Conoce más de nosotros

Columnas Escritas

Lo que dicen los columnistas

Published

on

Twitter
Visit Us
Follow Me
You Tube
You Tube
Instagram

Juego sucio, renuncias y licencias

Elisur Arteaga Nava

Proceso

Marcelo, como buen jugador, se ha adelantado a sus competidores, reales o ficticios. Presentó su renuncia definitiva al cargo de secretario de Relaciones Exteriores el lunes 12 de junio en curso. Ya le fue aceptada. Sabiendo que su permanencia en el cargo no dependía de él, no hizo la promesa de desempeñarlo los cinco años 10 meses que duraría el “sexenio.”

Marcelo sabe que AMLO y Morena están jugando en favor de Claudia y que lo hacen con dados cargados. Que las encuestas, las precampañas y la consulta a la ciudadanía son una farsa para legitimar el destape de la “corcholata” preferida.

No estoy inventando. Tampoco diciendo algo novedoso. El propio AMLO dijo hace unos meses que él no incurriría en el mismo error en el que cayó Lázaro Cárdenas, que eligió a un moderado como su sucesor.

Implícitamente reconoció que recurrirá al “dedazo” y que, llegado el momento, se inclinará por alguien que se identifique plenamente con su programa; ese alguien se llama Claudia y se apellida Sheinbaum. Lo demás es teatro.

En ese contexto, a Marcelo, de inicio, para que no digan que es un rebelde o un perdedor, le conviene prestarse al juego de AMLO y Morena. En una de esas resulta favorecido por las encuestas. Una vez que toda la parafernalia echada a andar concluya y que, como es de esperarse, resulte Claudia ganadora, no le faltarán razones para alegar que hubo fraude, dados cargados y juego sucio y, por ello, se niegue a cumplir los compromisos que los candidatos aceptaron en la cena y en la asamblea del domingo 11: de someterse y aceptar el cargo que se les dé.

Puestos en este extremo, muchos morenistas le pudieran dar la razón; ellos, juntos con su líder Marcelo, cobijados por una o más franquicias de la oposición, deben emprender por su cuenta la aventura de conquistar la Presidencia de la República.

Como la esperanza muere al último, a Marcelo le conviene aguantar hasta el fin de la farsa. Hará bien en hacerlo; y, llegado el momento, mal en no intentar llegar por una vía alterna.

Lo de los premios de consolación a quienes resulten perdedores es otro engaño; es una maniobra encaminada a convencer a los perdedores a que acepten el dedazo. Chistoso se va a ver Adán Augusto cuando, por ejemplo, como secretario de turismo, sea regañado por su jefa Claudia, a quien ahora ve como su inferior o su igual. Llegado el momento ella, como “corcholata” ganadora, sería ilusa si espera una colaboración de buena fe de quienes ahora son sus adversarios y que

en 2024 sean los presidentes del Senado o de la Cámara de Diputados. Eso no va a funcionar. No le crean a AMLO.

Se entiende que los legisladores del Congreso de la Unión representan a la Nación y a sus electores. A ellos se deben. Pese a eso, AMLO, desde ahora, pretende imponerles a quien los pastoreará. No se vale.

Está de moda renunciar a un cargo público. Lo hacen tanto quienes deben hacerlo, como quienes no. Lo intentan quienes prometieron al electorado que durarían en su encargo todo el tiempo que marca la ley, como los que no lo hicieron. Por razones de la publicidad que da la maniobra o por ignorancia, también lo hicieron aquellos que ocupan cargos irrenunciables.

Se ha afirmado que, para estar en posibilidad de aspirar al honroso título de “corcholata” de Morena, los interesados deben renunciar en forma definitiva al cargo público que desempeñan. Se ha fijado un plazo para que lo hagan.

Adán Augusto López, secretario de Gobernación, por aquello de que, sin saber por qué, su jefe lo incluyó entre las “corcholatas”, también debe renunciar. Lo tendrá que hacer cuando comenzaba a calentar la silla y a tomarle gusto al cargo; fue tan corta su estancia que no tuvo tiempo para entender la naturaleza de la función que tenía encomendada. Se nos va el segundo secretario de Gobernación. Esperemos que el tercero no tenga el sello Made in China y concluya el sexenio.

En la Constitución se prevé expresamente que ciertos cargos son renunciables. Debe entenderse que los restantes son irrenunciables. Respecto de ellos se limita a disponer que sus titulares pueden pedir licencia. Paso a explicarme.

Por disposición constitucional expresa, son renunciables los cargos de presidente de la República y los de ministros de la Suprema Corte de Justicia (arts. 86 y 98, p. 3). En ambos casos se prevé que la renuncia sólo es procedente por causas graves y que se requiere que sea aceptada o aprobada por un tercero: en el caso del presidente de la República, por el Congreso de la Unión, actuando las Cámaras que lo integran en forma separada y sucesiva (art. 73, frac. XVII); en el segundo supuesto: las renuncias de los ministros deben ser aceptadas por el presidente y aprobadas por el Senado (art. 76, frac. VIII y 98, p. 3).

En el caso de los legisladores que son miembros del Congreso de la Unión, no existe norma que prevea que sean renunciables; la Constitución se limita a disponer que ellos pueden solicitar licencia (arts. 62 y 78, frac. VIII). Las licencias las conceden la Cámara a la que pertenecen y, en sus recesos, la Comisión Permanente. Debido a lo anterior, debe concluirse que los cargos de legislador, diputado o senador al Congreso de la Unión, son irrenunciables. Ricardo Monreal, como conocedor que es del derecho constitucional, ha pedido licencia.

Sólo por entrarle a la moda, puesto que nadie los ha tomado en cuenta ni los voltea a ver, Gerardo Fernández Noroña, diputado federal, y Manuel Velasco Coello, el otro “niño verde”, senador de la República, han anunciado que

renunciarán a sus encargos. Para beneficio de ellos, como lo he dicho, sus cargos no son renunciables. Deben limitarse a solicitar licencia y abstenerse de cobrar sus dietas por el tiempo que dure su ausencia.

Ambos, conociendo sus limitaciones y antecedentes, con su separación buscan algo simple: publicidad para sus personas y crédito para las organizaciones políticas a las que pertenecen, con vista a asegurar su reelección. No les da para más.

Juegos de poder

Claudia, la xenofobia y el antisemitismo

Leo Zuckermann

Excelsior

Era previsible que, en cuanto Claudia Sheinbaum se convirtiera en aspirante real para ser la primera presidenta de México, comenzarían los ataques falsos en su contra. Así de ruda es la política, hoy más gracias a las redes sociales.

En este caso, la están acusando de extranjera y judía, tratando de explotar dos prejuicios que todavía existen en nuestro país: la xenofobia y el antisemitismo.

Como a todos los que estamos en las redes sociales, me llega mucha basura. Noticias falsas a las que no les presto la menor atención. Salvo que me van dando una idea de por dónde van los ataques de las campañas negativas en esta temporada electoral.

Estos días he recibido un video de TikTok que literalmente dice:

“Una judía-rusa a la Presidencia de México.- La candidata de Morena, Claudia Sheinbaum, nació en Bulgaria en 1957 y nuevamente fue registrada en México en 1962. La Constitución prohíbe a los extranjeros ser presidentes de este país”.

Nada innovador hay en este ataque. El “genio” que lo hizo simple y sencillamente se lo está copiando a los llamados “birthistas” de Estados Unidos. Se trata de descalificar a un candidato tildándolo de mentiroso, extranjero y miembro de un grupo minoritario de la sociedad.

Es exactamente lo que le hicieron a Obama en 2008 cuando empezó a subir como la espuma en la elección primaria del Partido Demócrata. Los seguidores de Hillary Clinton circularon un correo electrónico donde se afirmaba que la madre de Obama vivía en Kenia con su padre musulmán y ahí parió a su hijo. Luego lo llevó a Hawái a registrarlo. Ergo, era un keniano que no podía convertirse en presidente porque hay que ser ciudadano estadunidense por nacimiento.

El ataque, sin embargo, también estaba diseñado para tildar de mentiroso a Obama, dejar la idea que era musulmán (en un momento donde había odio social en contra de esta religión por los ataques del 11 de septiembre de 2001) y, de paso, recordarle a los racistas que también era negro.

En suma, estábamos frente a una conspiración de un musulmán negro que quería ser presidente para destruir ese país desde adentro. En una sola fórmula se apelaba a la xenofobia, el racismo y el encono en contra del Islam.

A pesar de estos ataques, Obama ganó. Pero un ciudadano privado, con amplio acceso a los medios, retomó esta falsa conspiración y estuvo duro y dale con el “birthismo” en contra del presidente Obama. Su nombre: Donald Trump.

Fue tal la presión, que la Casa Blanca se vio obligada a publicar el acta de nacimiento de Obama para acallar los rumores. No sirvió de nada. Trump la consideró como falsa y siguió con el cuento de que no había nacido en Estados Unidos.

Bueno, pues lo mismo quieren hacer ahora con Claudia. No nació en México sino en Bulgaria. La trajeron aquí para registrarla. No puede ser, por tanto, presidenta.

Además, aunque haya nacido en Bulgaria, en realidad es una “judía-rusa”. Dos gentilicios sacados de la basura literaria de Salvador Borrego.

Lo de “rusa” es para tildarla indirectamente de comunista. Una “roja” o “bolchevique” que es parte de una conspiración para destruir a México desde adentro, como lo iba a hacer el musulmán negro en la Casa Blanca.

Lo de “judía” es para explotar el antisemitismo. La pregunta se asoma con todas sus letras: ¿de verdad queremos a una no católica en Palacio Nacional?

Sheinbaum, desde luego, no es ni búlgara ni rusa. Es mexicana. El problema es que, aunque publique su acta de nacimiento, dirán que es falsa y seguirán difundiendo esta basura.

En cuanto a judía, según he visto, Claudia no niega su origen judío. Sin embargo, por lo que sé, no se considera ya como judía.

En una ocasión le pregunté al expresidente de Israel, Shimon Peres, quién era judío. Me contestó: “el que se siente judío”. Coincido. Un judío es alguien que se siente judío y punto. Si Claudia Sheinbaum no se siente judía, pues no lo es.

Será agnóstica, atea o guadalupana. No importa. México, hasta donde entiendo, es una República laica, donde las convicciones religiosas no son requisito para ser presidenta.

Pero eso dice la ley. La realidad es que todavía existe gente en nuestro país que, profunda o superficialmente, duda de la conveniencia de que alguien no cristiano

pueda convertirse en presidenta. Y eso, por desgracia, lo van a explotar los malquerientes de Claudia para atacarla.

Sheinbaum no la tiene fácil hacia adelante. A la xenofobia, antisemitismo y anticomunismo de la burda y falsa invectiva que ya circula, agréguese el machismo, que tratarán de explotar por ser mujer

Sin diálogo y crítica, no es democracia

Mario Luis Fuentes

Excelsior

El partido Morena ha iniciado de lleno su proceso para la selección de quien habrá de ser su candidata o candidato a la Presidencia de la República. Y a pesar de que el presidente López Obrador había sostenido, y aún lo hace, que él no habría de intervenir, en realidad, en todos los pasos que se han seguido en el proceso se ha dejado ver que en ese partido no hay otro liderazgo que tome las decisiones y cuyas instrucciones sean acatadas prácticamente al pie de la letra.

En ese contexto, no dejan de sorprender dos determinaciones de procedimiento que deben seguir la y los aspirantes a la candidatura presidencial de Morena: no debatirán entre sí ni se harán críticas mutuas; ni tampoco podrán realizar críticas al gobierno federal ni a su titular.

La invención de la democracia en la Grecia arcaica tuvo en su base tres elementos fundamentales e insustituibles: en primer lugar, el reconocimiento de la igualdad entre los ciudadanos; se trataba de personas reconocidas entre sí como libres e iguales. En segundo lugar, en tanto que todos se reconocían como iguales, todos debían estar, por lo tanto, sujetos al imperio de la ley y, en tercer lugar, se reconocían como sujetos de lenguaje, es decir, sujetos dialogantes porque en el diálogo es donde se despliega la razón, esto es, lo característicamente político.

En la cultura política griega había sanciones muy duras para quien abusara de su derecho a hablar, en cuyo caso era condenado al ostracismo y, por otro lado, también había severos castigos para quien se negara a discutir con seriedad sobre los asuntos públicos y explicar las razones de sus decisiones.

De este modo, frente a lo esencial de la democracia, en Morena han decidido que sus principales liderazgos guarden silencio. Que no deliberen sobre la mejor forma de conducir al país y, lo que es más: se les ha prohibido tácitamente tener una visión propia; porque, al renunciar a la posibilidad de criticar lo que se ha hecho hasta ahora, implícitamente, es que reconocen que el rumbo que ha tomado el país es el correcto y que de lo que se trata es, si acaso, de mejorar lo logrado.

¿Acaso no importa cuál es la visión de país que tienen la y los aspirantes de Morena a dirigir los destinos del país? ¿O es que han aceptado que hay un

pensamiento único, tallado en mármol, para que quede intacto e inamovible para el resto de los tiempos por venir?

En un sexenio en el que se ha convocado reiteradamente a pensar históricamente, es de singular relevancia recordar que los modelos de sociedad donde sus códigos de actuación se han escrito en piedra no han sido precisamente los más abiertos o democráticos; así, por ejemplo, las Tablas de la Ley mosaicas, el Código de Hammurabi o los mandatos faraónicos tallados en las paredes de los templos.

Si algo le urge a nuestra democracia es convertirse en un sistema político auténticamente deliberativo; porque ése es uno de los grandes déficits que quedaron pendientes en la transición democrática y en los distintos momentos de alternancia partidista: se ha negado sistemáticamente la construcción de una nueva lógica parlamentaria en el Congreso; y eso mismo se repite al interior de todos los partidos políticos, donde se imponen las voces e intereses de camarillas.

La democracia tiene como característica fundamental el disenso, la pluralidad, la multiplicidad de voces y de visiones que pueden y deben expresarse libremente para generar consensos cuyo resultado deseable sea la construcción de políticas y acciones de gobierno para todas y todos, incluidas las minorías.

Uno de los lemas favoritos de las izquierdas mexicanas, a partir del movimiento estudiantil de 1968, fue el de “prohibido prohibir”; mismo que ha sido repetido incontables ocasiones por el Ejecutivo federal a lo largo de su carrera como líder social y ahora como Presidente. Lamentablemente, parece que es una de las tantas ideas que han quedado en el olvido de su movimiento.

4T, pendientes y aclaraciones

Bernardo Bátiz V.

La Jornada

En la reunión del consejo de Morena del domingo 11 se tomó una importante decisión: se aprobaron reglas para que la elección de la persona que competirá por la Presidencia en 2024 sea equitativa y sin ventajas para nadie. Son, como se sabe, varios candidatos varones y una mujer, hay también mucho entusiasmo y confianza en que el proyecto Cuarta Transformación (4T) se consolide.

Las reglas son precisas: habrá un sorteo para elegir cuatro empresas encuestadotas propuestas por los participantes y una más, de Morena; de ese modo, se evitarán polémicas y suspicacias, se mantendrá la unidad y quienes no resulten triunfadores no tendrán razón para romper su lealtad.

Se recordó que en una campaña presidencial importa la persona, candidata o candidato, pero más el programa. No sólo la difusión de lo ya hecho, que es mucho: programas sociales, obra pública, combate a la inseguridad, una moneda

sólida, recuperación del empleo, reconocimiento internacional y confianza del pueblo mexicano. También habrá que decir lo que se propone.

La campaña, que está a la vuelta de la esquina, no será fácil: ataques y calumnias no se han detenido y quienes perdieron privilegios o posiciones tratarán de recomponer su posición y, sin duda, contarán con recursos cuantiosos para tratar de frenar a Morena; hasta ahora no han logrado cambiar la preferencia de la mayoría del pueblo mexicano, pero harán todo lo posible por lograrlo.

En cuanto al proyecto, hay dos pendientes importantes para consolidar lo logrado: las bases están sentadas, pero faltan programas que profundicen el cambio. Pienso que los más importantes son la educación y un sistema económico alterno al neoliberalismo. También está el asunto de la justicia en el que tanto ha insistido el Presidente, señalando que el Poder Judicial requiere una reforma a fondo.

En cuanto al sistema educativo, llevamos en cinco años tres secretarios del ramo, un hombre y dos mujeres. Esto ha sido un obstáculo para consolidar a la Nueva Escuela Mexicana. Hay bases firmes y tanto la ahora gobernadora electa del estado de México como la actual secretaria, han hecho un encomiable trabajo para extender los principios básicos del proyecto: humanismo mexicano, lectura y escritura como apropiación de las culturas y consolidar a la escuela como una comunidad viva. Vamos bien, pero la pandemia impidió clases presenciales y los cambios en el mando han sido elementos retardatarios del programa. Los estudiantes, especialmente en educación básica, requieren recursos, escuelas dignas y bien equipadas, también que los docentes sean socialmente reconocidos como factor del cambio y tengan ingresos dignos para afrontar su vocación y rescatar a su sindicato del charrismo que no ha desaparecido del todo.

En economía, en mi opinión, se requieren alternativas al neoliberalismo y a la economía de mercado; pienso que se debe legislar para que los trabajadores tengan participación tanto en la propiedad como en la administración de las empresas; no es algo inusitado y, sin duda, será un paso hacia la justicia social. Tampoco hay que olvidar el fomento y apoyo a las empresas cooperativas, cajas de ahorro y préstamo de carácter popular y otras formas solidarias de organización social, de las que sigue siendo un ejemplo la Cooperativa Pascual.

En cuanto a la reforma del Poder Judicial, se requiere simplificar leyes farragosas y largos procedimientos; es importante recordar que las resoluciones de los jueces son resultado de un litigio en el que hay dos partes; la que gana el juicio y la que lo pierde; los perdedores son proclives a pensar que el juez se vendió, nadie piensa que no tenía razón o que no acreditó con pruebas su posición; consideran que perdieron, no por razones legales o de procedimiento, sino porque el juez es corrupto. Creo que los hay, pero no son todos y sí hay alguno, para corromperlo está enfrente un despacho de litigante, un coyote o un influyente que es su cómplice.

Por lo que toca a las críticas al Consejo de la Judicatura por supuesta pasividad ante resoluciones, real o aparentemente contrarias a la justicia, es necesario

aclarar que esta institución no tiene injerencia en las cuestiones que resuelven los jueces, no puede intervenir en los procesos, ni en lo sustantivo, ni en lo procesal. Las resoluciones de los jueces las revisan los tribunales colegiados o la Suprema Corte, no el Consejo de la Judicatura.

El consejo administra recursos económicos, inmuebles, soporte técnico, personal o recursos humanos y cuida que no se violen las reglas administrativas, pero no tiene ninguna competencia relacionada con el sentido de las sentencias.

Quien considere que un juez vendió la justicia debe acreditarlo; esto lo puede hacer la fiscalía o se puede averiguar a través del patrimonio del sospechoso y de sus allegados o verificando sí no hay congruencia entre ingresos y patrimonio y si hay razón de sospecha, denunciar.

Twitter
Visit Us
Follow Me
You Tube
You Tube
Instagram
Continue Reading
Publicidad
Presiona para comentar

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicidad

Lo más Visto

Copyright © 2021 Cauce Campeche. Diseñado por Sin Contexto.