Columnas Escritas
Baluarte Político
Defender a Claudia Sheinbaum es defender la soberanía de México
Raúl García Araujo
Hay momentos en la vida pública de un país en los que la discusión deja de girar alrededor de una persona para convertirse en una cuestión de Estado.
Eso ocurre hoy con la presidenta Claudia Sheinbaum. Más allá de simpatías o diferencias políticas, la defensa de la investidura presidencial y de la soberanía nacional representan dos principios inseparables cuando se trata de la relación entre México y Estados Unidos.
La historia ha demostrado que ninguna de las dos naciones puede aspirar a construir estabilidad sin la otra.
La frontera que comparten es una de las más dinámicas del mundo; millones de familias viven entre ambos países; el intercambio comercial sostiene millones de empleos a ambos lados de la línea divisoria y las cadenas de producción han convertido a Norteamérica en una de las regiones económicas más competitivas del planeta.
Esa realidad hace imposible pensar que uno puede avanzar mientras el otro fracasa.
Por eso resulta simplista reducir la relación bilateral a una lógica de subordinación o de confrontación permanente.
México necesita de Estados Unidos, pero Estados Unidos también necesita de México. La seguridad regional, la migración, el combate al crimen organizado, la estabilidad económica, la inversión y el comercio dependen de una coordinación permanente entre ambos gobiernos.
Sin embargo, cooperación nunca ha significado sumisión. Ese ha sido, desde el inicio de su administración, uno de los mensajes más consistentes de Claudia Sheinbaum.
La Presidenta ha dejado claro que la colaboración con Washington continuará fortaleciéndose, pero siempre bajo un principio irrenunciable: el respeto absoluto a la soberanía mexicana.
No se trata de una frase de ocasión. Es una definición política que fija los límites de una relación entre iguales.
México coopera porque así conviene a sus intereses nacionales, no porque reciba instrucciones del extranjero. La diferencia es profunda y marca una nueva etapa en la política exterior del país.
En los últimos días, la Presidenta volvió a colocar ese principio sobre la mesa al abordar uno de los temas más sensibles para la relación bilateral: los presuntos vínculos entre servidores públicos y organizaciones criminales.
Su respuesta fue tan firme como institucional. En México, dijo, no existe protección para nadie cuando existen pruebas suficientes para acreditar responsabilidades penales.
La contundencia de esa declaración desmonta uno de los argumentos que con frecuencia buscan instalar algunos sectores políticos dentro y fuera del país: la idea de que el Estado mexicano protege a quienes infringen la ley.
Claudia Sheinbaum sostuvo exactamente lo contrario. Si existen elementos de prueba, corresponde a la Fiscalía General de la República actuar conforme al marco jurídico, sin importar el cargo, el partido político o la relevancia pública del involucrado.
Pero también estableció un límite que en cualquier democracia resulta indispensable: nadie puede ser condenado únicamente por señalamientos mediáticos o acusaciones sin sustento.
La justicia exige pruebas, investigaciones y resoluciones judiciales. Renunciar a ese principio significaría abrir la puerta a la persecución política disfrazada de combate a la corrupción.
En ese mismo contexto, la Presidenta recordó una realidad que durante décadas ha acompañado la relación entre ambos países.
Diversos actores políticos estadounidenses han recurrido, en distintos momentos, a señalamientos sobre el narcotráfico como mecanismo de presión hacia gobiernos extranjeros.
Reconocer ese antecedente histórico no implica romper la cooperación bilateral; significa exigir que la relación se construya desde el respeto y no desde la descalificación.
Porque el combate al crimen organizado no puede seguir interpretándose como una obligación exclusiva de México.
Si nuestro país enfrenta el desafío de contener la producción y el tráfico de drogas, Estados Unidos también tiene la responsabilidad de combatir el consumo, el flujo ilegal de armas, las estructuras financieras que lavan recursos del narcotráfico y las redes de distribución que operan dentro de su territorio.
La responsabilidad compartida debe ser mucho más que un discurso diplomático.
Esa visión de Estado ha encontrado un respaldo permanente en la gobernadora de Campeche, Layda Sansores San Román.
A diferencia de quienes prefieren el silencio cuando arrecian las presiones políticas, la mandataria campechana ha levantado la voz una y otra vez para defender a la Presidenta de la República y respaldar la política de soberanía que impulsa el Gobierno de México.
No es una coincidencia circunstancial. Claudia Sheinbaum y Layda Sansores comparten una formación política construida alrededor de principios que colocan la independencia nacional, la justicia social y la defensa de las instituciones por encima de las coyunturas.
Ambas entienden que gobernar implica asumir costos políticos cuando se trata de proteger los intereses del país.
La defensa que Layda Sansores hace de la Presidenta tampoco responde a una lógica de lealtad personal. Responde a la convicción de que la figura presidencial representa al Estado mexicano frente al mundo y que debilitarla mediante narrativas externas o acusaciones sin pruebas termina afectando la posición internacional de México.
En política exterior existen mensajes que trascienden las conferencias de prensa y las declaraciones diplomáticas. Uno de ellos consiste en mostrar cohesión institucional cuando se intenta colocar al país bajo presiones externas.
Esa cohesión es la que hoy representan Claudia Sheinbaum desde la Presidencia de la República y Layda Sansores desde uno de los gobiernos estatales más identificados con la defensa del proyecto nacional.
Los desafíos comunes entre México y Estados Unidos seguirán presentes. La seguridad, la migración, el comercio, la inversión y el desarrollo económico obligarán a mantener una coordinación constante.
Pero esa coordinación sólo tendrá resultados duraderos si ambos gobiernos parten de una premisa elemental: el respeto mutuo entre dos naciones soberanas que, además de ser vecinas, son socios estratégicos y comparten millones de historias familiares, económicas y culturales.
Quienes interpretan la firmeza de Claudia Sheinbaum como un gesto de confrontación pasan por alto el fondo del mensaje.
La Presidenta no plantea levantar muros diplomáticos ni romper la cooperación bilateral; plantea fortalecerla desde la igualdad, la corresponsabilidad y el respeto recíproco.
Esa diferencia define el rumbo de una política exterior que busca proteger los intereses nacionales sin renunciar al diálogo.
Y es precisamente ahí donde la postura de Layda Sansores adquiere un peso político particular.
Mientras algunos apuestan por amplificar narrativas que debilitan la posición de México frente al exterior, la gobernadora campechana ha optado por cerrar filas con la Presidenta y defender una visión de Estado que coloca a la soberanía por encima de cualquier cálculo político.
Desde La Muralla: Sheinbaum y Layda: la salud no espera
Mientras algunos insisten en llevar la discusión pública al terreno de la confrontación política, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y la gobernadora de Campeche, Layda Sansores San Román, mantienen el rumbo en donde realmente importa: atender las necesidades de la gente.
La reciente videoconferencia entre ambas no fue una reunión de protocolo; fue una mesa de trabajo para revisar dos de los temas más sensibles para cualquier gobierno: la salud y la búsqueda de personas.
En la política, las reuniones adquieren valor cuando se traducen en decisiones. Eso fue precisamente lo que ocurrió entre la Presidenta de México y la gobernadora de Campeche.
Revisar los avances de los programas de salud significa supervisar que los compromisos no permanezcan en el papel y que las estrategias federales lleguen con resultados concretos a hospitales, centros de salud y comunidades del estado.
La coordinación entre el Gobierno de México y el Gobierno de Campeche se ha convertido en una constante.
No hay improvisación ni distancia institucional. Existe comunicación permanente para evaluar avances, identificar pendientes y acelerar soluciones que beneficien directamente a las familias campechanas.
Claudia Sheinbaum ha colocado la salud como una de las prioridades de su administración. Su visión parte de un principio elemental: un sistema de salud eficiente sólo puede consolidarse cuando existe coordinación entre la Federación y los estados.
Las políticas públicas necesitan seguimiento permanente, evaluación y gobiernos comprometidos con su ejecución.
En ese objetivo, Layda Sansores ha encontrado una ruta de trabajo compartida con la Presidenta.
La mandataria campechana ha entendido que gobernar también significa mantener una interlocución constante con la Federación para garantizar que los programas nacionales respondan a las necesidades específicas de Campeche.
La videoconferencia confirmó precisamente ese compromiso. Ambas mandatarias revisaron el avance de las acciones en materia de salud y dieron seguimiento al trabajo relacionado con la búsqueda de personas, dos asuntos que requieren sensibilidad, capacidad institucional y decisiones oportunas.
Desde El Fuerte: La salud mental también se gobierna
Durante muchos años, la salud pública en México concentró sus esfuerzos en hospitales, medicamentos y atención médica, dejando en un segundo plano un problema que crecía silenciosamente: la salud mental y las adicciones.
Hoy esa realidad comienza a cambiar en Campeche, donde la Secretaría de Salud ha decidido colocar este tema en el centro de la agenda pública.
La instalación del Consejo Municipal de Salud Mental y Adicciones (COMSA) en Champotón no representa únicamente la creación de un nuevo órgano de coordinación.
Es una decisión que reconoce que la prevención debe comenzar en las comunidades y que ningún gobierno puede enfrentar solo un fenómeno que afecta a miles de familias.
El secretario de Salud, Orlando Alvarado Rivadeneyra, ha entendido que la política pública en materia de salud ya no puede limitarse a atender las consecuencias de un problema.
La verdadera transformación consiste en anticiparse a los riesgos, fortalecer la prevención y construir redes de apoyo donde participan autoridades, instituciones educativas, personal médico y la propia sociedad.
Ese es precisamente el sentido del COMSA. Convertir la coordinación en una herramienta permanente para identificar necesidades, establecer prioridades y actuar antes de que las adicciones o los trastornos de salud mental destruyan proyectos de vida, especialmente entre niñas, niños y jóvenes.
La decisión de incorporar a Champotón a esta estrategia estatal demuestra que la Secretaría de Salud no está esperando que los problemas lleguen a los hospitales para intervenir.
Está llevando la política pública al territorio, donde realmente se viven las dificultades cotidianas de las familias campechanas.