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Lo que dicen los columnistas
Un terremoto y una maldición
Y luego está China, que observa con una paciencia que Washington parece incapaz de comprender. El 2025 cerró con una tregua en la guerra comercial, pero las tensiones estructurales siguen intactas.
Proceso
Alfred Hitchcock tenía una regla para construir el suspense: empezar con un terremoto y luego ir elevando la tensión. El 2026 arrancó siguiendo ese guion al pie de la letra.
El 3 de enero, en una operación que duró apenas dos horas y 20 minutos, fuerzas especiales estadunidenses irrumpieron en Caracas, capturaron a Nicolás Maduro (y a su esposa) y lo trasladaron a Nueva York para enfrentar cargos criminales. Trump anunció que Estados Unidos «manejará» Venezuela «el tiempo que sea necesario», aunque resulta difícil saber exactamente qué significa eso cuando el dictador cayó sin que cayera la dictadura: Delcy Rodríguez y el aparato chavista permanecen en el poder, ahora bajo tutela estadunidense, con el control del petróleo —y de los flujos de renta que genera— como verdadero eje de la reconfiguración en curso. No fue realmente un cambio de régimen; fue, en todo caso, un cambio de correa.
La captura se produjo el viernes. El fin de semana, sin permitir que la tensión bajara un instante, Trump amenazó a Colombia con una intervención similar, advirtió a Cuba que su turno se aproximaba, prometió «ayudar» a los manifestantes iraníes y reiteró su exigencia de que Groenlandia —territorio danés, país miembro fundador de la OTAN— se convirtiera en posesión estadunidense. El miércoles 7 de enero, mientras buques estadunidenses interceptaban en el Atlántico Norte un tanquero ruso de la «flota fantasma» que Moscú utiliza para evadir sanciones, Trump firmaba el memorando que retiraba a Estados Unidos de 66 organizaciones internacionales, muchas de ellas pilares del sistema de Naciones Unidas. El jueves 8 de enero, el presidente Trump dijo que “comenzará a atacar por tierra” a los cárteles mexicanos.
Una semana. Eso fue lo que tardó el año en poner el mundo de cabeza.
El presidente alemán Frank-Walter Steinmeier reaccionó a estos eventos con un discurso que, hace apenas un año, habría resultado inconcebible en boca de un jefe de Estado europeo. Comparó las acciones estadunidenses en Venezuela —y las amenazas contra Groenlandia— con la conducta de la Rusia de Putin en Ucrania. Las describió, sin rodeos, como «fracturas del orden mundial». Desde Moscú, Dmitri Medvédev celebró el giro con el cinismo que lo caracteriza: Estados Unidos, dijo, actúa ahora conforme a la lex fortissimum, la ley del más fuerte, y ya no tiene autoridad moral para criticar a nadie…
Mientras tanto, ante la lógica de poder desnudo y la erosión del orden global, las zonas de riesgo se multiplican. En el continente europeo, la invasión rusa de Ucrania está por cumplir cuatro años; la guerra híbrida contra la Unión Europea se intensifica y los gobiernos europeos se enfrentan a escenarios que, hasta hace poco, quedaban fuera de sus cálculos más pesimistas. En Gaza, la tregua es frágil y las causas profundas del conflicto permanecen intactas. En Irán, el régimen enfrenta protestas que no logra sofocar por completo, mientras observa con inquietud los movimientos israelíes y estadunidenses en la región. En el Ártico, la insistencia de Trump en anexar Groenlandia abre una grieta en el corazón mismo de la alianza occidental.
Y luego está China, que observa con una paciencia que Washington parece incapaz de comprender. El 2025 cerró con una tregua en la guerra comercial, pero las tensiones estructurales siguen intactas. El interés de Beijing en Taiwán no ha disminuido; al contrario, China ha intensificado las maniobras militares alrededor de la isla y acelerado su programa de armamento, incluido el fortalecimiento de su arsenal nuclear.
El fortalecimiento del arsenal chino ofrece a Estados Unidos y Rusia un pretexto conveniente para abandonar uno de los pocos frenos que aún subsisten en el sistema internacional: el tratado New START, el acuerdo bilateral que desde 2010 limita el número de armas nucleares estratégicas desplegadas por ambas potencias y que vence en febrero próximo. Sin un reemplazo a la vista, el mundo se encamina hacia una etapa sin restricciones formales en materia de armamento nuclear.
En una entrevista reciente con el New York Times le preguntaron a Trump si Xi Jinping podría aprovechar el precedente venezolano para actuar contra Taiwán. Respondió con la certeza absoluta que lo caracteriza: «Puede que lo haga cuando haya otro presidente, pero no creo que lo haga conmigo». La frase, en su arrogancia, revela más de lo que pretende. Xi Jinping estará en el poder mucho después de que Trump abandone la Casa Blanca en 2029. Puede permitirse esperar. Y mientras espera, cada retirada estadunidense de una organización internacional representa un espacio que Beijing se apresura a ocupar.
En esa misma entrevista le preguntaron si existía algún límite a su poder como comandante en jefe. La respuesta merece citarse completa: «Sí, hay una cosa. Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme». Y añadió, por si quedaba alguna duda: «No necesito el derecho internacional». En otros momentos de la historia, incluso los líderes más cínicos se cuidaban de invocar normas, tratados o, al menos, el juicio de la posteridad. Hoy, al parecer, ni siquiera eso resulta necesario.
Por supuesto, no todas las amenazas que lanza Donald Trump se materializan en decisiones políticas inmediatas. Muchas son parte de la política interna; otras sirven para marcar la agenda y señalar los intereses geopolíticos de Estados Unidos —como la revivida doctrina Monroe, que Trump ha rebautizado, con su modestia habitual, como “Donroe”—; otras más buscan intimidar a los oponentes hasta que acepten sus demandas, como ya ocurrió con Colombia. E incluso las que parecen improvisadas no siempre lo son: Estados Unidos llevaba meses preparando la operación en Venezuela, reuniendo fuerzas y estableciendo un operativo secreto de la CIA en Caracas al menos desde agosto pasado. La aparente imprevisibilidad no equivale a la ausencia de estrategia. Lo que queda fuera de esa estrategia no es el cálculo, sino la estabilidad y el respeto a las reglas que durante décadas estructuraron el orden internacional.
Hitchcock decía que después del terremoto debía venir el suspenso sostenido. El año apenas comienza. Si esto fue la primera semana, queda por ver qué traerán las siguientes cincuenta y una.
«Ojalá vivas tiempos interesantes», dice la supuesta maldición china. Todo indica que 2026 será, como mínimo, un año extraordinariamente interesante.
La entrega de Venezuela
José Luis Valdés Ugalde
Excelsior
En lugar de aceptar negociar un exilio dorado, Nicolás Maduro decidió estirar la liga y exponerse a lo que finalmente le ocurrió el pasado sábado 3 de enero a las 2 de la madrugada: ser extraído de su búnker por un minucioso y certero operativo militar de grupos de Fuerza Delta de EU y trasladado a Nueva York para ser juzgado por cargos de narcoterrorismo. El corolario Trump de la Doctrina Monroe inaugura una nueva era en América Latina con esta intervención, que, aunque erradica de la política continental y nacional a un actor nocivo para la vida democrática que pocos van a extrañar, es violatoria de la legalidad internacional.
Los intereses de Washington en Venezuela hoy no responden a una vena democratizadora y de respeto a los derechos humanos, violados sistemáticamente por Maduro y su camarilla desde hace años, sino al interés por recuperar el control del petrodólar en el geopolítica regional y global: Washington pretende amarrar la política petrolera al dólar digital estadunidense y este resurgimiento es el que pretendidamente Estados Unidos está buscando para dominar el mundo.
Ya no se trata de la fuerza bélica, sino del reinado de un nuevo petroimperio que conduzca al control de los mercados internacionales, obligando a otros países hegemónicos, como Rusia y China, quienes, de haber transformado su política de intercambio petrolero del yuan y el rublo, regresarían al dólar, dando con esto una nueva presencia al neoimperio encabezado por Donald Trump en Estados Unidos.
De esto se trata la intervención en Venezuela, además, desde luego, también está la pretensión de deshacerse de la presencia incómoda de China, Rusia e Irán, que ocupan espacios estratégicos en los ámbitos militar y económico. El regreso a la democracia va a tener que esperar y Edmundo González y María Corina Machado han sido, por el momento, marginados del proceso de transición, el cual Washington pone en manos de la hoy presidenta Delcy Rodríguez, a la cual ha advertido que, de no cooperar para que Estados Unidos cumpla su cometido, le puede ir peor que al dictador desaforado.
De forma tal que toda la administración del Estado, incluido el control militar, administrativo, fronterizo, petrolero y demás asuntos, los ponga la antigua vicepresidenta chavista, y hoy presidenta jurada, a las órdenes de la administración Trump para iniciar un control polar sobre los destinos de Venezuela; así lo dijo Trump: “queremos acceso a todo lo que pidamos, al petróleo, a carreteras y puentes, todo lo que exijamos nos lo tiene que dar. Si no hace lo correcto, probablemente pagará un precio más alto que Maduro” (El País, 05-01-2026).
Ciertamente esta medida pragmática y brutal por parte de Washington expone todo el enorme poder del régimen chavista al escrutinio estadunidense y lo obliga a mover ficha sólo en función del beneficio estratégico de EU. La descomposición y fragmentación del Estado vendrá después para que los sectores civiles de la oposición, que en su mayoría están en el exterior o encarcelados, tomaran su lugar en la transición política y lo “recompongan” a la conveniencia de Washington. Pero primero viene lo primero: la sobrevivencia de un régimen anclado a la voluntad absoluta de Foggy Bottom y la Casa Blanca. En este sentido y aun cuando el chavismo prevalezca en Venezuela, la soberanía de este país ha quedado hecha añicos por culpa del régimen mismo y por la capacidad neoimperial de imponerse a toda costa en todo el espectro de asuntos de la entraña venezolana.
Con la caída de Maduro esa endeble soberanía se acabó para transformarse por el momento en una dependencia asoberana de EU que no terminará, repito, hasta que Washington vea cumplidos sus objetivos y sus intereses instrumentales de dominación y control en ese país. El tutelaje de Washington durará un largo rato.
Trump ha designado como responsables de la “transición” a tres halcones: Marco Rubio, secretario de Estado, Pete Hegseth, secretario de Guerra y, el más radical, Stephen Miller, asesor en temas de seguridad y migración, lo cual garantiza la continuidad de la línea dura en el tratamiento de los asuntos del Estado venezolano. Uno de los objetivos de esta triada será la de tutelar el proceso y cuidar que la política petrolera, entre otras, sea la que designe Washington.
En esta estrategia está incluida una política de desangre de Cuba que, hoy por hoy, según el New York Times, recibe 35 mil barriles diarios de petróleo venezolano para subsistir (según esta fuente, de México y Rusia recibe 7 mil barriles diarios. Empero, para el Financial Times, México superó en 56% a Venezuela enviando actualmente 12 mil barriles). Para Trump, la cancelación de este suministro (y Trump está presionando ferozmente a México para que le baje) implicará por sí sola la caída del régimen de la Habana.
La potencial precariedad de esta situación para Cuba está más que reflejada en las palabras de Bruno Rodríguez Padilla, ministro de Exteriores cubano, quien dijo que la caída de Maduro “nos pone en un crítico dilema existencial, para nuestra sobrevivencia como Estado nación y Estado soberano independiente” (NYT, 06-01-2026). Con esto, la caída del dictador Maduro provocaría un efecto dominó que dejará a Cuba más indefensa que nunca en su dependencia económica, en toda su historia de más de 60 años de régimen dictatorial. Así las cosas, este ajedrez iniciado por Trump impactaría a la geopolítica regional como nunca en tiempos recientes lo había hecho, y coloca a EU en una posición de enorme fuerza que le otorga todas las ventajas frente a los intereses rusos y chinos en la región e impone frente al continente una nueva versión de la Doctrina Monroe.
El mundo está loco
Trump decidió violar todas las leyes internacionales y todos los tratados relativos a la independencia y soberanía de las naciones
Rafael Álvarez Cordero
Todos nacemos locos. Algunos lo siguen siendo.
Samuel Beckett
En todo el mundo y en todas las épocas han existido individuos que tienen un comportamiento extraño que choca contra las actividades diarias de los ciudadanos y causa risa, o tal vez temor; en ocasiones, sus palabras y sus acciones llegan a ser violentas. Lo mismo ocurre con las naciones cuyos líderes pierden la noción de la realidad y actúan de manera tal que afectan a toda la población y frecuentemente afectan a otros países.
Comienza un año y nos damos cuenta de que el mundo está loco: allá en Rusia un individuo loco quiere robarle territorio a Ucrania, y para eso ha matado a cientos de miles de ucranianos. En Oriente Medio, las luchas entre judíos y palestinos siguen cobrando vidas humanas. En América del Sur hay éxodos de millones de ciudadanos de diversos países que huyen de la cárcel y de la muerte.
Y en el país vecino del norte, un hombre loco, soberbio y mentiroso, como padrote de mancebía, hace tronar las oficinas de los diarios con sus declaraciones, muchas de las cuales son ciertas y otras no, pero causan temor en su país y en muchos otros países.
Ese loco decidió violar todas las leyes internacionales y todos los tratados relativos a la independencia y soberanía de las naciones, y con un equipo militar llegó, asaltó e hizo prisionero a Nicolás Maduro y a su esposa, sin que ningún funcionario venezolano dijera algo.
Sin embargo, como refiere el abogado brasileño Felipe Hasson, experto en temas internacionales, el asunto debe observarse desde otra óptica, señala: “El derecho a la vida, a la dignidad humana y a la autodeterminación de los pueblos no son “valores occidentales” opcionales ni retórica política. Son normas centrales del orden jurídico internacional contemporáneo. Por eso, la ayuda externa —incluida la militar, cuando sea necesaria para proteger vidas y no regímenes— no es una violación moral del derecho internacional, es la afirmación de su núcleo ético”.
Los políticos de varias naciones levantaron la voz para denunciar la locura de haber asaltado el palacio donde estaba Maduro, pero el loco de Donald Trump los ignoró y está violando —eso sí— las normas y leyes internacionales al robar el petróleo de Venezuela.
El mundo está loco, y nuestro amado México está más loco que nunca. La lista de fracasos de la llamada Cuatroté es interminable, en parte porque seguimos sufriendo las locuras del individuo que ya se fue, y en parte porque la nueva Presidencia, encabezada por Claudia Sheinbaum, ha dado una y otra vez muestras de su incapacidad para gobernar.
En estos meses confirmamos las consecuencias de una falta de planeación y exceso de corrupción en el gobierno: economía por los suelos, salud destruida, inseguridad incontenible, mañaneras sin sentido y con mentiras, pero lo más triste es que la señora Presidenta sólo se dedica a proteger al narco, y a más de protegerlo, no hace nada contra los delincuentes de todo tipo, incluyendo a los funcionarios rateros —gobernadores, senadores, etcétera— que siguen tan campantes; no ha hecho nada contra los huachicoleros, MCCI ha documentado una y otra vez los fraudes con el huachicol, y no pasa nada.
Ella sigue en su locura entregando a Cuba millones de galones de gasolina, lo que puede ser peligroso porque Trump no ve con buenos ojos que México sea proveedor de los cubanos; sus actitudes, sus gestos, sus palabras y sus amenazas muestran que ella está cada día más débil, por lo que creo que, quienes amamos la libertad y la democracia, pronto veremos que esta locura que comenzó en 2018 termine.
La doctrina Donroe
Felipe Ávila
La Jornada
La madrugada del 3 de enero de este año mediante una brutal e impresionante incursión armada, con un alto grado de sofisticación tecnológica, el gobierno de Estados Unidos secuestró al presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, y los trasladó a Nueva York, donde están siendo enjuiciados. El mundo quedó sorprendido por esa demostración de fuerza, unilateral, quirúrgica, violatoria de la soberanía de un país y de todas las reglas del derecho internacional construidas después de la Segunda Guerra Mundial.
Fue igualmente sorprendente la manera en la que Trump, Marco Rubio y el jefe del Comando que ejecutó la operación, el general Caine, informaron, sin filtros, los motivos de ese despliegue.
El presidente Trump se ufanó de la incursión y del poderío militar exhibido: “las Fuerzas Armadas de Estados Unidos realizaron una operación militar extraordinaria en la capital de Venezuela. El abrumador poder militar estadunidense, tanto aéreo como terrestre y marítimo, se utilizó para llevar a cabo una incursión espectacular que la gente no ha visto desde la Segunda Guerra Mundial… Esta fue una de las demostraciones más impactantes, eficaces y potentes del poderío y la capacidad militar estadunidenses en la historia de nuestro país… Ninguna nación en el mundo hubiera podido lograr lo que Estados Unidos logró ayer en un período tan breve de tiempo… Hemos vuelto a ser un país respetado, tal vez, como nunca antes”.
En esa conferencia hizo tres anuncios inesperados: el objetivo central del secuestro de Maduro era apoderarse del petróleo venezolano, donde se encuentran las mayores reservas de crudo del mundo, superiores a los 300 mil millones de barriles. Informó, sin pudor, que las empresas petroleras estadunidenses llegarían con inversiones de miles de millones de dólares para explotar el petróleo venezolano, crudo que, sin ninguna base, arguyó que era estadunidense y lo estarían recuperando. Dijo también que Estados Unidos gobernaría Venezuela “hasta que podamos hacer una transición segura, adecuada y juiciosa.” Finalmente, descalificó a la oposición venezolana y a su principal dirigente, María Corina Machado, diciendo que no tenía respaldo ni reconocimiento dentro de Venezuela para encabezar la transición.
El discurso de Trump fue algo insólito para la política internacional. De manea cruda, descarnada, sin ningún disfraz ni justificación, reconoció que la única razón que había era apoderarse del petróleo venezolano. Quedó olvidada la careta de la defensa de la democracia, las libertades, los derechos humanos o el combate al narcotráfico. Lo único que les interesaba era el petróleo y demostrar que eso era parte de su nueva política de seguridad y de su estrategia geopolítica en la que el control de América Latina y el Caribe es su prioridad.
Con el narcisismo que lo define, Trump subrayó que los orígenes de esa postura hegemónica se remontaban 200 años atrás, con la doctrina Monroe, una doctrina que explica en buena medida la historia y el desarrollo de Estados Unidos, pero que, en las nuevas circunstancias del mundo, estaba siendo conocida como Doctrina Donroe. Trump y Rubio enfatizaron que América, lo que llaman el Hemisferio Occidental, es una región en la que el dominio estadunidense no puede ser cuestionado y no permitirían la interferencia de ninguna potencia exterior (léase China o Rusia).
Y en efecto, en este segundo mandato de Trump ha habido una actualización de la doctrina Monroe. Este planteamiento se expresa en la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional, documento de noviembre de 2025 que define los objetivos y prioridades de Estados Unidos en materia de seguridad. Ahí se establece que Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preminencia estadunidense en el Hemisferio Occidental y “proteger nuestro territorio nacional y nuestro acceso a geografías clave en toda la región. Negaremos a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer y controlar activos estratégicos en nuestro Hemisferio”. Este “corolario Trump” a la Doctrina Monroe es una restauración sensata y contundente del poder y las prioridades estadunidenses, en consonancia con sus intereses de seguridad.
“Nuestros objetivos para el Hemisferio Occidental se pueden resumir en reclutar y expandir. Reclutaremos a aliados consolidados en el Hemisferio para controlar la migración, detener el flujo de drogas y fortalecer la estabilidad y la seguridad en tierra y mar. Nos expandiremos cultivando y fortaleciendo nuevos socios, a la vez que reforzamos el atractivo de nuestra nación como socio económico y de seguridad predilecto del Hemisferio. La política estadunidense debe centrarse en reclutar líderes regionales que puedan contribuir a crear una estabilidad tolerable en la región, incluso más allá de las fronteras de esos socios. Estas naciones nos ayudarían a detener la migración ilegal y desestabilizadora, neutralizar los cárteles, la manufactura local y desarrollar las economías privadas locales. Recompensaremos y alentaremos a los gobiernos, partidos políticos y movimientos de la región que estén ampliamente alineados con nuestros principios y estrategia”.
En este documento se anunciaba ya lo que han estado haciendo. Su primer objetivo fue Venezuela. Se ha insistido en discutir lo que Trump ha declarado crudamente: que van por el petróleo de Venezuela y establecerán una zona bajo su control directo en la región petrolera venezolana. Si el gobierno de Delcy Rodríguez es funcional para ese objetivo, trabajarían con ella; si no se presta, se reservan el uso de la fuerza y buscarían un liderazgo local alternativo. Pero su segundo objetivo, que no se ha discutido casi, es tal vez más importante: acabar con la revolución bolivariana, con una de las experiencias más importantes de revolución popular que estaba teniendo lugar en América Latina y en el mundo.
En el espejo de Venezuela
Rolando Cordera Campos
La Jornada
Por una vía que muchos considerábamos clausurada, la política de la fuerza, de la intimidación y la bravuconada se despliega por el continente y de ahí al mundo de las grandes potencias. La intervención militar estadunidense, anunciada como el gran secreto voceado por el jefe del Ejecutivo y replicado por sus profetas y publicistas urbi et orbi, nos advierte de la llegada triunfal de una “nueva era” en la que el método de negociación será el grito, la intimidación y el más descarado uso de la fuerza de que tengamos recuerdo.
No importa el asunto pretextado ni su sustento jurídico o policial, cualquier movimiento de un real o inventado adversario justifica los exabruptos del empresario presidente y la consiguiente irrupción militar embozada o no.
El caso de Venezuela, sin retórica ninguna, es un ataque a su soberanía, la “operación quirúrgica” abre todas las posibilidades para que corran la misma suerte otras naciones, incluidos nosotros.
“Somos una superpotencia”, dijo Stephen Miller, asesor de seguridad nacional del presidente estadunidense. Y agregó para que no haya duda alguna: “vivimos en un mundo donde se puede hablar todo lo que se quiera sobre sutilezas internacionales y todo lo demás, pero vivimos en un mundo, en el mundo real… que se rige por la fuerza, que se rige por el poder”, remató (Macarena Vidal, “El asesor de Trump, Stephen Miller, justifica que EU se haga con Groenlandia: ‘somos una superpotencia’”, El País, 6/01/26).
En estas condiciones se impone la mesura, la cabeza fría y el ánimo templado; flaco favor se le hace al país con los discursos ideológicos. El presente no se presenta sencillo; por el contrario. No se debe confundir –menos mezclar– el reclamo a la legalidad internacional con estridencias demagógicas ni retóricas desgastadas. Tampoco se trata de reditar, sin más, el viejo nacionalismo, sino de retomar y relaborar con absoluta seriedad y rigor la idea de que la política, no sólo exterior, no se basa en ocurrencias que luego se pagan caro.
Llegó la hora de una reflexión que incluya una voluntad explícita a sumar, y convocar a una participación deliberativa que produzca confianza. Esa es, debe ser, la unidad mexicana frente a la adversidad. Auspiciar un proceso como este es tarea central del gobierno y la política.