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Baluarte Político
Layda Sansores: la apuesta por reconstruir Campeche desde la raíz
Raúl García Araujo
Por momentos, el discurso político suele agotarse en promesas que se repiten sexenio tras sexenio; sin embargo, cuando una mandataria pone sobre la mesa resultados concretos y una ruta clara de desarrollo, el análisis exige ir más allá del lugar común.
Eso fue precisamente lo que dejó ver la gobernadora de Campeche, Layda Sansores San Román, en su reciente conversación con El Heraldo Televisión, donde delineó no sólo avances, sino una visión integral de transformación para el estado.
El llamado Plan Campeche se ha convertido en la columna vertebral de su administración.
No se trata de un programa improvisado, sino de una estrategia que busca devolverle al estado su vocación productiva histórica.
La gobernadora ha insistido en un principio que, aunque sencillo, tiene profundas implicaciones económicas: producir lo que se consume.
Esta lógica de soberanía alimentaria apunta a fortalecer el mercado interno, reducir la dependencia externa y reactivar al campo campechano, durante años relegado.
En ese contexto, la instalación de la fábrica pasteurizadora más moderna del país no es un hecho aislado, sino una pieza clave dentro de una cadena productiva que busca generar valor agregado en la región.
A ello se suma la entrega de herramientas como tractores, que no sólo dignifican el trabajo agrícola, sino que también elevan la capacidad productiva de los campesinos.
Es, en esencia, una política que apuesta por devolverle protagonismo al campo como motor económico.
Pero si hay un rubro donde los resultados han sido particularmente visibles, es en materia de seguridad.
Campeche ha logrado colocarse entre las entidades con mejores indicadores a nivel nacional, un logro que no puede entenderse sin la reconfiguración institucional impulsada por el gobierno estatal.
El crecimiento del estado de fuerza —de apenas 80 elementos a cerca de 1,800— refleja una apuesta decidida por fortalecer la presencia policial.
A esto se suma la modernización de instalaciones y el uso de tecnología de punta, elementos que han contribuido a profesionalizar la corporación.
La gobernadora ha sido enfática en reconocer el papel del liderazgo femenino en esta área, destacando la conducción de la secretaria de seguridad, en un país donde la presencia de mujeres en estos espacios sigue siendo limitada.
Este dato no es menor: habla de una administración que también apuesta por romper inercias dentro del aparato gubernamental.
Otro de los ejes que Sansores ha colocado en el centro del debate es la infraestructura.
Resulta paradójico que un estado con riqueza petrolera haya padecido históricamente carencias básicas como el acceso pleno a energía, gas o agua.
Esa deuda histórica es, hoy, uno de los principales frentes de su administración.
La instalación de campos fotovoltaicos en Champotón y Ciudad del Carmen representa un paso firme hacia la autosuficiencia energética, al tiempo que abre la puerta a un modelo más sostenible.
A esto se suma la próxima inauguración de un gasoducto que, de concretarse en los tiempos anunciados, podría marcar un antes y un después en la atracción de inversiones y el desarrollo industrial del estado.
Todo este andamiaje no sería posible sin una relación política estable con el gobierno federal.
Layda Sansores ha sabido construir y mantener puentes con las administraciones en turno, primero con Andrés Manuel López Obrador y ahora con la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.
Esa continuidad en la interlocución ha permitido alinear proyectos estratégicos y asegurar recursos clave para el desarrollo de Campeche.
Lejos de los reflectores estridentes, lo que se perfila en Campeche es un modelo de gobierno que combina cercanía política con pragmatismo administrativo.
Sansores no sólo ha logrado posicionar a su estado en indicadores clave, sino que también ha trazado una narrativa de reconstrucción basada en identidad, producción y justicia social.
En el tablero político del sureste mexicano, su figura ha dejado de ser únicamente la de una gobernadora para consolidarse como un liderazgo con proyecto propio.
Y en un momento donde la política nacional exige resultados tangibles, Campeche comienza a convertirse en un caso que obliga a voltear a verlo con seriedad.
Porque cuando el discurso se acompaña de hechos, la política deja de ser promesa y se convierte, finalmente, en transformación.
Desde La Muralla: Salud mental en Campeche: política preventiva o contención a tiempo
Hay decisiones de gobierno que no hacen ruido, pero que marcan el rumbo.
Apostar por la salud mental de niñas, niños y jóvenes no es una acción asistencial: es una jugada política de largo alcance. Y en Campeche, esa lectura comienza a tomar forma desde el corazón del aparato estatal.
La reciente reunión encabezada por la secretaria de Gobierno, Liz Hernández Romero, no fue un acto protocolario más.
Fue, en los hechos, un intento por colocar en la agenda pública uno de los temas más incómodos y, al mismo tiempo, más urgentes: los factores de riesgo que están moldeando a las nuevas generaciones.
El diagnóstico es claro, aunque pocas veces se diga con esa contundencia: infancias, adolescencias y juventudes enfrentan entornos cada vez más complejos, donde la falta de acompañamiento institucional puede derivar en problemas mayores.
Por eso, el planteamiento de priorizar la atención oportuna, la prevención y el seguimiento no es menor. Es reconocer que el Estado llega tarde… o no llega.
Ahí es donde entra la política.
Desde la Secretaría de Gobierno se está intentando articular una estrategia que no sólo atienda consecuencias, sino que anticipe escenarios.
Coordinar instituciones, alinear esfuerzos y generar presencia territorial no es tarea sencilla, pero es indispensable si se busca contener riesgos antes de que escalen a crisis sociales.
En esa misma lógica, la participación de la secretaria de Salud, Josefa Castillo, marca un punto de inflexión.
Porque hablar de salud mental sin el sector salud es quedarse en el discurso. Integrarlo implica reconocer que el problema requiere atención profesional, infraestructura y políticas públicas sostenidas.
El acuerdo de fortalecer acciones que impulsen la cohesión social, el autocuidado y la construcción de proyectos de vida introduce un elemento que pocas veces se aborda con seriedad: la prevención como política de Estado.
Desde El Fuerte: Gobierno en territorio: cuando la salud de las mujeres deja de ser discurso
Hay una diferencia sustancial entre gobernar desde el escritorio y hacerlo desde el territorio.
En Campeche, esa distancia parece haberse acortado con una estrategia que, sin grandes estridencias, busca llevar servicios esenciales directamente a donde históricamente no llegaban.
El punto de partida es claro: si el Estado no se acerca, la desigualdad se profundiza.
La jornada “IMEC Cerca de Ti”, realizada en Kankí, comunidad de Tenabo, no es un evento aislado.
Es parte de una lógica de intervención directa que el Instituto de la Mujer del Estado de Campeche ha venido desplegando como brazo operativo de una política pública más amplia.
Ahí se concentra una de las claves del llamado “Gobierno de Todos”: salir del centro para entrar al territorio real.
El despliegue de servicios gratuitos de salud integral para mujeres no sólo tiene una dimensión asistencial, sino una lectura política de fondo.
Ultrasonidos pélvicos y obstétricos, pruebas de detección de enfermedades de transmisión sexual, consultas médicas generales, atención odontológica y aplicación de vacunas no son acciones simbólicas; son la presencia tangible del Estado en comunidades donde el acceso a estos servicios ha sido históricamente limitado.
A ello se suman estudios básicos pero fundamentales como medición de glucosa, presión arterial y consultas de nutrición, además del registro a IMSS Bienestar.
En conjunto, no se trata únicamente de atención médica, sino de un intento por reconstruir el acceso a la salud desde la prevención y no desde la emergencia.
La entrega de medicamentos en el mismo punto de atención refuerza una idea clave: reducir intermediarios, acortar tiempos y evitar que la falta de recursos se convierta en una barrera para el derecho a la salud.
En términos políticos, esto significa eficiencia operativa, pero también control territorial del servicio público.