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Lo que dicen los columnistas
¿Cómo elegir a los mejores juzgadores?
Las opiniones se encuentran divididas: algunos ven en los Comités de Evaluación una amenaza de «colonización» por parte de la mayoría en el gobierno; otros, entre los que me incluyo, creemos que, aunque la integración de estos comités pudo ser más cuidadosa.
Ernesto Villanueva | Proceso
Elegir a quienes impartirán justicia es una tarea crucial para cualquier democracia. Aunque para muchos puede no ser un tema de interés cotidiano, este proceso extraordinario para seleccionar a los nuevos integrantes de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, el Tribunal de Disciplina Judicial, una parte del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y la mitad de los magistrados de Circuito y jueces de Distrito representa una oportunidad histórica para salvaguardar el Estado de derecho con todo y las vicisitudes de esta ruta ya decidida. Las opiniones se encuentran divididas: algunos ven en los Comités de Evaluación una amenaza de «colonización» por parte de la mayoría en el gobierno; otros, entre los que me incluyo, creemos que, aunque la integración de estos comités pudo ser más cuidadosa, existen figuras clave, como Javier Quijano Baz, un jurista de integridad incuestionable y gran autonomía de criterio. Su presencia puede ser determinante en este proceso. La historia nos enseña que el esfuerzo por la justicia requiere vigilancia constante, y debemos acompañar críticamente este proceso para asegurar un Poder Judicial libre e independiente. Veamos.
Primero. La Constitución reformada, en su artículo 96, fracción II, inciso b), otorga a los Comités de Evaluación una misión fundamental: no solo deben verificar requisitos mínimos, sino también “identificar a las personas mejor evaluadas que cuenten con los conocimientos técnicos necesarios para el desempeño del cargo y se hayan distinguido por su honestidad, buena fama pública, competencia y antecedentes académicos y profesionales en el ejercicio de la actividad jurídica”. Este mandato no puede ser letra muerta. De nosotros depende que esta prescripción no se convierta en un enunciado vacío, sino en una acción viva que permita elegir a los mejores perfiles para el sistema judicial. Para ello, los Comités necesitan establecer criterios claros y objetivos que permitan evaluar quiénes son realmente los “mejores evaluados”. Entre más transparente y desglosado sea el proceso de selección, menor será la incertidumbre y mayor la credibilidad tanto en el ámbito nacional como internacional. La transparencia es la piedra angular de la confianza ciudadana; como afirmaba Sócrates, “una vida sin examen no merece ser vivida”. ¿Puede la transparencia incidir en el proceso? Sin duda. La transparencia es un arma poderosa contra la opacidad, y su ausencia sería una rendición ante la mediocridad que busca asomarse a la menor oportunidad. La inacción en este proceso no solo es riesgosa, sino que equivale a ceder el campo de batalla a intereses que buscan promover perfiles ubicados en los mínimos y ajenos por entero a los máximos que deberían articular el nuevo Poder Judicial de la Federación.
Segundo. Permitir que perfiles que apenas cumplan los mínimos ocupen estos cargos sería fatal para la independencia y la calidad del sistema judicial. Si no ejercemos presión para garantizar un proceso riguroso, los Comités de Evaluación podrían ser manipulados en favor de los intereses que menos contribuyen al bienestar público. Como decía Thomas Jefferson, “el precio de la libertad es la vigilancia eterna”. Dejar de involucrarnos equivale a dar un cheque en blanco a quienes preferirían jueces dóciles antes que jueces justos. Es esencial que el proceso de evaluación incluya el compromiso social y el impacto positivo de los aspirantes, pero bajo criterios que sean objetivos y medibles. No se trata de añadir un ideal abstracto, sino de respaldarlo con datos sólidos que permitan verificar las contribuciones de los candidatos al tejido social a la luz de las mejores prácticas internacionales. Así, la evaluación objetiva y transparente podría elevar el estándar de calidad en el Poder Judicial, asegurando que los finalistas sean personas de valores y habilidades comprobadas. “La justicia no debe ser solo ciega, sino también sabia y justa”, recordaba Jean-Jacques Rousseau, y en este caso, la sabiduría debe aplicarse desde el proceso de selección mismo. Además, garantizar criterios claros y rigurosos permitirá fortalecer la confianza en un Poder Judicial fuerte, con jueces comprometidos con la justicia y no con favores políticos o presiones externas. Sólo mediante jueces seleccionados por sus méritos y compromiso social, se podrá consolidar ese orden justo y equitativo que México requiere.
Tercero. Por lo que a mí concierne participaré en el proceso, no como aspirante, sino como parte de un proyecto que daremos a conocer en los próximos días, un grupo neutral, sin ninguna filiación ni fobia política. Lanzaremos un sistema de verificación independiente que permita a la sociedad conocer de manera objetiva y transparente quiénes son los aspirantes que buscan formar parte del Poder Judicial de la Federación. Este sistema ofrecerá datos sólidos sobre cada candidato, basados en información objetiva y sin juicios de valor, asegurando que los ciudadanos puedan acceder a información confiable sobre quienes aspiran a impartir justicia en el país. Un proceso de selección sin verificación ciudadana deja las puertas abiertas al abuso de poder y a la falta de rendición de cuentas. La transparencia y la rendición de cuentas son los pilares de una democracia saludable. No podemos esperar a que el Estado tome esta iniciativa, pero aquellos de nosotros que creemos en la importancia de la transparencia tenemos la responsabilidad de actuar. La ciudadanía merece información confiable y verificada. Como expresó Mahatma Gandhi, “la verdad jamás daña a una causa justa”, y es precisamente esta verdad objetiva y documentada la que fortalecerá un proceso judicial íntegro y libre de sospechas. ¿Podemos transformar el proceso con transparencia? Quizá no en su totalidad, pero no saberlo debido a la falta de acción sería inaceptable. Criticar desde fuera puede ser la opción más fácil; sin embargo, involucrarnos para construir soluciones es el verdadero reto. Si queremos fortalecer nuestro sistema judicial, debemos actuar y velar porque este proceso de selección esté a la altura de los valores democráticos que el país debe preservar por el bien de todos.
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Número cero
Elección EU: México sólo pide no sorpresas
José Buendía Hegewisch | Excelsior
El gobierno mexicano lo que pide de la elección en EU es que de las urnas no salga una caja de sorpresas en que todo cabe. Colocar esa pretensión en el centro de la diplomacia es un reconocimiento de la amenaza de remolinos perturbadores para la relación bilateral y de un potencial impacto desestabilizador en que lo inesperado es posible. Como con esas cajitas con muelle que arrojan sorpresas mientras salta el muñeco, la expectación por un triunfo de Trump es enorme para la estabilidad mundial. Puede salir cualquier ganador, por lo cerrado de la competencia con Harris; incluso una crisis poselectoral que el republicano agita con denuncias anticipadas de fraude, como las que acabaron con la toma del Capitolio. Y para México, por la amenaza del proteccionismo de Trump; aunque una victoria de Harris también sería un reto para el frágil liderazgo del gobierno de Sheinbaum.
¿Qué viene? Lo primordial es que el gobierno no ignore la gravedad de los peligros que se avecinan con el cambio en la Casa Blanca, dado que, como dice la voz popular, en política no hay sorpresas, sino sorprendidos. Hace ocho años, Trump pilló al mundo con la irrupción de un outsider disruptivo de la política tradicional y poco previsible, aunque ahora el ruido de su retórica violenta y xenófoba es más conocido. Desde entonces, también se han extendido los liderazgos rupturistas de los protocolos, las pautas y las reglas, como forma de reforzar su popularidad; a los que gusta dar sorpresas.
Todo es posible en América, como cantaba Rita Moreno en West Side Story, por cierto, puertorriqueña, a los que se tilda de “basura” en los mítines de Trump. Es todo lo contrario al deseo de la Cancillería de asirse a todo lo factible para reducir la sorpresa. Un terreno de desafíos para la previsibilidad del gobierno de Sheinbaum, que reclama una íntima asociación del orden y el equilibrio institucional. Pero la cuestión, más allá de deseos, es cómo enfrentar y que tan preparados están para los escenarios más imprevisibles en la revisión del T-MEC, la vuelta de los aranceles o deportaciones masivas de migrantes, que descalabrarían el PIB o propiciarían una caída del peso o las remesas. Se equivocarían si detrás de su petición de evitar sorpresas subestimaran amenazas o menospreciaran los peores escenarios con la idea de que, en el fondo, el bloque de Norteamérica es un ganar-ganar con saldos favorables para los tres países.
Además, las consecuencias de una mala lectura de riesgos darían municiones a opositores y críticos internos para torpedear al gobierno; que esperan que EU imponga límites a las políticas de la 4T, con la estúpida idea de creer que cuanto peor le vaya será mejor para el país. Por eso, la confrontación entre Poderes de la República en que está sumido el país es el mayor factor de debilidad frente al vendaval que se avecina. Lo más importante ante las amenazas externas es la cohesión y la unidad para poder reaccionar con agilidad de manera conjunta. El consenso interno y la adhesión serán imprescindibles para afrontar problemas tan explosivos como la migración o la política antidroga, la revisión del T-MEC o el proteccionismo, que pueden agudizar el desacuerdo político o derivar en una crisis económica que debilite el liderazgo de Sheinbaum, a pesar de su enorme poder.
El protocolo diplomático ayuda a una relación institucional ordenada, pero difícilmente pone a salvo de sorpresas, como dejó claro la captura de El Mayo sin informar al gobierno mexicano. Puede ser un anticipo de la actuación de Trump, poco institucional y proclive a las sorpresas para mantener a su público entusiasmado y sin aliento. Harris, por el contrario, parece una política que no gusta de sorprender. Como ha recordado, votó contra el T-MEC, pero de ella también sorprende el giro hacia la derecha de los demócratas en comercio y migración, espoloneados por la derecha de Trump. Aunque sus formas son diferentes, tampoco deberá sorprender a nadie que de la caja de su gobierno salgan ácidas sonrisas.
El gobierno confía en su análisis de riesgos y pinta “líneas rojas” al “muro” o la condición de “tercer país seguro” para la migración; menos poner en juego la soberanía nacional en la política antinarcóticos, pero para Sheinbaum será más difícil tratar con Trump que como fue para López Obrador.
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Trump y el fascismo
Un triunfo de Trump en la elección del próximo martes sería la derrota de la democracia, tanto en Estados Unidos como en otros países.
José Luis Valdés Ugalde | Excelsior
La tendencia sadista es el deseo de hacer a otros sufrir o verlos sufrir. Este sufrimiento más frecuentemente es sufrimiento mental.
Su objetivo es dañar, humillar, avergonzar a otros, o verlos en situaciones embarazosas y humillantes (…)
El sádico necesita de la persona sobre la cual domina y la necesita imprescindiblemente, puesto que sus propios sentimientos de fuerza se arraigan en el hecho de que él es el dominador de alguien.
Erich Fromm
Son muchos los rasgos que asemejan a Donald Trump con el liderazgo narcisista que identifican al líder fascista, según Erich Fromm en su gran ensayo El miedo a la libertad, que se abocó, entre otras cosas, al análisis del autoritarismo, en particular de Hitler. Este líder narcisista y también carismático degrada a sus públicos diciéndoles que son basura y que sólo él con su liderazgo mesiánico los puede convertir en personas dignas de ser consideradas tales –aunque degradadas–. Más aún, este liderazgo les da sustancia a partir de la fórmula de que son unos desdichados, y que sólo con él y a partir de él, pueden acceder al paraíso terrenal. Este discurso humilla por medio del sadismo al contrincante, o a cualquier interlocutor “anómalo” y “no perteneciente”. Desde que hace años Trump exigiera a Obama su acta de nacimiento, argumentando que el expresidente había nacido en Kenia y posteriormente se había mudado a Indonesia a profesar la religión musulmana, este personaje se ha distinguido por una narrativa soez y golpista en contra de todo lo que se le oponga. Entre más humillados por el sadismo del liderazgo trumpiano, más sensación de “pertenencia” a algo y ese algo es el precario mundo que Trump les promete a sus seguidores. En este sentido, Fromm nos recuerda que hay una relación entre el sádico y el objeto de su sadismo: “la dependencia de la persona sádica con respecto a su objeto”. Fromm nos señala algunas tendencias de esta conducta sádica, por ejemplo, el “sometimiento de los otros, al ejercicio de una forma tan ilimitada y absoluta de poder que reduzca a los sometidos al papel de meros instrumentos. Otra está constituida por el impulso tendiente no sólo a mandar de manera tan autoritaria sobre los demás, sino también a explotarles, a robarles, a sacarles las entrañas, y, por decirlo así, a incorporar en la propia persona todo lo que hubiere de asimilable en ellos: ‘yo te mando porque sé qué es lo que más te conviene y en tu propio interés deberías obedecerme sin ofrecer resistencia’. O bien, ‘yo soy tan maravilloso y único, que tengo con razón el derecho de esperar obediencia de parte de los demás’”. Estos rasgos retratan el liderazgo autoritario de personajes como Hitler, Putin y Trump.
Todo esto viene a cuento por la lluvia de comentarios sobre el fascismo de Trump de antiguos colaboradores del exmandatario. Por ejemplo, los generales Mark A. Milley (“Trump es fascista hasta la médula”) y John Kelly han señalado los rasgos fascistas de Trump y su carácter dictatorial y desordenado. Dura crítica viniendo de dos actores que intimaron con el magnate, al tiempo que estuvieron en desacuerdo con Trump por sus impulsos autoritarios. El peligroso chovinismo de Trump y su despotismo poco ilustrado representan la antítesis del conservadurismo del partido de Lincoln, que en forma más civilizada que salvaje era conducido por decorosos representantes del Partido Republicano. Lo que ocurre con este partido es que vive una descomposición ideológica de dimensiones aún inconmensurables y que se han reflejado en los resultados electorales de 2020. Trump es un hombre enojado, corroído por la rabia, el odio y la ira, lo que a su vez comparte con sus furiosos seguidores, quienes ahora amenazan, al igual que él, con no reconocer los resultados electorales si no triunfa. Además, advierte que el proceso es fraudulento y que opera en su contra una conspiración orquestada por la prensa liberal y los sectores progresistas. Ya lo dijo Trump mismo: “seré dictador el día uno de mi mandato.” Así es Trump, así era Adolf Hitler.
Un triunfo de Trump sería la derrota de la democracia, tanto en EU como en otros países. Se consolidaría la autoritaria internacional populista que ya tiene en Hungría, Suiza, Países Bajos, Gran Bretaña y Alemania, entre otros, fieles seguidores de extrema derecha que se han consolidado en el poder (como en Hungría) o que han avanzado sustancialmente en la búsqueda de éste (los neonazis en Alemania) cancelando la institucionalidad democrática. El triunfo del trumpismo sería el triunfo de la regresión política y el estancamiento socioeconómico. Sería un triunfo del pasado sobre el presente y el futuro.
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¿Identidad latina?
Jorge Durand | La Jornada
Para empezar, en Estados Unidos, los latinoamericanos de origen, sean migrantes, nacionales o residentes, forman un grupo bastante heterogéneo, en cuanto a clase, raza y cuna nacional. Quizá su mayor concordancia radique en su cultura católica y su mayor discrepancia o divergencia en la nacionalidad.
De hecho, no comparten la misma categoría identitaria, pues unos se consideran latinos y otros hispanos. Mejor dicho, en la costa oeste los llaman latinos, por decisión del periódico Los Ángeles Times y en la costa este los llaman hispanos por decisión del New York Times. Los mexicanos se consideran más como latinos, mientras los cubanos como hispanos, por nombrar a dos grupos mayoritarios.
Por otra parte, el conglomerado hispano-latino, en Estados Unidos es una categoría oficial del censo, de acuerdo con raza y/o etnia, Pero en el grupo hay, tanto blancos como negros, asiáticos y mayoritariamente mestizos. Curiosamente, a los latinos que se consideran blancos, por su piel, su identidad étnica, su lengua, cultura y nacionalidad no los admiten como blancos porque se apellidan Pérez o Sánchez, incluso aquellos que se apelliden Smith por vía paterna, pero sean Fernández por parte de madre.
En una ocasión, en una reunión con personal del censo estadunidense para discutir este tema, se hizo el ejercicio de remontarse a los abuelos, con el fin de reclasificar a aquellos latinos que querían pasar por blancos, pero que en realidad tenían ancestros latinos; fue algo así como la regla que existe para los negros, de una gota de sangre negra, igual negro. Aunque la madre sea de India y el padre de Jamaica, colonia británica, el resultado es el mismo negro, como bien sabe Kamala Harris.
A su vez, los hispano-latinos de raza negra o mulata no quieren ser identificados como negros, aunque la corriente los lleve en ese sentido. Una historia publicada hace años narraba que dos balseros cubanos amigos, vecinos y del mismo equipo de futbol, al llegar a Florida uno, que era blanco, se fue al barrio blanco y el otro, al barrio negro, pero ya no se encontraron, ni podían jugar en el mismo equipo.
Al contrario, los migrantes negros de origen brasileño prefieren identificarse como negros. En realidad, muchos de ellos tampoco se identifican como latinoamericanos.
Pero la razón es muy sencilla, si se identifican como hispano-latinos, los pueden catalogar de indocumentados, por lo que al considerarse negros quedan mimetizados como nacionales.
Algo similar sucede con los latinoamericanos de origen chino y japonés que son categorizados asiáticos, en sentido muy amplio. En estos casos, la identidad puede adecuarse al medio. En Nueva York, por ejemplo, a los peruano-japoneses les conviene identificarse como latinos, pero en California estos mismos optan por identificarse como asiáticos, porque tiene mucho más prestigio.
Pero la mayoría de los hispano-latinos son en realidad mestizos, categoría que no existe ni encaja en ese sistema clasificatorio, por eso ahora se utiliza la de dos o más razas, la cual es cada vez más relevante. En realidad, la identidad es un recurso y lo utilizas de acuerdo con lo que te conviene. Más aún, cuando ahora se utiliza la autodescripción y tú defines lo que eres.
Pero más allá de la raza, está la clase, la cual suele tener un componente residencial. Los mexicanos ricos en Houston se concentran en los suburbios de Woodlands, y los que viven en San Diego, en La Joya o Coronado y así pasa con los venezolanos y peruanos en Miami y los más cosmopolitas, de todas partes, que prefieren Manhattan.
Este sector minoritario, de clase alta, juega como hispano-latino, porque sus negocios suelen estar en Estados Unidos y en su lugar de origen. Su opción política es claramente republicana, y en sus países de origen conspiran desde la derecha. Este sector, obviamente, no se siente muy necesitado de relacionarse con el grueso de los latinos, salvo los de su misma clase, pero hacen una excepción con el servicio doméstico.
En tiempos electorales, hablarle o dirigirse a los latinos resulta ser un dilema complicado. Estos ya no quieren oír hablar de migración, pero para los políticos como Trump es el tema fundamental, y los demócratas no saben qué decir.
Como quiera, a pesar de las diferencias y disparidades, los hispanos-latinos viven un profundo proceso transcultural en el continente, de matrimonios mixtos entre latinos en Estados Unidos y de profunda y añeja migración intrarregional en Sudamérica, a la que habría que añadir la reciente gran dispersión de venezolanos en todo el continente.
La migración, finalmente, sería el gran catalizador de una nueva y gran identidad latinoamericana, con una profunda y masiva penetración en angloamérica y con el debilitamiento de la subcultura nacionalista, que finalmente, es lo que nos divide.
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Desde el sótano de la confusión
Rolando Cordera Campos | La Jornada
Vaya con la ilusión utópica del título de este artículo. ¿Más allá de las confusiones? ¿Cómo si ellas no fueran lo nuestro? ¿Cómo ir más allá del hábitat opaco y sí, confuso, que tan afanosamente nos construimos?
Aparte de su metafísica ineludible, la consigna de inicio debe asumir que hacer cabeza en esto de confundirnos, confundir, confundirse, ha tocado al gobierno anterior y, por desgracia, también al actual. Y aquí sí que estamos en problemas.
En nombre del voto mayoritario, el gobierno del segundo piso pretende erigir el culto a un nuevo dios, deidad de la verdad democrática y absoluta. Y bien apoyado por la voluntad mayoritaria; la voluntad del pueblo. Qué mayor prueba se puede pedir en estos tiempos posmodernos y de neoliberalismos sometidos por dicha voluntad, salvo en los asuntos de moneda y crédito decretados monopolio del poder hacendario.
El llamado a civilizar la política, alejarla de cualquier barrunto de violencia o disrupción, en un ayer no muy lejano estaba en el centro de cualquier propuesta progresista democrática. Hoy está arrinconado por los tiempos del desorden mental que indefectiblemente llevan a la confusión, los malos entendidos y el enojo.
Mientras, los datos sobre ejecuciones y muertes siguen su aterradora y cotidiana marcha hacia la desprotección generalizada de personas y comunidades hasta llevarlas a estados de sitio o excepción que, por lo visto en Sinaloa, no pocos parecen querer volverlos estados de hecho, en palabras de José Woldenberg, del todo contrarios a nuestra arcana aspiración de contar con un Estado de derecho.
La anomia se abre paso en prácticamente todos los horizontes, acompañada de una irracional negación de la realidad por parte de quienes mandan y tienen el poder. El remolino no nos alevanta, como en el corrido, nos arrastra hacia sótanos de enconos e incertidumbres.
La prisa es otra de las variables que encabezan nuestro infausto hit parade, y se ha expresado con fuerza y miopía inauditas. La peor de las compañías, si de lo que se trata es de contar con una mejor democracia y un Estado capaz de protegernos, así como de promover un desempeño económico que sea satisfactorio y de aliento para la sociedad en su conjunto y sirva para desatar potencialidades productivas que muchos todavía imaginamos tener con nosotros.
El litigio desatado inconstitucionalmente por los gobiernos, anterior y actual, ha puesto en la picota un sistema de procuración y administración de justicia que, sin duda, requería de algo más que una mano de gato, pero de ninguna manera su demolición orquestada nada menos que por los otros dos poderes que dan cuerpo a la república.
Hoy, esta república anda sola y obligada a navegar por mares tormentosos donde los poderes del mundo disputan una hegemonía que nos ha puesto sin más al borde de una guerra generalizada y, para qué ocultarlo, con colmillos atómicos. Y en estos escenarios veremos colapsar formaciones político-jurídicas y decaer sistemas económicos, de producción, consumo y distribución que todavía hoy muchos pretenden ver como un orden eficaz para la vida humana y su reproducción.
Por ello tenemos que insistir: la defensa de la república es, tiene que ser, la defensa y promoción del derecho y la búsqueda de justicia en todo y para todos.
Lo que con muchas dificultades podía ofrecer el orden jurídico hoy devastado y que el supuesto nuevo orden de la enésima transformación no puede siquiera balbucir, no digamos construir desde las cenizas del edificio que quieren reducir a cenizas.
Y como la vida y el show tienen que seguir, ahí vienen el presupuesto y la innegable realidad y perspectiva de una crisis fiscal que, pronto, puede devenir debacle financiera y postración económica. Y sin jueces a que acudir en pos de algún consuelo, alivio, aliento.
