Columnas Escritas
Lo que dicen los columnistas
De naturaleza política
Ebrard: ¡ahora o nunca!
Enrique Aranda
Excelsior
Un día y otro igual, la violencia desborda al gobierno.
Se equivoca quien piensa que el embate enderezado por Marcelo Ebrard Casaubon contra la incuestionable ilegalidad del dedazo a través del que Andrés Manuel López Obrador pretende imponer al candidato del oficialismo de cara a los estratégicos comicios de 2024, quedó satisfecho con la inclusión de una firma encuestadora elegida por él entre las cuatro que, en su momento, deberán validar la decisión del tabasqueño o, menos, por la insostenible oferta de que ahora sí, el referido proceso se llevará a término cuidando la debida equidad y legalidad.
Y esto, porque a decir de quienes en verdad conocen los alcances del operativo político puesto en marcha por el excanciller apenas el martes, éste no tiene, sino un propósito específico: garantizar para sí la nominación del partido del gobierno que administra el impresentable y siempre obsequioso Mario Delgado Carrillo, como coordinador de la defensa de la Cuarta Transformación, primero, y luego, se entiende, la candidatura presidencial que aseguran aquellos, le fue ofrecida por el ahora inquilino de Palacio mucho antes de las elecciones de julio de 2018. ¿Será?…
Creer que algo menos que eso bastará para “atemperar” a quien, en su momento sucedió al ahora titular del Ejecutivo al frente del exPalacio del Ayuntamiento (2006-2012), digámoslo claro, es no conocerlo ni entender que en sus manos el cúmulo de pruebas sobre las irregularidades documentadas en el marco del “montaje” impulsado en las últimas semanas desde el más alto nivel gubernamental y, consciente como está, de que de no aprovechar la oportunidad que ahora se le presenta, la opción de hacerse con la Presidencia quedará cancelada para él, el hoy es un ahora o nunca.
Que volverá entonces la simulación de pre-precampaña rosa Barbie del gobierno de la 4T es una ilusión, como lo es que la fractura entre Ebrard y el lópezobradorismo (ideológicamente) más radical tenderá a ahondarse entre hoy y el 6 de septiembre o más aún, que la denuncia de ilegalidades y/o excesos cometidos por López Obrador y los suyos con miras a “legitimar” a la impresentable favorita a sucederlo, la exregenta eco Claudia Sheinbaum continuará y se acrecentará en número e intensidad, constituyen opciones que antes que en cualquier otro lugar son valorados un día sí y otro también, al más alto nivel gubernamental. Así está todo…
ASTERISCOS
* ¡Vaya ridículo!, “estúpido” argumento a decir de no pocos el que usó el impresentable Alfonso Cepeda del SNTE para tratar de convencer a los gobernadores renuentes a entregar los libros de texto, al calificar su postura como “violencia cultural”, ya que, dijo, aquéllos son un derecho humano. ¿Y el derecho de los menores a no ser manipulados ideológicamente?
* Tal como adelantamos, la senadora Alejandra Reynoso acabó por ser incorporada a la mesa de diálogo, para definir el método de selección de quien encabezará al panismo en la puja por la gubernatura de Guanajuato coordina Marco A. Adame. Inteligente decisión ésta, ante la insistencia del cuestionado Diego Sinhue de imponer a su incondicional…
Número cero
Todos los políticos fallan ante la barbarie
José Buendía Hegewisch
Excelsior
Los gobiernos estatales y el federal evaden hablar y escuchar de la violencia porque no tienen respuestas en estados sobrecogidos por el crimen. Los políticos de todos los partidos fallan, y seguirán fallando, sobrepasados por la realidad de masacres que prefieren ni nombrar. Mientras la sociedad se acostumbra a un Estado de barbarie que continuará con más actos salvajes de una guerra que ve perdida.
La acusación de “insensibilidad” a López Obrador en la desaparición de cinco jóvenes en Jalisco es un símbolo de ese autismo del mundo de la política, más allá de si escuchó o no las preguntas sobre el caso. Incluso de no haber oído, de qué sirve la mañanera sino para informar sobre los problemas más urgentes del país. Éste lo es, pero no estaba en la agenda ni hay respuesta. Pero el mismo trastorno de aislamiento ataca al emecista Enrique Alfaro en Jalisco, al gobernador morenista de Veracruz y otros cuando no tienen otra explicación que la guerra entre cárteles frente a crímenes atroces.
Centrar el debate en la empatía del Presidente es sintomático del total vacío de políticas para enfrentar las nuevas formas de violencia: grabación de escenas dantescas en Lagos de Moreno de jóvenes obligados a atacarse entre ellos, o restos humanos en un frigorífico como carne para consumir en Poza Rica. En el fondo, la polémica representa la indignación con la estrategia de seguridad de abrazos, no balazos no sólo por su fracaso, sino también por marcar el retiro de un Estado debilitado e incapaz de detener la cuenta de más de 100 mil desaparecidos y decenas de miles de asesinatos.
La difusión de un video que transgrede la condición humana de las víctimas es un acto terrorista. Hay algún antecedente de videograbaciones de ejecuciones de los Zetas, aunque el destino de los jóvenes y su mensaje sigue envuelto en el misterio. Sin embargo, igual que en el terrorífico refrigerador veracruzano, no hay indicio de ajuste de cuentas de grupos que disputan esas plazas como se justifica toda matanza desde la fallida “guerra contra la droga” de Calderón. Ni ese discurso ni la inacción “pacificadora” de López Obrador, permiten entender la forma como evolucionó la violencia en el país. Y esto no es cosa del pasado.
El significado de barbarie en el diccionario es más amplio que las actitudes contrarias a las leyes. Su sentido abarca acciones fuera de las normas de la cultura y la ética, crueles y faltas de compasión hacia la vida y dignidad. Que pueden observarse en guerras masivas en las que ganar quiere decir aniquilar al otro, pero también en el supremo uso de la violencia para obtener un fin. ¿Qué se busca con los actos salvajes de Veracruz y Jalisco?
La primera respuesta es la reaparición de otro ciclo de violencia por las elecciones anticipadas de 2024, en el reacomodo en la lucha por territorios y pactos de las redes de macro criminalidad con el poder político. Aunque una opinión creciente ve en la violencia salvaje la expresión de un nuevo tipo de Estado. Una gobernanza paralela a la forma en que manda las reglas del crimen con ejércitos propios que profanan los valores morales más arraigados, violentan el derecho a existir y el robo de la dignidad a todo indefenso impunemente.
Frente a esto, los políticos callan o niegan, como López Obrador las masacres o caen en la desidia de Alfaro en el caso de los jóvenes en Lagos de Moreno, que no es aislado, ahí ya han desaparecido casi 600 personas con total impunidad. El silencio alimenta la sospecha de complicidad de políticos y funcionarios que se baten en retirada o pactan con el crimen a costa de dejar el Estado en manos de la barbarie en espera de un poco de paz.
La sociedad, por su lado, resiste, y en algunos casos defiende con muertos su territorio, como en Ostula en Michoacán, bajo amenaza del gobernador de desalojar a la comunidad. Pero también se aleja del debate público desde la última elección en que fue desoída por los políticos y ello llevó a una ruptura del movimiento de víctimas con López Obrador.
La inseguridad, ausente en las campañas tanto de Morena como en el Frente, es un tema para instrumentalizar en ataques contra el gobierno y entre los partidos, no para resolver una “guerra” que todos perdemos. ¿Hasta dónde aguantar?
¿Sin esperanza?
Rolando Cordera Campos
La Jornada
No podemos dejar de preguntarnos: ¿Qué mundo es éste? ¿Qué país nos hemos dado al calor de tanto cambio de estructuras y mentalidades? ¿Cómo es que sobrevivimos a tanta adversidad hasta ayer culminadas en la pandemia? Preguntas que nos agobian porque no encontramos explicaciones suficientes.
Sin duda, podemos arriesgarnos a elaborar intrépidas hipótesis, pero en el fondo sospechamos que poco podrán alumbrar la bruma espesa que se va instalando en los ánimos y realidades nacionales.
El crimen, organizado y no, se salta sus propias trancas y genera olas interminables de horror y miedo. Podemos seguir intentando la poco eficiente negación de la realidad e insistir en que esa violencia es cosa de otros, pero la canija realidad es apabullante: la amenaza no distingue, no conoce límites ni treguas.
La brutalidad tiene sus agendas, por eso una y otra vez nos sorprende. Las nuestras pretenden partir de una normalidad ficticia que no es propia de un estado de excepción o de emergencia. Más bien, se han vuelto espejos siniestros, imágenes absurdas, miopías, cerrazones que se apoderan de la política y sus acertijos ridículos, pero también de los negocios y de sus capitanes. Y, en medio, el triste espectáculo de la guerra desatada por los libros de texto gratuitos que poco o nada tiene que ver con el enorme desafío educativo que afecta a millones de niños y jóvenes sin que sus familias acierten a encontrar senderos de salida y esperanza.
En este malhadado contexto, la democracia en su dimensión electoral parece un triste conjunto de vacuidades sin mensaje alguno para la acción racional y colectiva. Gran promesa del discurso predominante de la reforma política, atado férreamente a la democracia representativa.
El discurso polarizante y violento no parece dispuesto a respetar límites. Todo es maniobra, burla, cinismo. Un show (mal) montado y peor actuado por malos actores que se deslizan impunemente por el maltrecho escenario de la política democrática. Conservar y elevar el rating obsequiado por el moderno oráculo de las encuestas es el fin. Hora del mercado total, que no la del discurso neoliberal, vocación implantada en reflejos y resortes en el corazón del poder constituido y de hecho.
Los resultados de esta nefasta modalidad moderna de la vida política son deplorables. La hipermovilidad y visibilidad de unos candidatos, que no lo son, no conllevan a un mejor entendimiento de lo que piensan del estado de la nación. Sus balbuceos se reducen a afirmar el rol preasignado de participantes de un reality show.
Tendremos que cuestionarnos, si es que antes la casa no se nos viene encima, cuál ha sido el sentido de haber obligado a la política a convertirse en tan grotesco espectáculo; cómo es que se fue degradando nuestra convivencia; cómo el bien colectivo fue dejando paso al mero cálculo, a la grosera utilidad.
Recuperar la visión republicana y poner por delante nuestro respeto a valores fundamentales, como el de la educación, que, como nos dijo Delors, encierra un tesoro, debería ser parte de una última llamada para salir al paso de tanta fantasía destructiva como la que se ha venido tejiendo ante nuestros ojos. Una pausa simbólica para deliberar a fondo sobre una adversidad que todo lo emponzoña.
Nada que celebrar en estas jornadas más que adelantadas para la sucesión presidencial; mucho que imaginar para apagar las llamaradas y empezar a crear confianza y respeto, sin los cuales no puede haber esperanza alguna. ¿Será posible que, todavía, podamos rencauzar la próxima jornada electoral y sea ésta piedra de toque para (re)ordenar nuestro camino democrático? La palabra tiene que ser de todos y pronto.
La historia en disputa: qué enseñan los libros de texto
Marcos Roitman Rosenmann
La Jornada
La escuela es un lugar privilegiado donde se libran batallas relevantes. Alumnos y maestros constituyen la base sobre la cual se educa en valores ¿Pero qué valores? La respuesta no se encuentra en las aulas, sino en los entresijos del poder. Una economía de mercado requiere un plan de estudios afincado en potenciar el egoísmo, la competitividad, la meritocracia, la intolerancia, el individualismo, al afán de riquezas, el machismo patriarcal y el odio al diferente, adoctrinando en la fe católica. Por el contrario, una sociedad fundada en la igualdad, requiere valores republicanos como la colaboración, la amistad, el bien común, el interés general, además de reflexionar acerca de la desigualdad, la explotación, la responsabilidad ética y la vivencia democrática. Cuando la derecha pierde su capacidad de control sobre el sistema educativo, se vuelve negacionista y saca a relucir sus armas, moviliza a la Iglesia, a las asociaciones de padres conservadores, sus medios de comunicación, jueces, fiscales, académicos e ideólogos. Emprenden una cruzada con el fin de evitar a los educandos conocer la historia oculta, no contada, como la guerra sucia, la tortura, la desaparición forzada o las luchas reivindicativas por los derechos humanos.
Hace cinco siglos quienes cuestionaban el poder establecido eran enviados a la hoguera junto con sus libros. El 27 de octubre de 1553, a los 44 años de edad, fue quemado al lado de su obra el teólogo Miguel Servet “porque su libro llama a la Trinidad demonio y monstruo de tres cabezas…, por decir que el bautismo de los pequeños infantes es obra de brujería… Por estas razones te condenamos, Miguel Servet, a que te aten y te lleven al lugar de Champel, que allí te aten, prendan fuego y tu cuerpo quede reducido a cenizas, y así termines tus días para que quedes de ejemplo para otro”. El odio, la ignorancia y el miedo forjaron los tribunales de la Inquisición. Libros, obras de arte, cualquier objeto que contraviniera la visión del mundo de la Iglesia, acabaría en piras, donde el fuego purificador limpia el pecado de hacer preguntas incómodas. No por casualidad Adán fue expulsado del Paraíso al aceptar la fruta del árbol prohibido del conocimiento.
Catherine Nixey, en La edad de la penumbra: Cómo el cristianismo destruyó el mundo clásico, escribe: “En Alejandría, Antioquía y Roma, las hogueras de libros ardían y los funcionarios cristianos contemplaban el espectáculo con satisfacción. Quemar libros era algo aprobado e incluso recomendado por las autoridades de la Iglesia. –Buscad los libros de los herejes (…) en todos los lugares –advertía Rábula, el obispo sirio del siglo quinto. –Siempre que podáis, traédnoslo o quemadlos en el fuego”. Así, la costumbre de quemar libros se proyecta hasta nuestros días. Hoy sus autores no van a la hoguera, son asesinados o están en prisión. Decenas de profesionales de la información se han convertido en blanco. Aún están presentes los casos de Miroslava Breach, Javier Valdez o Luis Martín Sánchez; mientras tanto, Julian Assange sigue encarcelado. Vivimos tiempos de criminalización del pensamiento. Partidos de ultraderecha, órdenes religiosas y una versión actualizada del nazi-fascismo buscan imponer un nuevo totalitarismo, fundado en la sumisión de la conciencia, la desmemoria y el control de la voluntad.
En el gobierno de Bolsonaro se quemaron obras de Paulo Freire, uno de los pedagogos más destacados del siglo XX.
En el Chile del siglo XXI se mantiene, en los textos de educación media, la visión de que el gobierno de Salvador Allende fue un periodo de caos. Corolario: la intervención de las fuerzas armadas fue inevitable. En el segundo nivel de enseñanza media se recomienda la lectura del historiador Gonzalo Vial, ministro de Educación de Pinochet, quien justificó el asesinato de los militantes de la Unidad Popular bajo un supuesto autogolpe, Plan Z, que buscaría eliminar la oposición para establecer una República Popular marxista leninista. Este es su relato: “La crisis de 1973 puede ser descrita como una aguda polarización a dos bandos (…) Ninguno de estos bandos logró (ni probablemente quiso) transigir con el otro, y en cada uno de ellos hubo sectores que estimaban preferible, a cualquier transacción, el enfrentamiento armado”. Cualquier intento de crítica es adjetivada de izquierdista. Sin embargo, el temario llama a leer a otro historiador conservador, Alfredo Jocelyn-Holt, para quien el golpe de Estado se debe a cuatro razones: “La Cuba revolucionaria…, la heterogeneidad de la Democracia Cristiana; el problema del mesianismo que siempre cree que puede hacerlo todo, y la espiral discursiva que acompaña este mesianismo”. Ambas afirmaciones, a juicio de las autoridades educativas chilenas, parecen estar exentas de sesgo ideológico. ¿Y los efectos del golpe de Estado? ¡Bueno!, se cometieron excesos, pero el resultado fue para bien. Surgió un Chile libre, exitoso, respetado mundialmente, ejemplo de sociedad de mercado. Mantener este relato es la razón por la cual la derecha persigue inquisitorialmente a quienes buscan educar en los valores democráticos. No por casualidad las dictaduras persiguen a los maestros, intervienen en la escuela, cierran universidades, mutilan bibliotecas y queman libros.
¿Acaso será esta una de las causas por la cual los jóvenes votan a la extrema derecha en Chile, Argentina, Estados Unidos, Francia o Italia? La historia sigue estando en disputa.
