miles que, a lo largo de la “Pax Priísta”, se habían aceptado como formas legítimas de hacer política; ahora en clave democrática.
De aquí que algunos habláramos de una “democracia difícil” y otros de una “democracia otorgada”, como solía decir el avezado analista político y académico Rafael Segovia. La noción misma de “democracia constitucional”, postulada por muchos, parecía más bien meta lejana.
La senda democrática implicaba avanzar en una profunda reforma del Estado, con el fin de reajustar el régimen político, sus leyes e instituciones a ese horizonte de reclamos, carencias y omisiones políticas e institucionales, pero… se dejaron “para otro momento”. En especial, la reflexión y las discusiones para una amplia reforma política del Estado quedaron a un lado de la preocupación política en partidos y medios, así como de importantes círculos de poder y deliberación en el mundo de los negocios y hasta en el sistema universitario nacional.
No sobra reiterar: la construcción democrática no asumió la cuestión social como punto central y fundamental de su agenda.
III. Requerimos repensar la democracia; ser críticos con faltas y omisiones, excesos y complicidades, que son de todos. La democracia no es, no debe ser entendida sólo como un proceso y un conjunto institucional comprometido con la conformación y transmisión legal, pacífica, del poder político. Una democracia constitucional y contemporánea, como queremos que sea la nuestra, debe comprometerse con la promoción de nuestros diálogos sociales para evaluar y modular el ejercicio del poder formal conforme a criterios vinculados con la garantía y protección de los derechos humanos, en particular los económicos, sociales, culturales y ambientales. Todo esto, por cierto, consagrado una y otra vez en la Constitución, reformada para clausurar esa y otras promesas.
Consensuar un nuevo curso de desarrollo, capaz de auspiciar un crecimiento económico sostenible, que dé solidez al intercambio político y a una democracia comprometida con propósitos de equidad y mejoramiento social efectivos. He ahí la senda a construir.