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Cuando la ambición derrota al proyecto: el caso Antonio Jiménez

Raúl García Araujo

Hay figuras que llegan al poder creyendo que el cargo los transforma en líderes. Confunden la coyuntura con talento propio y el respaldo colectivo con mérito individual.

Antonio Jiménez Gutiérrez encaja en esa categoría: la del político que se asume protagonista sin haber construido la historia que pretende encabezar.

Su presencia en el Congreso de Campeche no es resultado de una trayectoria sólida ni de un liderazgo social construido con paciencia.

Es, sin rodeos, consecuencia directa del arrastre histórico de Andrés Manuel López Obrador y de la lucha incansable de Layda Sansores San Román.

Sin ese capital político heredado, Jiménez sería un actor menor, invisible en el escenario público. Llegó con el impulso de un movimiento, no por fuerza propia.

Pero hay políticos que confunden el cargo con la investidura, y el respaldo popular con licencia para desafiar al proyecto que los llevó ahí.

Desde la presidencia del Congreso, Antonio Jiménez optó por jugar a la autonomía ficticia, creyendo que el poder institucional sustituye a la legitimidad política. Grave error.

El punto de quiebre fue su voto en contra de la propuesta de deuda impulsada por la gobernadora Layda Sansores para inversión en infraestructura.

No fue un acto de responsabilidad financiera ni una postura técnica: fue una señal política de ruptura. Se opuso no al instrumento, sino al liderazgo.

Y en la Cuarta Transformación, quien desafía al proyecto desde la soberbia personal, termina enfrentándose a la realidad.

Convencido de una supuesta cercanía con Pablo Gutiérrez Lazarus, Jiménez apostó por una estrategia de presión presupuestal y control legislativo, como si el Congreso fuera un tablero personal.

Bloqueó, condicionó y tensó, sin entender que la gobernabilidad no se impone, se construye. La política no premia a quien se encierra, sino a quien articula.

La incapacidad quedó en evidencia cuando no logró sacar adelante el presupuesto del municipio de Ciudad del Carmen. Ahí se derrumbó cualquier narrativa de liderazgo.

Un presidente del Congreso que no consigue mayorías no conduce: paraliza. Y cuando el Congreso se paraliza, el responsable tiene nombre y apellido.

Lejos de corregir, Antonio Jiménez endureció su postura. Rechazó públicamente la deuda para inversión, clausuró el diálogo y provocó un reacomodo inevitable.

Pablo Gutiérrez Lazarus respaldó abiertamente a la gobernadora Layda Sansores. Movimiento Ciudadano hizo lo propio y votó a favor. El Congreso siguió su curso. Jiménez no.

A partir de ahí, su aislamiento fue total. Sin aliados externos y sin respaldo interno, recurrió al error clásico del político acorralado: castigar a su propia bancada.

Suspendió apoyos, concentró decisiones en un pequeño grupo y rompió la cohesión interna. En política, cuando se gobierna desde el rencor, el desenlace es inevitable.

La votación de la Mesa Directiva no fue una sorpresa, fue una sentencia. Sus propios compañeros le retiraron el respaldo. No hubo complot ni traición externa.

Fue un abandono silencioso, pero definitivo. Antonio Jiménez perdió el control del Congreso y entregó la Mesa Directiva a Movimiento Ciudadano. El poder se le fue sin estridencias, porque ya no tenía con qué sostenerlo.

Desde el rancho La Chingada, en Chiapas, Andrés Manuel López Obrador observa con atención a quienes olvidan de dónde vienen.

AMLO ha sido consistente: puede tolerar errores, jamás la traición. Ahí están los exministros de la Suprema Corte que creyendo haber ganado, terminaron políticamente borrados, irrelevantes, sustituidos por una nueva Corte nacida del mandato popular.

Ese mismo destino le espera a Antonio Jiménez Gutiérrez. En Morena de Luisa María Alcalde no hay espacio para quienes rompen con el proyecto desde la soberbia.

No hay futuro político para quien no tiene base social, estructura ni credibilidad. En Campeche, Jiménez no pesa, no convoca y no representa a nadie.

Hoy su margen es inexistente. Puede aferrarse a lo poco que le queda y profundizar la ruptura, o aceptar que su ciclo terminó antes de empezar. En cualquier escenario, su nombre ya quedó marcado.

Porque en la Cuarta Transformación hay una regla no escrita pero infalible: quien llega por el movimiento y decide traicionarlo, no cae… simplemente desaparece.

Desde La Muralla: Cuando la prevención también gobierna

La rapidez con la que hoy circula la desinformación obliga a las instituciones a responder con responsabilidad y precisión.

En Campeche, frente a la alerta nacional por el resurgimiento del sarampión, la diferencia la ha marcado una actuación oportuna, coordinada y con sustento técnico por parte de la Secretaría de Salud del estado.

Mientras en otras entidades los rumores se convierten en pánico y las omisiones en crisis, en Campeche la autoridad sanitaria actuó con rigor médico y sentido social.

Ante versiones falsas que circularon en redes sociales sobre supuestos brotes en centros escolares, la Secretaría de Salud realizó de inmediato revisiones médicas y epidemiológicas, descartando cualquier contagio y confirmando que el estado se mantiene libre de sarampión en las escuelas.

Este episodio deja algo claro: en Campeche, la salud pública no se improvisa. Se previene.

El propio secretario de Educación, Víctor Sarmiento Maldonado, fue enfático al llamar a la calma y respaldar la información oficial, subrayando que no hay casos de sarampión en escuelas del estado.

Ese mensaje no habría sido posible sin el trabajo previo y silencioso de la autoridad sanitaria.

Desde El Fuerte: La salud que camina el barrio

Hay políticas públicas que solo existen en el papel y otras que se construyen a ras de suelo, tocando puertas y mirando de frente a la gente.

La estrategia Salud en tu Barrio pertenece a la segunda categoría. No es discurso ni simulación: es presencia institucional donde históricamente el Estado llegaba tarde o no llegaba.

La jornada de prevención y detección gratuita de enfermedades encabezada por la secretaria de Salud, Josefa Castillo Avendaño, en la colonia Leovigildo Gómez de la ciudad de San Francisco de Campeche, es una muestra clara de cómo se gobierna cuando la prioridad es la gente y no la estadística fría.

Acompañada por directores, jefes y responsables de área, la secretaria no se limitó a inaugurar módulos ni a tomarse la foto. Recorrió calles, realizó visitas domiciliarias e invitó personalmente a las familias a participar en el autocuidado de su salud.

Ese gesto, que puede parecer menor, es profundamente político: rompe con la lógica del escritorio y devuelve a la salud pública su carácter comunitario.

La caravana de servicios no fue improvisada ni superficial. Vacunación universal, consulta general, control de factores de riesgo, detección de enfermedades cardiometabólicas como diabetes e hipertensión, mediciones de peso y talla, así como atención en infecciones de transmisión sexual, VIH y hepatitis C.

Es decir, una atención integral que entiende que la prevención salva más vidas que la reacción tardía.

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