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Número cero

Ovidio, una pieza del tablero de ajedrez de López Obrador

José Buendía Hegewisch

Excelsior

Las decisiones importantes del gobierno, como la recaptura de Ovidio, se guían más por el pragmatismo político que por estrategias o credos ideológicos. Las razones para tomarlas no provienen de discursos políticos como el de “abrazos y no balazos”, sino de sus efectos prácticos en el tablero de ajedrez de López Obrador donde el Chapito es sólo una pieza de una jugada exitosa para el país.

Los operativos contra el líder de una fracción del Cártel de Sinaloa, el primero fallido en 2019 y ahora cumplido, parecen de dos gobiernos distintos. O al menos así lo reflejan críticas tan contradictorias como las que descalifican una jugada obligada para recuperar prestigio del gobierno y ejército. Los cuestionamientos a la liberación de Ovidio se van al otro extremo para ahora desacreditar su detención como el fracaso de la estrategia de seguridad y la vuelta a la lógica de la “guerra contra las drogas” de gobiernos anteriores. El sabor de boca que dejan es contradecir o contradecirse en maromas discursivas iguales a los saltos que dan los que antes justificaron el fracaso con argumentos contrarios a los que hoy usan para aplaudir su recaptura.

Que hayan detenido a Ovidio es positivo y una necesidad para remontar una derrota moral del Estado por un operativo en que el Ejército fue superado por el crimen en el Culiacanazo. Su mayor utilidad es sacar una espina en el corazón de la seguridad del país. Pero una de las distorsiones de la polarización es que no se juzga las decisiones por sus méritos, sino por la verdad de una postura política o ideológica, por eso el pragmatismo del Presidente confunde oponentes. La caída del Chapito, sin embargo, no significa un viraje en la estrategia de no confrontar directamente a los cárteles, ni abandonar el discurso de los abrazos. Responde a una decisión política útil para cerrar una herida, evitar futuras responsabilidades legales y prueba de cooperación en el trasiego de drogas sintéticas a EU, como reconoció Washington. Incluso como moneda de cambio en la compleja agenda de temas con EU, lo que no significa sumisión, como también deslizan sin tino las críticas.

El pragmatismo significa el predominio del empirismo sobre dogmas racionalistas para sacar soluciones ventajosas. Por eso a sus oponentes les cuesta trabajo juzgarlo desde paradigmas como la “guerra contra las drogas”, que nunca funcionó, o la recuperación de una armonía en seguridad, que tampoco existió. ¿Cuáles son entonces las diferencias en el valor práctico en uno y otro operativo? El efecto práctico de tocar la retirada hace tres años fue evitar las consecuencias imprevisibles de un operativo mal planeado en que el Ejército había sido hecho rehén del crimen, a pesar de las implicaciones morales y jurídicas de la orden de liberar a un criminal. La “historia me juzgará”, dijo López Obrador al asumir por completo la decisión, que en un futuro podría haber dado lugar incluso a reclamos de la Justicia de EU por omisión de su responsabilidad constitucional de poner ante el ministerio público y extraditar a un narco acusado de delitos graves como el tráfico internacional de drogas. Entonces se juzgó como prueba de pactos con el Cártel de Sinaloa, ahora tiene el valor práctico de refutar esa presunción. En el tablero del Presidente la recaptura es una pieza para mostrar avances en el compromiso que hizo en octubre pasado de “enfrentarse al fentanilo con toda su fuerza”, ante las presiones de EU para detener a los capos y un flujo de drogas que crean una crisis de salud pública en su país. Puede pensarse que su cabeza es un presente para recibir a Biden en México, aunque esta clase de operativos se planean con meses de antelación. Sin embargo, eso no le quita el valor práctico de contar con fichas en la negociación con los estadunidenses de temas espinosos para México como las controversias energéticas, migración o transgénicos.

Cualquiera de estas razones, o todas ellas, pueden explicar una decisión que, sin duda, demuestra la capacidad del Estado para perseguir al crimen y al parecer la reanudación de la cooperación con agencias estadunidenses como la DEA y la CIA. Aunque eso tampoco cambie el estado de violencia e inestabilidad en un estado que, como otros del país, están controlados por el crimen, como demostró la guerra por Ovidio en todo Sinaloa.

La inmaculada percepción

Cuenta regresiva para Morena

Vianey Esquinca

Excelsior

Este 2023 será un año decisivo para el proyecto del presidente Andrés Manuel López Obrador y su partido, pues marcará la forma en que llegaran posicionados a las elecciones del 2024. A estas alturas debe quedarles claro que no la van a tener fácil por diversos factores.

1. Los suspirantes morenistas a la Presidencia, léase Claudia Sheinbaum, Marcelo Ebrard y Adán Augusto López, van a sacar las uñas. El año pasado apenas se habían enseñado los dientes, pero la descarada campaña de espectaculares por todo el país con #EsClaudia calentó los ánimos y el equipo político del secretario de Relaciones Exteriores presentó denuncias ante la FGR y el INE, presumiendo uso de recursos públicos en esos actos propagandísticos. Esto apenas comienza. El peor enemigo de un morenista es el morenista de la acera de enfrente.

No sólo eso, en 2023 se demostrará de qué están hechas las corcholatas. Los errores que cometan serán críticos. Por ejemplo, Sheinbaum ya no podrá acusar de una campaña en medios lo que sucede en el Metro. El choque de trenes en la Línea 3 que dejó sesenta heridos y una persona muerta habla de que la Ciudad pende de un hilo. Mientras esto pasaba en la CDMX ¿qué estaba haciendo la jefa de Gobierno? En Morelia, haciendo campaña.

2. No habrá dinero que alcance. Aunque al tabasqueño sabe perfectamente lo redituable de utilizar políticamente la pobreza y por eso ha destinado miles de millones de pesos en sus programas sociales, los recursos públicos son finitos. Mantener esa popularidad, empecinarse en continuar con sus obras emblemáticas y seguir subsidiando la gasolina para evitar que la inflación sea peor, entre otras onerosas políticas, están exprimiendo las arcas públicas.

Para acabarla, hay elecciones en Coahuila y el Estado de México –la joya de la corona–, por lo que buscarán tener suficientes recursos que inyectar a los procesos electorales. Van a tener que jalar la cobija dejando descubiertas partes esenciales.

3. La situación económica seguirá siendo incierta, pues se sabe que en Palacio Nacional tienen prendidos muchos cirios y mandan a Rogelio de la O a bailar a Chalma cada domingo, para que Estados Unidos no entre en recesión, porque eso sería catastrófico para el país.

4. El tiempo se acaba y las promesas incumplidas cada vez irán tomando más relevancia. López Obrador prometió que el 1 de diciembre de 2020 el sistema de salud sería similar al de países como Dinamarca, lo cual evidentemente no sucedió. A finales de 2022, dijo que ahora sí, deveritas, verdad de Dios, en 2023 el sistema de salud será como en ese país escandinavo. A menos que haya un milagro, esto no va a suceder. Mantener la escasez de medicamentos y las condiciones de los hospitales públicos definitivamente jugará en su contra.

Algo similar sucedió con la seguridad. El 3 de enero de 2019, el Presidente dijo: “En 100 días de gobierno vamos a terminar de desatar toda la acción transformadora, y vamos a mejorar en este tema de la inseguridad, que es complejo” y así pasaron 100, 200, 300, 400, 500, 600… mil, mil 500, mil 700 días y la inseguridad sigue como si nada.

La captura de Ovidio “N” el jueves pasado fue, sin lugar a duda, un respiro para el mandatario, pero detrás de esta detención surgieron dudas y sospechas sobre la detención, desde que fue una ofrenda al dios Taka-taka Biden para que no castigara al pueblo mexicano con su ira, hasta que se había detenido a un clon (situación Mario Aburto recargado).

2023 no pinta fácil para López Obrador. A ver si, ahora sí, a la oposición se le prende el foco y aprovecha esos vacíos que abra para finalmente posicionarse y llegar mejor parada en las elecciones.

Recuerdos, ¿sin porvenir?

Rolando Cordera Campos

La Jornada

En una de sus extrañas machincuepas, las naciones suelen darse al peligroso juego de rehacer la historia, SU historia para, supuestamente, reconstruirla y contar con un mejor relato a partir de algún punto en el horizonte. No siempre, o quizá nunca, las cosas salen como se las plantearon los dirigentes y sus profetas y los desenlaces de tales vuelcos suelen ser trágicos, contraproducentes para el bienestar de esos pueblos que han osado borrar sus propias leyendas.

Los ejemplos del siglo XX no son edificantes, pero sus lecciones son imborrables. Depositar en el éter o en algún imaginario limbo esos recuerdos, que en un cierto momento declaramos periclitados y sin porvenir, nos sale caro. De no corregir a tiempo el rumbo en que este antihistoricismo puede meternos, corremos el peligro de caer en un tobogán sin fondo para acabar de habitantes de escenarios sin historia, ni futuro. De memorias archivadas.

Jugar a Aprendices de Brujo con el o los capitalismos puede ser otro ejemplo a tener en cuenta para evitar caer en imitaciones extralógicas y poder reiniciar la ingrata, pero fundamental tarea de repensarnos como pueblos, naciones con recuerdos y porvenires, con horizontes de aliento y renovadas visiones de desarrollo y auténtica transformación.

No es asunto numérico, ni de cuarta ni quinta; mucho menos de primera o tercera transformaciones, sino de la capacidad que como República tengamos para atravesar las corrientes y los protocolos endiablados que impone la inconclusa globalización del mundo, una que hace ya algunos años el pensador y estudioso inglés John Gray calificó de falso amanecer. En nuestro caso, tenemos ya que hablar de una no experiencia globalizadora, de una tragedia que podríamos habernos ahorrado.

Hoy, a partir del gran vuelco democrático que arrancara en los años 90 y llevó a la gran maroma de 2018, se pretende dar salida a viejos y nuevos laberintos, encrucijadas y pantanos, con atrabiliarias rescrituras de la historia moderna mexicana y, so capa de conmover y remover viejos usos, abusos y prácticas, se acorrala a las instituciones desde el poder constituido, se amenaza con su demolición y poco o nada se ofrece a cambio. Sólo berrinches desde lo alto; amenazas veladas, denuestos y ofensas que no pocos han empezado a ver como ominosa amenaza de remolino destructor y sin tregua.

Se ha hablado con cada vez más soltura y temores de la democracia bajo sitio y bajo fuego. Tenemos que hacerlo con claridad y entereza y asumir con dolor ese crimen lingüístico acuñado por el Presidente, pero celebrado por muchos, al hablar de abrazos y no balazos, como si el mortífero armamento al uso de los grupos criminales disparara balas de salva.

El episodio con el que se inauguró el año fue el embrollo del relevo de la presidencia de la Suprema Corte y el simulacro cuatro-teísta, que quiere ser costumbre de Estado, de defenderse atacando e infamando autoridades responsables, críticos congruentes, como el académico Guillermo Sheridan, o instituciones como la UNAM, indispensables para un país en crisis profunda como es el nuestro.

Por fortuna, al ataque fariseo emprendido desde la cumbre estatal no siguieron el silencio y mucho menos la negación del recuerdo y sus historias, sino ejercicios de firmeza y claridad política e intelectual que, como ocurrió con el rector Graue, nos enor-gullecen y permiten apoyarlo con afecto y respeto. La evidencia de todo un año de simulacros de guerras floridas nos dice que el gobierno de la transformación que aseguró que no sólo respetaría, sino que ampliaría la democracia tan trabajosamente ganada, no puede mantener en alto y como exclusiva la bandera de la esperanza o la dignidad valiente. Debe reconocerse como un gobierno cuyas decisiones han ahondado los desajustes y profundizado nuestras caídas previas, cuando no de plano abierto la puerta a nuevos despropósitos económicos, en la convivencia colectiva y los entendimientos políticos. Estos entendimientos, que hemos celebrado muchas veces, se nos presentan hoy deteriorados y gastados por tanto jaloneo que ahora se protagoniza desfachatadamente por el poder del Estado.

Defender a la UNAM, como muchos han reiterado que defienden al INE y antes hicieron con la FIL de Guadalajara, debe engrosarse con simpatía y apoyo a la Suprema Corte, así como a los jirones de representatividad que tanto abuso ha debido sobrellevar. De eso sí que puede la historia contarnos y mucho.

Por lo pronto, votemos por que el 23 no sea como el remolino que nos alevantó y que todos asumamos de una vez por todas que, como dijera el inolvidable Ixca de Carlos Fuentes, ¡Qué le vamos a hacer, si aquí nos tocó vivir, en una región que fue transparente y nuestros abusos y desidias volvieron opaca!

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