Conoce más de nosotros

Columnas Escritas

Lo que dicen los columnistas

Published

on

Twitter
Visit Us
Follow Me
You Tube
Instagram

La marcha: ¿Espontaneidad o inducción interesada?

En un contexto marcado por la polarización social, la protesta funcionó como catalizador de interpretaciones en disputa, más que como un factor de inflexión real en el panorama político.

Ernesto Villanueva

Proceso

La marcha del sábado pasado mostró algo más profundo que un descontento momentáneo. Lo relevante no fue solo quién asistió o qué consignas se escucharon, sino quién logró fijar el significado de lo ocurrido. En un contexto marcado por la polarización social, la protesta funcionó como catalizador de interpretaciones en disputa, más que como un factor de inflexión real en el panorama político. Ese es el punto de partida para entender su alcance: un evento visible, cargado de emoción, que abre preguntas más grandes sobre cómo se construye hoy la legitimidad, la representatividad y la eficacia de las expresiones colectivas en México.  

Primero. La marcha mostró que la pelea central ya no ocurre solo en las calles, sino también en la narrativa que se enciende justo después. Cada político intentó captar el sentido del evento. Algunos vieron el evento como una expresión clara del cansancio de la gente. Otros vieron el evento como una operación provocada, amplificada y usada por los opositores. Los medios nacionales cubrieron el evento desde varios puntos de vista.  

Los medios internacionales miraron el evento desde lejos y señalaron la complejidad y las tensiones internas. Lo relevante no fue el número de asistentes; lo relevante fue la lucha para definir qué representaba. Las imágenes del Zócalo circularon muy rápido. Las reacciones oficiales y las reacciones opositoras se superpusieron. Las plataformas digitales se convirtieron en medios del relato. En ese entorno, la protesta no tuvo un significado único; la protesta tuvo varias versiones que compitieron por imponerse. La batalla se centró menos en los hechos y más en la interpretación. El choque narrativo reflejó el país donde la percepción funciona como un campo de poder autónomo.  

Segundo. La protesta del sábado mostró cómo se ensamblan hoy las movilizaciones en México: ciudadanía movilizada y actores digitales trabajando en paralelo. La indignación fue real, pero su circulación respondió a lógicas propias de un ecosistema hiperconectado. Videos de alta calidad, mensajes coordinados, narrativas que se replicaron con precisión y la presencia activa de influencers configuraron un espacio donde lo espontáneo se entrelaza con lo producido. La autenticidad ya no se determina por la pureza del origen, sino por la manera en que se difunde.  

Lo que antes era un acto presencial ahora se multiplica mediante capas digitales que moldean, intensifican y, en ocasiones, fragmentan el mensaje. La protesta dejó de ser un evento del día para convertirse en una serie de contenidos que compiten por atención. Esa coexistencia entre participación orgánica y amplificación estratégica genera movilizaciones difíciles de clasificar. No son ni completamente espontáneas ni completamente inducidas. Son mixtas, móviles y adaptables. Y esa mezcla altera la percepción pública: transforma la protesta en un fenómeno híbrido que combina emoción genuina, intereses múltiples y un uso inteligente del ecosistema digital. El resultado es una dinámica donde la expresión social no desaparece, pero sí se reconfigura por fuerzas que actúan al margen de las personas. 

Tercero. La movilización tuvo impacto y generó conversación. Pero el efecto en la política fue limitado. Es un hecho que la presidenta Sheinbaum mantiene el respaldo de la inmensa mayoría de la población. Las preferencias no cambiaron y no se ve que cambien en el futuro, por lo menos en el corto y en el mediano plazo. La protesta sirvió como señal de sentimiento y de catarsis, pero no como motor de reacomodo en la política. La protesta mostró malestar, pero no reorganizó las fuerzas políticas. Funcionó como expresión de ánimo, no como punto de inflexión. Incluso sus momentos más tensos —las consignas duras, el choque con vallas, la narrativa generacional— no alteraron ni alteran las coordenadas del poder. En un país con problemas reales de seguridad e ingobernabilidad focalizada, la expectativa de que una marcha desencadenara una reacción política profunda resultó desproporcionada. Lo que dejó fue un registro testimonial, no una transformación del tablero. El contraste entre el ruido de la calle y la estabilidad de las mediciones nacionales exhibe una realidad incómoda: las expresiones de protesta capturan atención, pero no alteran la estructura. La movilización fue visible y emocional, pero su efecto final se situó más en el plano testimonial que en el político. El sábado ocurrió un hecho. El hecho refleja el clima del momento. La tensión subió, los resultados fueron casi cero. La protesta generó mucha energía. La protesta sirvió más como símbolo que como decisión. El malestar se mezcla con narrativas. Las narrativas compiten por imponerse. Y la correlación de fuerzas sigue intacta. Las calles hablan, pero las percepciones mayoritarias siguen el propio curso. Ahí está la paradoja del México actual: la inconformidad de un sector de la comunidad muestra un acto simbólico para hacerse presente, y las coordenadas del poder no cambian un ápice. 

AMLO, el regreso

La sola idea de que Andrés Manuel López Obrador viaje por todo el país es interpretada también como una acción urgente de fortalecer al gobierno y al partido que él creó, el cual sigue sin cuajar.

José Gil Olmos

Proceso

Con la excusa del libro terminado y en el marco de su cumpleaños el pasado jueves 13 comenzó a circular en medios la versión de que el expresidente Andrés Manuel López Obrador saldrá del ostracismo de su finca para realizar una gira a nivel nacional.

El solo rumor de que López Obrador salga a la vida pública ha puesto a girar a toda velocidad las aspas del molino político con vientos a favor y en contra de la presidenta Claudia Sheinbaum y su partido Morena.

La oposición política y mediática asevera que la presencia de López Obrador es para poner orden en el gobierno y en Morena luego de los escándalos de varios de sus integrantes y dirigentes por acusaciones de corrupción, vínculos con el crimen organizado, lujos, viajes y otras acciones que son severamente criticadas.

También para nivelar la nave de Morena rumbo a las elecciones de 2027 y 2030, pues sin tener cuidado a la institucionalidad y menos al liderazgo de Claudia Sheinbaum en la presidencia y Luisa María Alcalde en la dirigencia de Morena, las tribus, corrientes, grupúsculos y personajes se enfrentan constantemente defendiendo sus intereses particulares.

La sola idea de que Andrés Manuel López Obrador viaje por todo el país es interpretada también como una acción urgente de fortalecer al gobierno y al partido que él creó, el cual sigue sin cuajar y en muchas ocasiones se muestra de rehén de personajes sumamente criticados.

En los hechos, esta sola posibilidad de que AMLO tenga presentaciones de su libro en plazas del país refleja una realidad: que sigue vivo su liderazgo en el panorama político nacional y refleja precisamente la carencia o la falta de liderazgos, tanto en Morena como en la oposición.

Sheinbaum es su heredera política al frente de la llamada Cuarta Transformación, y aunque ha impulsado las reformas constitucionales para pavimentar el segundo piso de este proyecto, la debilidad en la toma del timón ante las tempestades ha generado incertidumbre y críticas de los liderazgos al interior del gobierno, del Poder Legislativo y en Morena.

La corrupción, la violencia y la impunidad es una bestia de tres cabezas que sigue cabalgando por todo el país sin que sea domeñada o extinguida por esta administración, porque varios de sus integrantes son parte de este problema que se encarna en la colusión entre el poder político y el crimen organizado.

De ahí que el regreso de la figura de AMLO sea fundamental para el gobierno y Morena, pues se impone a la de cualquiera de sus integrantes que tienen sus propios proyectos, ajenos a los de Morena.

No obstante, para la oposición es un pretexto y oportunidad para criticar, cuestionar o denostar el proyecto de la Cuarta Transformación, que en esta segunda etapa ha mostrado debilidades profundas en temas de gobernabilidad y combate a la violencia.

AMLO es para la oposición sin memoria y menos aún ajena intencionadamente a las responsabilidades que ha tenido como gobierno, la representación de todos los males que sufre el país. De ahí que si regresa al ámbito de la vida pública veremos si será la figura en la que descargarán de manera catártica todas sus críticas y cuestionamientos.

Por cierto, López Obrador tiene 20 libros, que van desde ensayos políticos hasta su experiencia como presidente de México. Es “algo que les va a gustar mucho sobre nuestra grandeza cultural”, dijo el pasado primero de junio cuando salió a votar en la elección de los representantes del Poder Judicial.

Razones

Es hora de que Palacio escuche

Hubo marchas en 50 ciudades de la República, algunas masivas, como en Uruapan, en Monterrey y en Guadalajara

Jorge Fernández Menéndez

Excelsior

Para Bibiana por nuestro aniversario,

por su nuevo libro, por Harvard, por todo.

Intentaron reventar la marcha convocada por la Generación Z el sábado, que reunió a miles de manifestantes. Lo hicieron, como era previsible, con provocadores, con los del llamado Bloque Negro, un grupo que es manejado por los sectores más radicales de la 4T capitalina, se dice que cercanos a Martí Batres, y que sirven para todo, como los viejos porros o las guardias blancas de Echeverría. Pero más allá del servilismo de ciertos medios que, cubriendo sólo los enfrentamientos trataron de diluir conscientemente la importancia de la marcha, éste ha sido el movimiento social más significativo de los últimos años.

La marcha del sábado demostró que era falsa la narrativa que durante días se mantuvo desde Palacio Nacional, de que era un movimiento “inorgánico” creado por bots, impulsado por la ultraderecha (que en México afortunadamente casi no existe, aunque algunas de sus expresiones como la iglesia Luz del Mundo están dentro de Morena) y hasta desde fuera del país. Una verdadera tontería indigna de un gobierno que se dice democrático.

La marcha fue popular, multitudinaria, y defendió causas muy específicas: contra la violencia, por la paz y la seguridad, con la indignación persistente por el asesinato del alcalde Carlos Manzo, escenificada en una consigna que pronto se convirtió en el leitmotiv de la marcha“¡Carlos no murió, el gobierno lo mató!”. Puede ser falso, pero es la consecuencia directa de lo que hemos advertido desde hace semanas: si para Palacio Nacional nadie es responsable de nada, si no hay un solo gobernador o funcionario que tenga que dejar su cargo asumiendo su responsabilidad por actos de corrupción o en asesinatos anunciados como el de Carlos Manzo, el responsable es todo el gobierno, comenzando por quien detenta el Poder Ejecutivo. Eso es lo que ganaron.

La marcha fue masiva (absurdo que sólo vio 17 mil manifestantes el gobierno de la ciudad), no fue violenta, los violentos fueron los provocadores que no eran parte de la misma. Violentos fueron en esta ocasión los policías que atacaron con extrema violencia no sólo a los provocadores del Bloque Negro, sino y sobre todo a los manifestantes, que estaban entrando pacíficamente al Zócalo. Fue una marcha transversal social, política y generacionalmente, convocada por la llamada Generación Z, pero en la que estuvieron muchos identificándose con el Movimiento del Sombrero, incluso estuvo la abuela de Carlos Manzo; hubo gente de todas las edades, madres buscadoras, padres con sus hijos, familias completas reclamando, en forma dura, como debe ser: justicia, seguridad, paz y fin de la violencia.

Fue una expresión opositora masiva que desmiente también la narrativa de la 4T de que se trató de una suerte de manipulación en redes. La mayor movilización se dio en la Ciudad de México, pero hubo marchas en 50 ciudades de la República, algunas muy masivas, como en la propia Uruapan, en Monterrey, en Guadalajara, en todos los estados. Es una confirmación de que Morena sí obtuvo una mayoría de 54 por ciento de votos en la última elección, pero que no representa ni remotamente al 74 por ciento que se adjudicó ilegítimamente en el Congreso, ni que tampoco la oposición está representada sólo por el PAN, el PRI, MC, partidos que viven hoy en su mínima expresión. Existe un movimiento social independiente que puede tomar formas políticas, y hasta partidarias en el futuro, de características impredecibles.

El gobierno federal y la propia presidenta Sheinbaum después de la marcha, como ocurrió hace dos semanas con el asesinato de Manzo, tiene dos opciones: asumir su responsabilidad de gobernar para todos, llamar a la unidad en la lucha contra la inseguridad y la violencia, hacer responsables a los funcionarios y gobernadores que no han cumplido con su deber e incluso desmantelar los grupos de provocadores, como el Bloque Negro. O seguir en lo que está, en una narrativa para la cual sus opositores son de ultraderecha, conservadores, manipulados por empresarios y movimientos extranjeros, racistas y hasta misóginos. Puede seguir culpando a los medios de los atropellos, corrupción e ineficiencia de los suyos y seguir pensando que esa mitad del país que no los apoya es desechable. O aceptar que debe gobernar para todos. En las mañaneras habla durante horas y todos los días. Es hora de que la presidenta Sheinbaum escuche.

ADIÓS, VENEGAS

Murió el viernes, muy prematuramente, a los 55 años que cumplía ese mismo día, Sergio Arturo Venegas Ramírez, un amigo y periodista queretano que con su padre, Sergio Arturo Venegas Alarcón, fundó desde 2010, Plaza de Armas, uno de los mejores periódicos queretanos. Con la familia Venegas tuvimos una amistad entrañable de años que comenzó con Sergio padre y su esposa, La Nena, y continuó con Sergio chico, que terminó siendo durante muchos años, sobre todo en los que estuve en Grupo Imagen, uno de mis más cercanos colaboradores y amigo.

Los Venegas regresaron a Querétaro, fundaron su periódico, y la vida, la distancia, ciertas historias como siempre las hay, nos fueron alejando, pero no hay forma de ignorar décadas de una relación entrañable. Lamento con el alma la muerte de Sergio, comparto el dolor profundo de los suyos y desde aquí los abrazo con todo el afecto que la distancia no logró diluir. Descansa en paz, amigo Sergio Arturo Venegas Ramírez.

La disputa por el “pueblo”: polarización y democracia en México

Mario Luis Fuentes

Excelsior

El clima de polarización que atraviesa México puede leerse como un fenómeno de erosión progresiva del espacio común en el que debería sostenerse la vida democrática del país. La reciente marcha impulsada por jóvenes de la llamada generación Z es un ejemplo emblemático. En torno a ella se han articulado discursos radicalmente antagónicos: para sus promotores, representa la irrupción legítima de una ciudadanía que no encuentra cabida en los viejos arreglos políticos; para sus detractores, constituye un movimiento manipulado, carente de autenticidad y funcional a intereses oscuros; y desde el propio gobierno federal se ha insinuado que tales manifestaciones expresan la influencia de élites que buscan desestabilizar al país.

Si algo ha señalado Ernesto Laclau —particularmente en La razón populista— es que el antagonismo es consustancial a la política. No existe un orden social plenamente integrado ni una comunidad totalmente reconciliada. Toda identidad colectiva es el resultado de una serie de operaciones simbólicas que delimitan un “nosotros” frente a un “ellos”. En ese sentido, la emergencia de movimientos como el protagonizado por jóvenes no puede comprenderse sin reconocer que expresan demandas insatisfechas, mal articuladas o negadas por los actores tradicionales. Laclau insiste en que el populismo no es una ideología, sino una lógica política: la construcción de una idea “de pueblo” a partir de la equivalencia de demandas heterogéneas frente a un enemigo común. México hoy parece atrapado entre dos formas antagónicas de esta lógica populista que pretenden encarnar —cada una a su manera— la única voz legítima del pueblo.

Aquí radica el núcleo del problema: cuando desde cualquier posición política se asume que sólo una parte del pueblo es “el pueblo verdadero” y que toda crítica o protesta externa es ilegítima o manipulada, se cancela la posibilidad misma de la democracia. Porque ésta no es el régimen del consenso pleno ni de la identidad unificada, sino el espacio institucional y simbólico en el que los desacuerdos pueden expresarse sin que ello derive en su descalificación total. Como sostienen tanto Laclau como Bobbio, la democracia es un método de procesamiento de conflictos, no la supresión de los mismos. Es el discurso de todos los discursos posibles, no el privilegio de uno sobre los demás. Cuando se declara ilegítima la protesta de un grupo por no coincidir con el relato dominante, lo que se está afirmando, implícitamente, es que la democracia sólo vale para algunos.

La marcha de la generación Z revela, además, un fenómeno adicional: la creciente distancia entre la experiencia vital de los jóvenes y el sistema político. Muchos de los discursos oficiales interpretan los movimientos juveniles desde categorías propias del siglo XX (manipulación, cooptación, etcétera) que resultan insuficientes para comprender a una generación que habita espacios híbridos entre lo físico y lo digital, y que experimenta el deterioro de derechos como el acceso a la vivienda, la movilidad social o la estabilidad laboral. La descalificación inmediata de este tipo de protestas refleja, además de intolerancia, la incapacidad analítica para comprender las mutaciones profundas que experimenta la ciudadanía contemporánea.

La polarización no se reduce, entonces, a una disputa semántica o emocional, es una crisis de representación. En este escenario, México se enfrenta a un dilema crucial: o reconstruye un espacio público capaz de articular demandas diversas sin absorberlas en una lógica de enemigo-aliado o corre el riesgo de normalizar un régimen de exclusiones recíprocas, donde cada actor sólo reconoce la legitimidad de su propio discurso.

La respuesta no puede ser, como algunos sugieren, la supresión del conflicto; tampoco la neutralidad tecnocrática que pretende situarse por encima de la política. La vía democrática exige revalorar el disenso y reconocer que la pluralidad es la condición misma de la vida política. Significa también construir instituciones que no sólo administren diferencias, sino que las hagan políticamente productivas. De lograrlo, el país podrá transformar sus antagonismos en una fuente de vitalidad democrática renovada para navegar con mayor certidumbre hacia el futuro.

Astillero

Sábado de violencia convocada // Utilización de disfraz “GenZ” // Bloque rosa, de negro // Al diablo, política e instituciones

Julio Hernández López

La Jornada

Fue violencia convocada. Así lo cantaron (con anticipación) y lo contaron (con posterioridad) factores y actores como la retórica de la falsa generación Z en redes sociales, las arengas de políticos en decadencia (Vicente Fox, de manera patética), los “noticieros” de Televisión Azteca y de otros medios de comportamiento abiertamente faccioso, el despecho de origen fiscal de Ricardo Salinas Pliego y el oportunismo de algunos personajes sin verdadera base social (Belaunzarán, Acosta Naranjo y Álvarez Icaza, entre otros).

Una marcha montada sobre ciertos rieles discutibles pero, a fin de cuentas, enmarcables en el derecho ciudadano a la expresión, a la protesta: el enojo social por problemas desatendidos e insatisfechos (de manera marcada el predominio del crimen organizado), la oposición a las políticas de la 4T y la búsqueda de que un sector social, supuestamente representado por esos caminantes, sea escuchado y sus demandas sean consideradas.

Pero la carga puesta sobre esos rieles tenía como antecedentes el odio y la búsqueda de la violencia. Así se manifestó en las consignas, en los insultos personales a la Presidenta y su antecesor y, finalmente, en la explosión física violenta contra vallas y controles afuera de Palacio Nacional.

La propaganda previa invocó las imágenes y los sucesos de Nepal, con edificios públicos en llamas y acciones directas contra altos servidores públicos y sus familias. En la versión mexicana, adaptada, hubo llamados específicos a “tomar” Palacio Nacional y a “ir” contra la presidenta Sheinbaum y el ex presidente López Obrador.

No sucedió, sin embargo, lo largamente anunciado: no hubo un desbordamiento juvenil que hiciera tambalear al gobierno claudista, sino un reciclamiento de marchas anteriores cuyo referente sería la llamada marea rosa, en términos numéricos de asistencia incluso menores. La falsa franquicia de la generación Z (GenZ) sólo logró demostrar que fue usada como plataforma instrumental para maniobras de políticos de edades e historiales avanzados.

No hubo plan o propuesta políticamente viables. A última hora, la tal GenZ emitió una lista de demandas que en esencia podrían reducirse a la exigencia de que todo el orden constitucional, en lo político y lo jurídico, se haga a un lado para que ellos –a saber quiénes son “ellos”– se conviertan en los nuevos gobernantes. Notable, porque desnuda las intenciones golpistas y las alínea, como a este “movimiento” en general, con las directrices trumpianas de acción desestabilizadora preparatoria de acometidas mayores contra gobiernos “progresistas”.

El desenlace largamente requerido confirmó que este segmento de “nueva” oposición, que desea subsumir a la tradicional, está renunciando al ejercicio de la política y prefiere el camino que cree más corto y susceptible de apoyo internacional, la violencia. Los atacantes de las vallas de Palacio Nacional (el bloque rosa, aunque vayan de negro) llegaron con equipamiento muy por encima de lo usual y decididos a lograr saldo rojo gráficamente explotable.

Ayer mismo, sin un deslinde de la violencia convocada, sino un agravamiento del insulto y el enardecimiento, la tal Generación Z México convocó a nueva marcha, el 20 de noviembre, con misma ruta en Ciudad de México hacia Palacio Nacional. La derecha y la ultraderecha insistirán cuanto sea necesario hasta conseguir las escenas rojas que potencien las reiteradas intenciones intervencionistas de Estados Unidos.

La apuesta abierta de esta oposición es la violencia. Buscan alterar los procesos que con legitimidad constitucional, en el marco de las reglas del sistema vigente, ha logrado la llamada 4T, entre contradicciones y distorsiones diversas. Están mandando al diablo las instituciones.

Y, mientras Morena, sus aliados y Palacio Nacional revisan las causas profundas de insatisfacción social que subsisten, más allá de las manipulaciones “Z”.

México SA

Golpistas disfrazados de “jóvenes” // Fracasan intentonas, pero insisten // Salinas Pliego se fue a jugar golf

Carlos Fernández-Vega

La Jornada

Dale que dale, la ultraderecha autóctona repite la estrategia desestabilizadora que fracasó rotundamente a lo largo del gobierno de López Obrador y que tendrá el mismo resultado en el de Claudia Sheinbaum. Sus organizadores y financistas tras bambalinas (barones evasores, juniors sesentones, piltrafas de la política, “intelectuales” sin apapachos, indecentes medios de comunicación golpistas, manos extranjeras con el logotipo de las barras y las estrellas, miles de bots, porros y conexos, todos ahora disfrazados de “jóvenes”) de nueva cuenta lo intentan y, para sorpresa de nadie, obtienen el mismo resultado.

Siete años ya (sin considerar desafueros, fraudes electorales, campañas sucias y demás) y sin dar una, los aprendices de golpistas se aferran a pesar de su derrota absoluta. Para ellos, lo de menos es el membrete del “movimiento” (“marea rosa”, “el INE no se toca”, “sí por México”, “en defensa del Poder Judicial”, “Frente Nacional Anti-AMLO” con sus carpas voladoras, “poder ciudadano”, etcétera, etcétera) ni el pretexto para la “movilización”.

Ahora, los viejitos de la ultraderecha inventaron y financiaron el artificial “movimiento del sombrero y de la generación Z México”, y lograron concentrar en el Zócalo de la Ciudad de México (en España no se pudo, porque nadie hizo caso de la convocatoria) a unos pocos miles de “entusiastas” participantes igual de longevos que los organizadores y a unos cuantos jóvenes derechosos que no tenían mínima idea del porqué estaban ahí, y sus declaraciones públicas dieron cuenta de ello.

Esa fue la “cara bonita” que quiso mostrar la ultraderecha (acarreados “demócratas”, cipayos con máscara de “patriotas”, “mexicanos indignados”, “ciudadanos de a pie”, caricaturescas señoras que rezaban y repartían “agua bendita” a discreción, a la par de mentadas de madre, nazis con bandera “libertaria”, un “jovenazo” de 80 años lanzando un SOS e implorando a Donald Trump y Marco Rubio, porque “deben ayudar a los ciudadanos de México”, y demás mercancía barata al igual que las consignas de siempre), aunque todos sabían que más temprano que tarde llegaría el momento estelar y entraría en acción el encapuchado grupo de choque financiado y movilizado por los abuelos golpistas, organizadores del “movimiento juvenil”, que además de los destrozos y el vandalismo causaron 120 heridos (entre ellos nuestro compañero fotógrafo Víctor Manuel Camacho, víctima de hampones de la Secretaría de Seguridad Ciudadana) y 40 detenidos (20 de ellos presentados ante el Ministerio Público por robo y agresiones; el resto, fueron consignados por faltas cívicas).

Ese grupo de choque fascista tiene el sello de la casa golpista: en toda movilización de la ultraderecha, “de la nada” aparece en escena y todo destroza a su paso, con o sin sombrero. Sus integrantes se acoplan a las necesidades de quien les paga: pueden ser “feministas”, “demócratas”, “a favor de elecciones limpias”, “contra el gobierno usurpador”, para “reivindicar al alcalde asesinado” y un largo etcétera, según lo amerite la ocasión y, desde luego, la orden recibida. En esto, cabe la pregunta: después de tanto vandalismo, ¿el jefe Tauro no los tiene identificados; no sabe quiénes son? Y si la respuesta es positiva, ¿por qué no actúa en consecuencia, y no sólo en contra de los autores materiales, sino de quienes los financian y ordenan?

El circo sabatino fue aderezado por la “democrática transmisión en vivo” de Tv Azteca, armada por el evasor Ricardo Salinas Pliego (quien obviamente no asomó la cara en el Zócalo, pero desde su comodidad estuvo muy activo en redes festejando “este día histórico”, lanzando consignas y mentando madres contra “los zurdos de mierda”; eso sí, muy preocupado se fue a jugar golf, “porque mañana hay que trabajar por un México grande”) con sus histéricos títeres.

Fracaso tras fracaso, pero los abuelitos ultraderechosos ahora disfrazados de “jóvenes” insistirán. El pretexto es lo de menos.

Las rebanadas del pastel

Lo único que realmente le preocupa al impresentable Donald Trump es que rápidamente puede caer por su complicidad con Jeffrey Epstein. Nada le importa si ha cometido todo tipo de delitos, como empresario y/ o mandatario. Le tiene sin cuidado la cacería de inmigrantes, el despliegue de la armada estadunidense en el Caribe y los asesinatos en esa zona. Menos, la permanente violación de los derechos humanos, su coautoría en el genocidio en Gaza o la amenaza de invadir a terceros países. Pero la cercana posibilidad de que se difundan los correos del depredador sexual lo mantiene histérico.

Twitter
Visit Us
Follow Me
You Tube
Instagram
Continue Reading
Publicidad
Presiona para comentar

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicidad

Lo más Visto

Copyright © 2021 Cauce Campeche. Diseñado por Sin Contexto.