Columnas Escritas
Lo que dicen los columnistas
Elecciones. Para qué, si sólo se pretende repetir lo que no sirve
Julio Faesler | Excelsior
Ya se ha escrito bastante sobre las fallas del régimen actual. Falta aún más porque los errores de ejecución han nulificado lo bueno que se propuso hacer López Obrador. Va a costar mucho trabajo re-encarrilar los trabajos que venían haciendo las instituciones y entidades suprimidas. El Presidente está confiado en que su proyecto seguirá de frente. Olvida que cada nuevo presidente toma a gala contrariar a su antecesor.
Es con esta esperanza que en los siguientes 14 meses veremos la intensa actividad de escoger y elegir al candidato a presidente y legisladores. Hay que definir bien el perfil del México que queremos realizar y calcular si el gobierno que resulte electo sea el socio que nos ayude o el adversario que se opondrá.
La democracia lincolniana, la del pueblo y para el pueblo, ya cambió. El sistema de partidos que ha prevalecido en México está colapsado. La esperanza es que la articulación de los tres poderes sea más parlamentaria y desligada del lastre presidencialista.
El empresariado, tanto el alto como el pequeño y mediano, tiene que responder a sus responsabilidades sociales y ser genuinamente solidario con las capas más necesitadas de la población. Esperamos un nacionalismo sólido, propio del siglo XXI y no acomodaticio, promover las cadenas de producción para aprovechar vastas oportunidades de los mercados extranjeros.
Las funciones del futuro gobierno deberán centrarse en reestablecer y habilitar servicios públicos de salud, atención a la niñez y juventud, educación y, ante todo, el reinstaurar orden y seguridad. Para lo anterior requerirá holgura y honradez presupuestal alimentada por una seria reforma fiscal con impuestos más altos a los que más tienen para canalizarlos a los servicios mencionados, acortar la brecha entre ricos y pobres, y asegurar a cada contribuyente un nivel de vida digna. Instaurar la renta básica universal dará seguridad y estímulo a cada ciudadano sin distingos.
La misma urgencia de evolución que México tiene es la que viven otros países. Que quede claro que la función de las autoridades ya no es la autocrática de dirigir a las sociedades hacia metas ideológicas imposibles, sino la de facilitar al individuo y a las comunidades un orgullo de arraigo, un ánimo de felicidad, reflexión o de propósito de acción optimista y constructiva.
Las sociedades que más éxito tienen son las que mejor han respondido a esa tarea inicial. Es la que toda la sociedad mexicana está exigiendo en todos los tonos, en todas las calles y plazas que se cumpla.
Es igual en todo el planeta. No hay posibilidad de evolución, ni siquiera de transformación, sin resolver los problemas más elementales. De seguir dándose escenarios de miseria extrema en Zambia, Haití, o en Chiapas o Guerrero, la migración seguirá incontrolable y peligrosa. La pobreza no se resuelve ni con la guerra ni con ideología. Lo que estamos requiriendo aquí es un presidente de la República capaz, que tome en serio su papel y se dedique a proveer los elementos específicos para cada una de las demandas populares que se resumen en: el derecho a alimentación, salud, alojamiento y trabajo. Es por esta responsabilidad que un régimen se califica y por la que la 4T ha errado el tiro e insiste en ocultarlo con populismo y controversia institucionalizada.
No hay que desperdiciar los meses que vienen hasta junio del 2024 preparando lo antes posible, para no perder tiempo discurriendo sobre idearios añejos o alterativos.
Es hora de definir lo que vamos a hacer y las instituciones que vamos rescatar y las entidades bloqueadas que vamos a reinaugurar.
La eficacia del Poder Legislativo, a veces mayor que la del Ejecutivo, depende de los diputados y senadores en lo personal, más que en sus membretes y tomar en cuenta las decisiones que otros parlamentos, que están bajo las mismas presiones que el nuestro, están urgidos de poner en práctica. Ni la ecología ni la demografía esperan.
Corolario
Retroceso democrático en el mundo
Raúl Contreras Bustamante | Excelsior
La Declaración Universal de Derechos Humanos proclamada en 1948, constituye un ideal común para todos los pueblos y naciones que conforman la Organización de las Naciones Unidas. En su artículo 21, párrafo tercero, expone que la voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público, misma que se expresará mediante elecciones auténticas que habrán de celebrarse de forma periódica, por sufragio universal, igual y secreto.
Lo anterior establece la plataforma imprescindible de la estructura de un Estado moderno, pues supone la transferencia del concepto de la soberanía en favor de las personas —que durante siglos detentó la monarquía— y con ello, la determinación de que los asuntos públicos se realicen en base a consensos y acuerdos colectivos y de ninguna manera impuestos por una sola voluntad.
Pese a que la democracia es un valor universal y un ideal por alcanzar y mantener, en la actualidad, alrededor del orbe existen diversos embates contra los sistemas democráticos.
En un estudio denominado: Informe de Democracia 2023: Desafío frente a la Autocratización, publicado por el V-Dem Institute del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Gothenburg, Suecia, se da cuenta que en 2012, 46% de la población mundial vivía bajo un sistema autocrático de gobierno —que es el régimen contrapuesto al ideal democrático— y contrasta que para 2022, la población gobernada bajo ese régimen ascendió a un 72 por ciento.
Asimismo, se informa que en 2012 se identificaron siete países con la libertad de expresión en deterioro; y en 2022, se incrementó a 35. Sólo 14 países —que representan 2% de la población mundial— registraron avances democráticos y 42 naciones —que constituyen 43% de la población— sufrieron retrocesos.
Otro dato alarmante es que el comercio internacional entre democracias ha disminuido, de 74% en 1998 a 47% en 2022.
Por lo que hace a Latinoamérica, tres países mejoraron según el informe. Se trata de República Dominicana, Ecuador y Honduras; por el contrario, ocho países sufrieron tendencias autocratizantes: Brasil, Chile, Guatemala, Haití, Nicaragua, Uruguay, Venezuela y El Salvador. México, Argentina y Colombia mantienen aún su condición democrática, según el estudio.
Entre otras cosas, el informe concluye en que el nivel de democracia promedio en el mundo ha retrocedido a los índices registrados en 1986. Advierte una triada perniciosa de elementos que lo caracteriza: desinformación, polarización y autocratización, como componentes que se refuerzan entre sí.
La identificación de esta triada negativa es un diagnóstico que debe servir a la ciudadanía para luchar e impedir que siga creciendo esta tendencia —autocrática y autoritaria— que busca revertir las cosas que la sociedad en el orbe comenzó a dejar atrás, a partir de finales del siglo XVIII.
Para la solución, de nueva cuenta la educación es parte fundamental para combatirlo. La libertad es un valor que sólo la educación puede hacer efectivo. De poco o nada sirve que existan tantos derechos reconocidos en las constituciones, si las mayorías no los pueden entender, ejercer ni defender.
La democracia es definida en nuestra Carta Magna, no solamente como una estructura jurídica y un régimen político, sino también como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo.
Y para lograrlo, no debe tener cabida la desinformación, polarización y los retrocesos legislativos dentro de nuestras sociedades, porque con ello se debilita la democracia.
Como Corolario, una frase del politólogo Daniel Ziblatt: “Ningún dirigente político por sí solo puede poner fin a la democracia, y tampoco un líder político puede rescatarla sin la ciudadanía. La democracia es un asunto compartido”.
México SA
Macron, sirviente de la oligarquía // ¿Libertad, igualdad, fraternidad? // Represión, su única respuesta
Carlos Fernández-Vega | La Jornada
El presidente francés, Emmanuel Macron, reafirma que aquello de libertad, igualdad, fraternidad no es más que una frase de ocasión, mera propaganda, porque es obvio que gobierna no para reivindicar al pueblo que lo eligió, sino para cuidar los intereses oligárquicos. El mandatario galo ni siquiera se tomó la molestia de que fuera la Asamblea Nacional la que sancionara la reforma al sistema de pensiones por él ideada. Por el contrario, a sabiendas de que no contaba con la mayoría legislativa – ergo, sería rechazada–, se fue por la libre y la impuso, sin consultar a nadie y por decreto, lo que si bien esta última herramienta es constitucional resulta verdaderamente inmoral, al poner en juego el retiro y la seguridad social de millones de trabajadores, muchos de los cuales, ilusos, votaron a favor de quien hoy les clava otro puñal en la espalda (justo es mencionar que algunos lo hicieron con el fin de que la neofascista Marine Le Pen no llegara al Palacio del Elíseo).
Lo que ha hecho Macron no es nuevo, porque forma parte del manual neoliberal impuesto en buena parte del planeta, siempre con la intención de socializar las pérdidas y privatizar las ganancias; que la mayoría se joda, para que la oligarquía se enriquezca cada día más. Si alguien tiene dudas sobre esa máxima libertaria bien haría en recorrer la historia reciente de, por ejemplo, América Latina, región que fue uno de los primeros laboratorios de la nueva política económica aplicada por gobiernos a modo (de Carlos Salinas a su tocayo Menem; de Mauricio Macri a Jair Bolsonaro, por ejemplo, sin olvidar las dictaduras), con un costo social impresionante.
Por ello, ante la imposición, la respuesta popular en Francia ha sido masiva y contundente, a lo cual Macron no atina a responder con cierta coherencia. Por ejemplo, en declaraciones a la televisión gala ha dicho: si hay que asumir la impopularidad por la reforma de las pensiones, la asumiré (¡claro!, ya hizo el trabajo sucio para la oligarquía, amén de que ya no es relegible para un tercer periodo presidencial) y asegura que su proceder siempre se encamina a defender el interés general. Eso sí, saca a relucir su cobre autoritario: no toleraré desbordamientos en la protesta ciudadana.
Sin embargo, el movimiento popular esta última amenaza se la pasa por el arco del triunfo, toda vez que su protesta se ha prolongado por 10 días, sin visos de amaine. En el interín, ¿Macron ha propuesto el diálogo? ¿Algún acercamiento entre las partes? ¿Ha reconsiderado su decisión? ¿Canceló el decreto referido?Ni de lejos. La única respuesta ha sido la represión.
La Jornada (Armando G. Tejeda, corresponsal) lo reseña así: “las movilizaciones durante nueve días consecutivos en Francia, muchas de ellas protagonizadas por jóvenes estudiantes y trabajadores combativos, también han tenido una respuesta contundente de las autoridades francesas, que han movilizado a más de 12 mil agentes para reprimir la revuelta popular. Un hecho que ya provocó el malestar en diversos organismos internacionales, como el Consejo de Europa, que habla de un ‘uso excesivo de la fuerza’, y la Organización de Naciones Unidas… Una de sus preocupaciones es la altísima cifra de detenidos: sólo el pasado jueves sereportaron 457, pero desde el inicio de las protestas a raíz de la aprobación por decreto de la reforma de las pensiones la cifra ya supera los mil 500”.
La misma reseña subraya que “según la Confederación General de los Trabajadores, se manifestaron 3 millones 500 mil personas a escala nacional, mientras el Ministerio del Interior lo cifró en un millón 89 mil. En cualquier escenario, fue una de las protestas más multitudinarias y reivindicativas desde que en enero pasado se anunció la reforma del presidente, el conservador Emmanuel Macron … La huelga general fue un éxito rotundo, porque el país se paralizó parcialmente, sobre todo el transporte público, aeropuertos, trenes, así como escuelas, refinerías y sector público, incluso el cierre de la Torre Eiffel. Para aprovechar la fuerte participación, se convocó a más protestas en todo el territorio …”.
Las rebanadas del pastel
Feliz, Lencho Córdova viaja para reunirse con oscuros personajes, lo que es acorde con lo que él significa: representante de la oligarquía, personaje antidemocrático. No es ninguna novedad. Si acaso, hace turismo político derechoso, facho. O sea, le cuesta al pueblo de México que del presupuesto se le pague para ir a conspirar en contra de él (López Obrador).
El pueblo no existe
Fabrizio Mejía Madrid | La Jornada
Suena a una puntada humorística, pero quien la profirió fue un consejero electoral nacional. Todavía agregó: Lo que existen son sociedades diversas. La frase de que el pueblo no existe es hermana de la idea que Margaret Thatcher expuso en una entrevista de 1987: “a demasiados niños y personas se les ha dado a entender: ‘¡Tengo un problema, es trabajo del gobierno resolverlo!’ o ‘¡Tengo un problema, iré a buscar una subvención para hacerle frente!’ ‘¡No tengo hogar, el gobierno debe darme una casa!’ y entonces están arrojando sus problemas sobre la sociedad y ¿quién es la sociedad?
¡No existe tal cosa! Hay hombres y mujeres individuales y hay familias y ningún gobierno puede hacer nada excepto a través de las personas y las personas se miran primero a sí mismas”. Thatcher estuvo menos años en el gobierno británico que los consejeros del INE, pero aun así fue demasiado: de 1979 a 1990.
Combatió a los sindicatos como monopolios porque fijaban el precio de la fuerza de trabajo, pero nunca atacó a las corporaciones porque, al concentrar la cadena de suministros, reduce costos y, en la pura teoría, disminuye los precios. Pero más allá de la retórica engañosa de la economía, Thatcher, con Ronald Reagan, logró consolidar la idea antipolítica de los neoliberales, de la que el consejero electoral sólo es una reverberación.
Los neoliberales negaron siempre que existiera el pueblo porque no creían en la política ni en el Estado, salvo como policía y cuando los rescataba de las crisis financieras. En cambio, creyeron en un mecanismo impersonal, anónimo, sin metas deliberadas –como escribió Friedrich Hayek en 1944– que nombraron el mercado, un concepto fantasmagórico al que concurren individuos ciegos tan sólo guiados por el precio. Los consumidores son como murciélagos dentro de la cueva del precio, la publicidad y el consumo. En el mercado, a diferencia de la política, no se necesita hablar.
Conceptos como pueblo, justicia social, interés general, eran tachados de místicos porque son formas de apelar políticamente al pueblo con palabras, valores y principios. Los neoliberales, más que los mercados, expandieron la visión de que toda actividad era como una acción económica: todo podía verse como un intercambio comercial.
Así, la democracia de los neoliberales era un mercado donde no había más que preferencias, opciones, y no valores propiamente políticos. Insisten, por ello, en el pluralismo, que es como decir que existan distintas marcas de yogur, así, sin ninguna valoración política. En México, le han llamado pluralismo incluso a lo que, de por sí, fue una reducción de opciones, es decir, la alianza entre Acción Nacional, el PRI y el PRD.
A diferencia del mercado, que convierte la incertidumbre en un precio, el pueblo, la justicia social o lo público no eran medibles. No hay un número que los contenga y, por el contrario, exceden siempre sus propios límites. Esto, que es tan común para el lenguaje político –que el todos los hombres son y permanecen iguales, de la democracia popular, sea una idea que excede a cualquier práctica–, para los neoliberales resulta una ficción, misticismo, religión. Ellos creían en otra cosa: la divinidad de los números.
A pesar de que durante décadas quisieron vender la libertad comercial como libertad política, es decir, la hermandad del intercambio comercial de mercancías con la democracia electoral, jamás reconocieron al pueblo como fuente última del poder soberano. Hayek, Ludwig von Mises, Milton Friedman, George Stigler o James Buchanan creyeron, en cambio, en la autoridad de las reglas económicas.
Cualquier intromisión del pueblo, el Estado, las regulaciones legales, significaba menor libertad para los individuos, esos murciélagos moralmente ciegos que sólo buscan maximizar sus ganancias. Cuando los neoliberales dicen dictadura o totalitarismo, se refieren a que pretenden que en la política las cosas funcionen como en el mercado, es decir, con sujetos sin moral que compiten para obtener cada vez más ganancias. Es un exceso eso de clamar dictadura porque su modelo no puede ocultar que su primera experiencia material ocurrió durante el régimen militar de Augusto Pinochet en Chile.
Como en cualquier pensamiento totalitario, Hayek mismo escribió: La mayoría no tiene la capacidad de pensar con independencia. De ahí la necesidad de que existieran entidades inteligentes que guiaran a los engañados por las ficciones de la política, esas que no pueden abarcar los números y que son lenguaje y ética del discurso público.
Desde que funda la estrategia para formar opinión pública, entre los días primero y 10 de abril de 1947, en Monte Pelerin, Suiza, Hayek delineó a un poder cuya soberanía no provendría del pueblo o de sus sufragios y representantes, sino de la divinidad matemática: los think tanks compuestos por economistas inundaron los cargos de gobierno, las universidades, las páginas de opinión, y se solidificaron en organismos autónomos, únicos garantes de pensar con independencia.
Y he ahí por qué un funcionario público dedicado a contar los votos del pueblo niega la existencia de éste: confunde la autonomía de su institución con soberanía, una fuente de poder última que sólo proviene de una elección. Por eso, también, el INE se ha burlado del Poder Legislativo, agitando su autonomía administrativa frente a la soberanía popular. Por eso, el pueblo no debería existir.
En sus últimos días, Margaret Thatcher visitaba la casa de un amigo sólo para ver un cuadro. Era el de una cacería de zorros pintada en 1841 por John Frederich Herring. No es que le interesara la representación del cazador con su sombrero de copa o el enorme encino a su lado. Iba para contar uno por uno a los perros. Para ella, no eran un acontecimiento digno de ser pintado, sino sólo un número.