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Número cero
La 4T cambia el rostro del INE
José Buendía Hegewisch | Excelsior
La 4T ha logrado cambiar el rostro de las instituciones autónomas bajo la fuerza del presidencialismo de López Obrador. La cirugía no le alcanzó para trastocar su autonomía con reformas constitucionales, aunque sí recortarla con las viejas normas para impulsar “cuates” en esos enclaves. En el caso del INE con un nuevo estilo que rompe con pactos de “cuotas” con la oposición y apuesta por viajar en solitario para transformarlo.
El premio mayor de la presidencia del INE se lo sacó Guadalupe Taddei, exconsejera en Sonora, designada por insaculación en el Congreso junto con tres nuevos consejeros, después que la 4T descartara un acuerdo. Morena jugó a la probabilidad del sorteo, dado que la mayoría de los 20 finalistas para las cuatro vacantes del consejo son personas cercanas o afines al partido. Sobre todo, por la línea que marcó López Obrador para evitar enjuagues y transparentar el proceso. Los nuevos consejeros se decantan por el plan B, que suspendió la Corte por una controversia constitucional del propio INE y que defenderán los consejeros que se quedan.
El INE ha sido caballo de batalla y blanco de la crítica presidencial por la simulación del modelo de “cuotas y cuates” de los partidos para nombrar consejeros. Sin embargo, eso no evitó que el resultado derive en otro intento de captura, una vez que su mayoría fue insuficiente para eliminarlo o reestructurarlo con el plan B. El rostro del INE tiene ahora más del ADN de la nueva mayoría con un perfil acorde a las prioridades del gobierno. En eso se resume el beneplácito de López Obrador con una nueva presidenta “incapaz de actuar” como Lorenzo Córdova, al que acusa de ser parte de la mafia del poder de la vieja mayoría por defenderse de ataques y viejos rencores desde la denuncia de fraude de 2006.
El cambio de rostro devela su concepción sobre el reparto del poder en el Estado y la función pública. La disputa por el INE o el Inai no pretende eliminarlos, como decía la oposición con el eslogan político del “no se toca”, aunque acabará por bailar al son que le toca la nueva mayoría en el poder. Fueron víctimas de sus propias argucias, cuando no de otra clase de acuerdos para avalar el comité técnico que evaluó candidaturas y luego rechazarlo como cercano a Morena.
La cara que López Obrador quiere ver de los autónomos es austeridad y alineación con las decisiones centrales del gobierno. Aunque intentó reformas constitucionales, su objetivo no era desaparecerlo, sino dirigirlo hacia su idea sobre los derechos y la democracia en la que no cabe la anterior fórmula de la inclusión, sino la representación de la mayoría, incluso al precio de dejar la decisión a la suerte.
La opción de la insaculación, prevista en las viejas normas, había servido antes como disuasivo para alcanzar acuerdos y evitar la exclusión de algún partido, como ocurrió en 2003 con el PRD. La última vez que se eligió un consejo sin consenso, los resultados fueron desastrosos. Representó el inicio del conflicto de “obradorismo” con el INE por la elección de 2006 y la erosión de la confianza de una parte del electorado con la institución.
Pero hay diferencias con el actual proceso. En posiciones contradictorias, la oposición esta vez aceptó el comité técnico de candidaturas, pese a tener cargados los dados hacia Morena y luego querer impugnarlo en el Tribunal. Y tampoco pueden llamarse excluidos por el recurso del sorteo, aunque la palabra mágica de la inclusión de la “partidocracia” se diluya del perfil de la institución. No obstante, ahora el PAN se dice burlado, por lo que impugnará como consejeros a Taddei y Jorge Montaño, por nexos con Morena.
Morena y López Obrador no han usado filtros como en TikTok para cambiar el rostro del INE, lo intentaron con reformas y acabaron por emplear los recursos de las viejas normas ahora a favor de su mayoría. Para la oposición, la renovación del INE es como esa experiencia en la que ver el propio rostro te espanta, después de que hicieron de su defensa casus belli contra el gobierno. Y para la Presidencia saliente la despedida con la exoneración del PRI de los casos de corrupción de Odebrecht y la operación Zafiro.
Habrá que dar el beneficio de la duda a los nuevos.
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Disonancias
El fin del lopezobradorismo
Ricardo Alexander Márquez | Excelsior
Existen muchas cosas preocupantes en México. Desde donde se vea, el país ha transitado por el caos durante los últimos cuatro años. En prácticamente todo estamos peor que cuando empezó la administración de López Obrador. No sólo no hemos avanzado, sino que se puede ver un claro retroceso democrático.
La pobreza ha aumentado. Igual la inseguridad y los homicidios. Somos el país más peligroso del mundo para practicar el periodismo. Los organismos autónomos son menos independientes que antes, al igual que el Poder Judicial, que fue entregado por quien fuera su presidente.
Es un hecho que hoy en México somos menos libres. Somos más cínicos y estamos más divididos. Nuestra capacidad de sorpresa e indignación ha sido ahogada en un mar de delitos flagrantes, de mentiras y manipulaciones que todos los días se dictan desde el palacio imperial. Empezamos con un “al diablo las instituciones” y llegamos a un “no me vengan con que la ley es la ley”. Y nos dejó de indignar.
No necesitamos una bola de cristal para predecir el futuro. Después de cuatro años de gobierno, ya sabemos lo que va a pasar en 2024. El Presidente va a destinar todas sus armas para ganar, a como dé lugar, las elecciones federales. No tendrá empacho en poner a andar la maquinaria del financiamiento por el crimen organizado, ni en que su partido ignore la ley. Atacará constantemente al árbitro electoral y es un hecho que, si no obtiene la tan anhelada victoria, desconocerá los resultados. Ya lo dijo, su proyecto continuará, o eso es lo que él cree.
Pero su diagnóstico es errado. No obstante el desolador panorama para el próximo año, existe un elemento muy positivo. Pase lo que pase, estamos frente al fin del lopezobradorismo.
Gane quien gane, López Obrador dejará la silla presidencial y quien llegue a sustituirlo, incluso si es una de sus corcholatas, terminará –por acción u omisión– con la funesta –autodenominada– Cuarta Transformación.
Después de estos desastrosos seis años, quien llegue al poder no tendrá esas mayorías abrumadoras en las Cámaras. Tampoco se le rendirá esa idolatría ciega por los legisladores de su partido. No existirá ese culto y fe ciega al nuevo líder. Y poco a poco se irá evaporando la devoción por nuestro actual mandatario.
No habrá otra salida más que la negociación. Y si esa persona que llegue es –medianamente– inteligente, buscará un camino muy diferente al emprendido por la actual administración.
Dependiendo de quien ocupe la silla presidencial, incluso se puede asumir que se abrirán y ejecutaran procesos judiciales y administrativos, hoy empantanados, contra esos funcionarios públicos que de manera grotesca se llenaron los bolsillos con dinero producto de la corrupción.
Y todo indica que una vez que termine el sexenio y López Obrador deje el cargo, el partido Morena se autodestruirá y toda la basura acumulada bajo la alfombra embarrará a todos los que estén cerca.
En el fondo, lo único que une al movimiento de “regeneración nacional” es resentimiento y un apetito voraz de poder. Y ahí está su acabose.
Por eso, no todo son malas noticias. Ya no hay mucho que pueda hacer el lopezobradorismo para mantenerse con vida.
México resistió una enorme fuerza devastadora. Ahora toca empezar a planear su reconstrucción.
* Maestro en Administración Pública por la Universidad de Harvard y Profesor en la Universidad Panamericana.
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¿Mudarse por mejorarse o para no morir?
Rolando Cordera Campos | La Jornada
Mudarse por mejorarse. Así lo propuso don Juan Ruiz de Alarcón en tiempos muy lejanos, pero sigue habiendo émulos del lema: mudarse para estar bien; para tener llena la hielera, como le dijo una bien plantada afanadora en un hotel de Berkeley a mi hija Tamara, quien se y le preguntaba por qué la gente dejaba su tierra y hogares.
Entre nosotros, el drama fronterizo se torna tragedia migratoria. Resume nuestros desastres: no sólo de derechos humanos, sino económico, social y político. Desde luego, del Estado y la sociedad, cuyas modernizaciones resultan vacuas representaciones ante la tragedia humana.
La muerte de los migrantes en Ciudad Juárez no quiere que nadie le escriba. Se ha inscrito ya en los anales de la infamia porque al final de cuentas se trataba de una muerte anunciada, y sin el Gabo. Mucho habrá que hacer en la política y en las agencias, los institutos y las secretarías encargadas.
La crisis es humanitaria, también de sensibilidad, de ética, de responsabilidad. Grotesco resulta querer hacer de la tragedia un macabro juego entre los contendientes por la candidatura presidencial del 24, como escuché decir a un renombrado conductor televisivo. Las muertes exigen justicia, no burla ni escarnio.
México ha demostrado constantemente que promueve una política migratoria humanista que busca flujos más ordenados, seguros, regulares y humanos en la región. México busca que la migración sea vista como una alternativa y no como una obligación; que se respeten los derechos de las personas migrantes tanto fuera como dentro de nuestras fronteras, escribía recientemente Roberto Velasco, jefe de la Unidad de América del Norte, y agregaba: El gobierno de México defiende en casa y en el mundo una política migratoria humanista (Roberto Velasco Álvarez, Una política migratoria humanista, Excélsior, 21/2/23).
Otra, sin embargo, es la información de Tonatiuh Guillén López, investigador del El Programa Universitario de Estudios del Desarrollo de la Universidad Nacional Autónoma de México, quien anotó: “De enero a noviembre de 2022, la Patrulla Fronteriza registró alrededor de 2 millones 300 mil arribos. De esa cantidad, 750 mil son mexicanos (32.6%). De los migrantes extranjeros, una parte importante proviene de Guatemala (alrededor de 200 mil), El Salvador (80 mil) y Honduras (180 mil). Además, se disparó el flujo de solicitantes de refugio provenientes de Nicaragua, Cuba y Venezuela, incluso superando a los provenientes de países centroamericanos. Sólo de enero a noviembre de 2022, los cubanos detenidos en la frontera sumaron alrededor de 264 mil, los de Nicaragua 180 mil y los de Venezuela unos 160 mil (Diego Badillo, Estados Unidos y México privilegian contención de migrantes, El Economista, 15/1/23).
Estamos ante una decadencia imparable del Estado, otrora erigido como ariete de un compromiso fundamental de la Revolución por la justicia y la protección de la gente; la crónica insuficiencia de un aparato económico que no incluye a todos en plataformas laborales dignas y promisorias; la irresponsabilidad o el cinismo, según se le vea, de los encargados de las instalaciones destinadas a recibir a los migrantes en busca de refugio, un mejor trabajo.
Es posible que no tenga caso, como algunos sostienen, volver los ojos a la memoria de esta historia, que es larga y nunca ha dejado de ser dolorosa, pero lo que no puede estar sujeto a discusión es la urgencia. Es momento de rectificar; la migratoria debe ser una política y no una ordenanza militar. Si esto ocurre, pronto podríamos tener una deliberación republicana en toda forma que, sin evadir fallas ni abusos, comprometa a la nación a asumir sus omisiones y a abordar la enorme tarea: no se trata de criminalizar al migrante ni otorgar una concesión graciosa para estar en el territorio.
Claro y puntual el pronunciamiento de la Cátedra Extraordinaria Trata de Personas de la UNAM:
“(…) Llamamos al Estado mexicano, a cada una de sus autoridades en los tres niveles de gobierno, a asumir que su mandato constitucional fundamental es la protección, respeto y cumplimiento de los derechos humanos de todas las personas que se encuentran dentro del territorio nacional. Esta tragedia es inaceptable e intolerable y, lamentablemente, se suma a otras que ponen en evidencia la urgencia de revisar la política migratoria mexicana y los acuerdos con gobiernos de otros países (…) Es momento, también, de rectificar una política migratoria militarizada.”
Desde luego, hay que ordenar los flujos, revisar y regular la estancia temporal de los migrantes para evitar tanto su clandestinidad como su vulnerabilidad, nunca el uso de mantas metálicas que cubrieron los cuerpos, como afirma el Posicionamiento urgente ante los hechos ocurridos al interior de la estación provisional del Instituto Nacional de Migración en Ciudad Juárez, que agrega: La política migratoria en México, mata.
Requerimos una pedagogía de la hospitalidad, ser auténticamente humanos. Nada más…
